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SEPTIEMBRE DE 2021  /  ENTREVISTAS

JOSÉ LUIS GARCÍA-BERLANGA:

14-09-2021 11:37 a.m.

“La casa de Pozuelo era un desfile de artistas”

Por Germán Pose / Imágenes: Ricardo Rubio - En este “Año Berlanga”, en que se conmemora el centenario del nacimiento del gran cineasta valenciano Luis García-Berlanga (Valencia, 12 de junio de 1921- Pozuelo de Alarcón, Madrid, 13 de noviembre de 2010) esta publicación rinde su propio homenaje al genio que residió en Pozuelo de Alarcón durante gran parte de su vida. La familia Berlanga fue una de las primeras que se asentó en Somosaguas a principios de la década de los 60. En la plaza de Húmera que lleva el nombre del director de “El verdugo” nos recibe su hijo mayor, el también cineasta José Luis García-Berlanga, quien nos regala los recuerdos de su infancia rodeado de artistas en aquel paraje campestre del pinar de Somosaguas.

—En el año 1962 sus padres, Luis García Berlanga y María Jesús Manrique, se trasladan a vivir a Pozuelo de Alarcón, a Somosaguas, ¿qué recuerdos conserva de este pueblo en esos tiempos?

Yo tendría unos siete años y Húmera era una aldea con muy poquitas casas. Recuerdo que al otro lado de la actual plaza había una vaquería cuyo dueño se llamaba Paco. Todos los días ordeñaba sus vacas y nos subía la leche fresca a todo Somosaguas. Un poco más arriba de la vaquería había una fábrica de explosivos, Explosivos Rio Tinto, pero no se hacía notar mucho, la verdad.

—La familia Berlanga se vino desde Chamberí a vivir a Somosaguas pero, sin embargo, ustedes, los hijos, no cambiaron de colegio. 

Yo no abandoné el colegio Estilo, en la colonia de El Viso, donde iban los hijos de casi todos los artistas y famosos que había por Madrid, los de Saura, Bardem, Berlanga, Antonio López…. Allí estaba también parte de la familia Dominguín, los hijos de Pepe y de Domingo. Un día, Peloncho Dominguín, compañero mío, me trajo unos niños suecos que eran Miguel Bosé, y sus hermanas Paola y Lucía y allí nos organizamos todos. Los Bosé-Dominguín vivían enfrente de nosotros en Somosaguas, en la calle Avutarda. 

—Se puede decir que Somosaguas empezó a crecer con ustedes, ¿quiénes más vivían en esa época en la zona?

Vivía el Conde de Mayalde, que era el alcalde de Madrid, en la casa en la que yo vivo actualmente; estábamos nosotros, la familia de Carlos Sainz, y también Luis Miguel Dominguín y Lucía Bosé; y al otro lado, lo que hoy es La Finca, residían los Marqueses de Urquijo. En Somosaguas, junto a mis hermanos, Jorge, Carlos, y Fernando, que llegó algo más tarde, crecimos muy sanos y bien educados. Luego, en fin, nos fuimos estropeando.


María Jesús, esposa de Berlanga, junto a sus hijos a la puerta del chalet de Somosaguas (1973)

—Fueron unos años de infancia entretenidos.

Desde luego, una época maravillosa, muy elitista, eso sí, pero yo compaginaba ir a un colegio, el Estilo, digamos “rojo” con vivir en Somosaguas. Hay que tener en cuenta que en esos prime-ros años 60 los artistas, gente del cine, la pintura, la literatura…no vivían tan bien y, a pesar de todo el renombre, a veces se pasaban canutas.

Al llegar a Somosaguas su padre ya era todo un personaje del cine, había hecho, entre otras, “Bienvenido Mr. Marshall”, “Los jueves, milagro”, y “Plácido”.

Sí, nuestra llegada al pueblo coincide con el rodaje de “El verdugo”, lo recuerdo bien porque un día mis padres se olvidaron de recogerme en el colegio. Así que me enviaron un taxi y me condujo a la cárcel donde estaban rodando esa película y el primero que me cogió la mano fue  el gran Pepe Isbert.


Luis García-Berlanga juega con sus hijos en la piscina de la casa de Somosaguas. Imagen: Fulvia Farassino

—¿Cómo recuerda ese ambiente que había en su casa en esos años, con el trajín de artistas y demás fauna bohemia que debía haber?

