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Por Jorge Gómez | 🕘 5 minutos de lectura
Hay decisiones que no son solo administrativas, sino simbólicas. Y la sanción de la UEFA al Red Star Belgrade por un tifo con la figura de Jesucristo acompañado del mensaje “Que nuestra fe os guíe hacia la victoria” pertenece a esa categoría incómoda donde el reglamento deja de ser norma y empieza a parecer doctrina.
Noventa y cinco mil quinientos euros por una frase que, en cualquier parroquia de barrio, pasaría por saludo de sobremesa. No hubo insulto, no hubo amenaza, no hubo provocación explícita. Hubo fe. Y la fe, en el fútbol contemporáneo, parece ser un elemento más perturbador que la agresividad, más sospechoso que el mal gusto, más sancionable que la mala educación.
Porque uno repasa la iconografía habitual de las gradas europeas y encuentra de todo: vikingos con hachas, guerreros espartanos, demonios con sonrisa de carnaval, diosas griegas de anatomía imposible, consignas que bordean el insulto y, a veces, lo abrazan con entusiasmo. El fútbol, como el teatro clásico, siempre ha necesitado máscaras. Pero nunca habíamos visto que la máscara cristiana fuera la única que merece multa.
La paradoja es casi literaria, digna de Franz Kafka: en un deporte que presume de campañas contra el odio, se sanciona una expresión que apela a la fe, a la guía, a algo que, si uno se toma en serio los valores que se predican en los anuncios institucionales, debería ser compatible con el discurso oficial. Pero no. Parece que hay símbolos que incomodan más que otros.
Esto conecta, inevitablemente, con una sensación más amplia, más difusa, pero cada vez más presente: ¿qué tienen quienes dirigen ciertas instituciones contra lo cristiano? No se trata de persecuciones épicas ni de conspiraciones de novela barata. Se trata de una incomodidad sutil, de una alergia cultural que se manifiesta en decisiones como esta, donde lo que se penaliza no es el exceso, sino la identidad.
Mientras tanto, el fútbol sigue conviviendo con problemas mucho más tangibles. Casos como Negreira —ese fantasma que recorre el fútbol español como una culpa sin expiación— avanzan entre dilaciones, matices y silencios. La justicia, cuando se trata de cuestiones estructurales, se vuelve lenta, prudente, casi tímida. Pero cuando aparece un tifo con Jesucristo, la maquinaria se activa con una eficacia que roza lo ejemplar.
La jerarquía de las preocupaciones resulta reveladora. La fe incomoda. La sospecha, menos.
Y en medio de todo esto, el aficionado —ese niño que un día descubrió el fútbol como quien descubre un idioma secreto— empieza a sentir que algo se ha roto. Que el juego ya no es solo un espacio de evasión, sino un campo donde las decisiones institucionales pesan más que la emoción. Donde el reglamento no solo ordena, sino que interpreta. Y donde la inocencia, esa virtud tan poco rentable, se evapora.
Porque el fútbol, al final, no vive de balances ni de sanciones. Vive de una llama. De esa sensación primitiva que te hacía esperar un sábado o un miércoles como si fuera una promesa. Y cuando esa llama empieza a apagarse —no por una derrota, no por un mal partido, sino por la acumulación de pequeñas incoherencias—, el problema deja de ser deportivo.
Se vuelve existencial.
Quizá la UEFA crea que está protegiendo valores. Tal vez incluso lo esté intentando de buena fe. Pero hay decisiones que, en su aparente neutralidad, revelan una incomodidad selectiva. Y cuando la neutralidad deja de serlo, el fútbol deja de ser un juego para convertirse en un discurso.
Y los discursos, a diferencia de los partidos, rara vez se disfrutan.
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