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Por Jorge Gómez | 🕘 5 minutos de lectura
Decía Al Capone —o eso le atribuimos con la comodidad de quien necesita metáforas contundentes— que un sistema bien engrasado no depende de un hombre, sino de la costumbre. Por eso insisto en la teoría: cuando se jubiló el jefe de policía de Chicago, el negocio no cerró; cambió de interlocutor. Y en el fútbol español, viendo lo visto, la sensación no es muy distinta: el nombre desaparece, el mecanismo permanece.
Basta repasar la temporada del FC Barcelona para entender que aquí no estamos ante errores aislados, sino ante una narrativa que se repite con la disciplina de un metrónomo. No es una teoría conspirativa; es una acumulación de episodios que, uno a uno, podrían parecer discutibles, pero juntos forman un patrón que ya no se puede despachar con un “son cosas del fútbol”.
La Jornada uno ya dejó un primer aviso: roja a la ligera para el rival, amarilla indulgente para el propio. El VAR, esa divinidad tecnológica que todo lo ve cuando quiere, decidió no intervenir. La Jornada tres nos regaló el clásico piscinazo convertido en penalti emocional. La cuatro, la roja que no fue. La seis, la agresión que se evaporó en el aire como si el reglamento hubiera decidido tomarse la tarde libre.
Y así hasta completar un catálogo que no cabe en una columna, pero sí en una sospecha: el sistema no corrige, el sistema selecciona. El VAR no es un juez; es un editor. Elige qué jugada merece revisión y cuál debe pasar al archivo muerto. Como en esas novelas negras, donde el acusado no sabe de qué se le acusa porque el proceso ocurre en una dimensión paralela.
La Jornada diez añadió un matiz especialmente revelador: un posible penalti sobre Vinícius Júnior ignorado, seguido de un fuera de juego milimétrico —y convenientemente opaco— de Kylian Mbappé. La tecnología, que debería aportar claridad, se convirtió en una cortina de humo. No vimos el momento exacto. No juzgamos. Solo aceptamos.
Y así, jornada tras jornada, el relato se va construyendo con la paciencia de un orfebre: penaltis que no son, faltas que no se pitan, expulsiones que se diluyen, goles que nacen de acciones que el reglamento —ese viejo libro que cada vez parece más decorativo— consideraría ilegales. Todo ello con un denominador común: la no intervención. El silencio del VAR como forma de intervención.
El problema no es que el Barcelona gane. El problema es cómo se construye ese triunfo en demasiadas ocasiones. Porque el fútbol, cuando pierde la sensación de equidad, deja de ser competición y empieza a parecer representación. Y en una representación, como en el teatro, el final está más o menos decidido de antemano.
Algunos dirán que esto es victimismo. Que el fútbol siempre ha sido así. Que los árbitros se equivocan para todos. Y tendrán razón, en parte. Pero el matiz está en la repetición. El error aleatorio es humano; el patrón persistente es otra cosa.
Mientras tanto, el relato oficial sigue funcionando. Los comentaristas relativizan, las instituciones callan y el espectador se acostumbra. Como en esa casa de los Marsten de Stephen King, donde los habitantes de Jerusalem's Lot terminan aceptando que hay cosas raras, pero nadie se atreve a preguntar por qué.
Y así llegamos a esta Liga, que algunos ya rebautizan con una ironía que empieza a sonar demasiado seria: la MLS, la Mugrienta Liga Negreira. Un campeonato donde el reglamento parece flexible, el VAR selectivo y la justicia, diferida.
Luego, cuando se juega en Europa contra el mismo con el que hubo polémica en Liga cuatro días antes, va y te pasa por encima.
Quizá todo sea casualidad. Quizá estemos viendo fantasmas donde solo hay errores. Pero el fútbol —como la vida— no se mide solo por lo que ocurre, sino por cómo se percibe.
Y cuando la percepción se inclina siempre hacia el mismo lado, el problema deja de ser el árbitro.
Pasa a ser el guion.
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