Para unos niños era muy divertido, distinta a la vida de una familia normal. Era un continuo desfile de artistas, sobre todo los fines de semana. Todos los sábados había gente en casa para comer. Recuerdo con mucho cariño a Tono, uno de los fundadores de “La Codorniz”. Me quería mucho y me fabricó una especie de linterna para la siesta. Teníamos prohibido leer a esas horas y esa linterna, que se encendía bajo las sábanas, cumplió su función secreta. También había muy buena relación con Antonio Mingote, Juan Estelrich y Marta, su mujer y, algo después, con Rafael Azcona, uno de los más brillantes personajes que he conocido y con quien mi padre realizó grandes obras.

—¿Cómo era la relación que tenía con sus padres en medio de todo ese trasiego de artistas?

Como la de cualquier familia, no hay que hacer leyenda de nada. Hemos crecido en un ambiente muy liberal y burgués y era un privilegio vivir aquí. El camino natural para venir de Madrid a Somosaguas era la Casa de Campo hasta que cerraron ese acceso. Entonces había mucha fauna por esa zona, conejos,  zorros y muchos corzos. 

—¿Os llevaban a los rodajes de su padre?

No, mi padre intentó desligar desde el principio su oficio con su vida familiar. De todas formas, mi padre se pasaba largas temporadas sin trabajar, sin rodar. Muchos guiones y proyectos, pero con poco fruto. 

Bienvenido Mr. Marshall (1953), Plácido (1961), El verdugo (1963)



La escopeta nacional (1978), La vaquilla (1985)

—La censura que imperaba en esa época tendría algo que ver, ¿cómo la vivió su padre?

No fue tan exagerado, mi padre vivía la censura oficial, la del régimen, y la esquivaba a su manera y luego estaba el relato censor de sus amigos del Partido Comunista. Piensa que casi todos los artistas eran comunistas, menos mi padre y pocos más. Mi padre nunca quiso hacer cine social porque tenía su estilo de interpretar la sociedad con su humor negro y disparatado y eso no se veía muy bien entre sus allegados.


El maestro Berlanga retratado por Fulvia Farassino.

—¿Y a usted le sacudió pronto el latido de hacer cine?

No, para nada, cuando acabé el bachillerato empecé a estudiar Derecho porque quería ser diplomático. Lo que pasa es que solíamos intervenir como actores en cortos de Super 8 que hacían algunos amigos. Al final, con Fernando Colomo a la cabeza, me liaron y montamos una productora, La Salamandra, con la que hicimos “Tigres de papel”, “¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?” y “Ópera prima”. Entre tanto yo seguía con mis estudios de Derecho pero el cine cada vez me iba enganchando más. Y ya empecé a trabajar de auxiliar, ayudante de dirección y esas cosas, siempre abrigado por mi apellido Berlanga, pero creo que yo era bastante bueno (ríe).

—¿Cuándo empieza a dar sus primeros pasos en el cine qué le dice su familia?

(Ríe) Me dijeron, ya está, otro sin sueldo fijo. Como mis hermanos, Jorge, que se dedicó a la literatura y Carlos, a la música. Mi madre nos decía, jo, ¿no podrías haber sido farmacéuticos o arquitectos? Después, mi padre siempre me dio muy buenos consejos, uno de ellos fue que no me pasara del plan de trabajo ni del presupuesto. Y que quisiera siempre a los personajes. Y luego acabé siendo productor. A raíz de un anuncio de “Fairy” se me ocurrió hacer la serie “Villaarriba y Villaabajo”. Contraté a mis hermanos, a Jorge, de guionista y a Carlos para hacer la música. 

—Así que llegaron a coincidir, usted y su padre, haciendo cine, cada uno por su lado.

Sí, cuando yo hago “Tigres de papel” mi padre estaba rodando “La escopeta nacional”, que fue la película que acabó de consagrarle a nivel popular. Fui segundo ayudante de mi padre en “Patrimonio nacional” y “La vaquilla”.

—Su padre arrastró cierta fama de despistado y creador caótico.

Pues nada de eso, era un tipo muy trabajador, muy metódico. Los guiones de Azcona eran tan buenos que simplemente había que seguir el ritmo que imprimían. Luis García Berlanga estaba pendiente de todos los detalles, de la luz, el sonido, los movimientos de cámara…..

—Hay un suceso en la carrera de su padre que merece ser destacado: tuvo en sus manos el debut en el cine de una jovencísima Brigitte Bardot.

Sí, mi padre descubrió a Brigitte en las playas de Cannes, adonde se dirigió para presentar “Bienvenido Mr. Marshall”. B.B. tenía 17 añitos y le fascinó y le propuso hacer “Novio a la vista” y ella le envío unas fotos para el casting. Ocurrió que a Brigitte le salió un trabajo y había que retrasar un mes el rodaje y Benito Perojo, el productor, no quiso esperar y hubo que cambiar de actriz y se eligió a Josette Arno, a quien mi padre, pobrecita ella,  odió durante todo el rodaje.  

—¿De qué película de todas las que realizó estaba más orgulloso su padre?

Sin duda, de “Plácido”, una gran obra maestra, sin menoscabo de otras grandes películas como “El verdugo”, “Bien-venido Mr. Marshall” o “La vaquilla”. Mi padre siempre admiró esa obra. “Plácido” es perfecta, la puedes ver cinco veces y descubres cosas nuevas. Una faena redonda.  

José Luis G. Berlanga en la plaza de Húmera junto a la placa con el nombre de su padre.

—Aparte de minucioso en su oficio su padre tenía sus manías y era muy supersticioso.

(Ríe) Era muy supersticioso y siempre llevaba palillos en los bolsillos para tocar madera en cuanto algo le daba mal rollo. Cuando falleció mi padre a los hijos nos entregaron parte de sus ropas, chaquetas, gabardinas…. y en cada prenda había un palillo guardado. Y luego, por supuesto, colocar en todas sus películas la palabra “austrohúngaro”. Eso fue porque alguien le recordó que en sus tres primeras películas siempre salía esa palabra, y eso se convirtió en una superstición y siempre la incluía. 

—Otra manía reconocida era la capacidad de su padre para acumular objetos de todo tipo. Aquel cuarto secreto de Somosaguas debía ser todo un mundo.

Guardaba de todo, pero lo tenía muy ordenado dentro del supuesto caos. Ese ”Tesoro Berlanga” está depositado en la Filmoteca Nacional y cuando lo entregamos al ministerio cada paquete tenía su ficha: cartas de mi madre, envoltorios absurdos de plástico, frascos de medicinas con su taponcito de goma bien limpitos, los cuadernos escolares llenos de poesía y un montón de revistas porno, que era lo que nosotros íbamos a fisgar cuando éramos pequeños. Tenía una biblioteca erótica maravillosa que subastamos y se la quedó un suizo.

—El término “berlanguiano” ya es universal, incluso lo ha aceptado la Real Academia de la Lengua, ¿en casa, en familia, su padre era “berlanguiano”?

Mi padre era muy contradictorio, muy brillante y genialoide pero esas situaciones “berlanguianas” las solía vivir más fuera de casa que dentro. En familia todo fluía de una manera normal, si se puede llamar normal a esta familia, que tengo mis dudas.

—Un momento berlanguiano fue la muerte de su padre. El día que falleció estaba prevista una gran paella en la casa de Somosaguas con motivo de la boda de su hermano Jorge. 

Si, fue un momento berlanguiano total, tremendo. Yo iba a ser el encargado de elaborar los arroces para la boda de mi hermano Jorge, que se casaba ese día, y me llamaron por la mañana para decirme que mi padre había fallecido plácidamente en su cama al amanecer. Así que hubo que cambiar la boda por un funeral sobre el que revoloteaba cierto aroma a fumet fetén. Se puede decir que mi padre fue berlanguiano hasta su muerte.

—Hay que decir que, además de cineasta, es usted maestro paellero.

Más o menos, no se me dan mal. Doy clases de paellas y acabo de abrir un restaurante, “Berlanga”, en la calle Menéndez Pelayo, frente al Retiro. 

—¿Claves para una paella en condiciones?

El caldo es fundamental, también que no lleve guisantes, pimiento rojo ni cebolla, menos en el arroz de bacalao, coliflor y cebolla que hago a la perfección y os recomiendo. Y por supuesto, un buen arroz, yo utilizo el arroz “Albufera” o un buen “bomba” y jugar con la cocción y el fuego e ir probando.   

—Estamos en la Plaza Luis García Berlanga, de Húmera, ¿qué tal se vive aquí?

Es un lugar muy especial, maravilloso. Es el pueblo ideal, muy saludable, con su placita, todo a mano y lleno de bares y buenos restaurantes. Muy recomendable, entre nosotros.   Ω