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Por Carmen Millán | 🕘 22 minutos de lectura
«Lo peor de la soledad es sentir que estorbas». A sus 89 años, el fundador de Mensajeros de la Paz nos recuerda que nadie debería vivir sin sentirse querido.
A sus 89 años, el fundador de Mensajeros de la Paz conserva una mirada luminosa, una sensibilidad que no se ha endurecido con los años y una convicción que atraviesa toda su vida: nadie debería sentirse solo ni creer que estorba. En una conversación íntima con Pozuelo IN, habla del miedo a envejecer sin cariño, de las personas que esperan durante días una llamada y de quienes tienen todo lo material, pero carecen de alguien que les escuche.
Nos recibe alrededor de una mesa camilla de las de antes. De esas que parecen hechas para quedarse un rato más, para conversar sin mirar el reloj y para escuchar historias que difícilmente cabrían en una entrevista apresurada. A nuestro alrededor, fotografías, recuerdos de toda una vida y una figura de Santa Teresa de Jesús. Cada rincón parece guardar una historia.
Frente a nosotros está el padre Ángel. Tiene 89 años, pero sus ojos conservan una juventud que desmiente al calendario. Son inquietos, expresivos, capaces de iluminarse con una sonrisa y de humedecerse cuando recuerda a quienes han pasado por su vida. Ha visto demasiado sufrimiento como para ignorarlo y ha recibido demasiado cariño como para dejar de creer en las personas.
Habla de la muerte sin miedo, de la vejez sin resignación y de la soledad con una preocupación que se adivina profundamente personal. Durante décadas ha acompañado a quienes apenas tenían nada, pero también ha descubierto que hay sufrimientos que se esconden detrás de las puertas de las casas más grandes.
Ahora ha puesto su experiencia al servicio de «Pozuelo Acompaña», el proyecto impulsado junto al Ayuntamiento de Pozuelo de Alarcón para hacer frente a la soledad no deseada. Una iniciativa que nace de una idea aparentemente sencilla: que nadie llegue a pensar que su vida ha dejado de importar.
Y, mientras conversamos, comprendemos que detrás de sus palabras hay algo más que una trayectoria dedicada a ayudar. Hay un hombre que todavía se emociona cuando alguien le agradece que le haya escuchado.
—Lleva prácticamente toda una vida escuchando historias de personas que sufren. De todas las palabras que ha escuchado, ¿hay alguna que todavía le duela recordar?
Cuando uno tiene casi noventa años ha escuchado muchas cosas que le han marcado. Con la edad, además, empiezas a recordar especialmente las palabras de tu madre y de tu padre. Pero hay algo reciente que me ha estremecido. Durante los Premios Princesa de Asturias, la presidenta de la Cruz Roja me comentaba una información sobre el suicidio de las personas mayores. Hablábamos de quienes pierden las ganas de vivir porque sienten que son una carga para los demás. Hay personas que dicen: «Estorbo, me voy a una residencia para dejar tranquilos a mis hijos». Pero hay otras que van todavía más lejos y piensan que, si estorban, es mejor dejar de vivir. Y no siempre hablamos de quitarse la vida de una manera evidente. Hay mayores que dejan de tomarse las pastillas, que dejan de comer, que se abandonan porque sienten que ya no tienen ningún motivo para seguir. Aquella conversación nos estremeció a los dos. Porque es terrible que una persona llegue a creer que sobra en este mundo.

«Hay gente que vive en grandes casas y está profundamente triste»
—¿Fue precisamente esa preocupación la que le llevó a implicarse, junto a la alcaldesa de Pozuelo, en el proyecto «Pozuelo Acompaña»?
Sin ninguna duda. Cuando hablábamos de esta iniciativa, los dos teníamos muy clara una cosa, la soledad es una enfermedad que tiene cura.
Y esa cura es el cariño. Es acompañar, estar cerca, hacer sentir a una persona que merece la pena seguir viviendo aunque tenga ochenta, noventa o cien años. Nadie debería pensar que ya lo ha hecho todo en la vida. Hay muchos mayores que te dicen: «Ya he criado a mis hijos, he cuidado de mis nietos, ya no me necesitan para nada». Y vuelve a aparecer esa palabra tan triste, estorbo. Pero hay otra frase que me conmueve especialmente, «Hace tanto tiempo que nadie me besa». Nos cuesta creerlo, pero hay personas que pasan semanas o meses sin recibir un abrazo, una caricia o simplemente una mano sobre el hombro. Y no hablo únicamente de mayores. También les ocurre a muchos jóvenes.
En San Antón, cuando preguntas a alguien cómo se llama, a veces te responde sorprendido «Es la primera vez que alguien me pregunta mi nombre». Fíjate qué poco hace falta para conseguir que alguien se sienta persona.
Eso es lo que queremos transmitir con «Pozuelo Acompaña». Que la vida es bonita, que merece ser vivida y que nadie debería atravesarla sintiéndose invisible.
—Pozuelo es uno de los municipios con mayor renta per cápita de España. Desde fuera puede parecer que sus vecinos lo tienen todo. ¿Estamos preparados para reconocer que detrás de una vida acomodada también puede esconderse una profunda tristeza?
Por supuesto. La soledad no distingue entre ricos y pobres. Yo creo que los dos grandes problemas que tiene nuestra sociedad son la migración y la soledad. Tenemos muchos otros, como la vivienda, el trabajo o la sanidad, pero estos dos me preocupan especialmente. Y la soledad tiene algo particular, podemos combatirla si de verdad nos lo proponemos. Afecta a personas que tienen dinero y a quienes no tienen nada. A personas sanas y a enfermos. Hay gente que vive en casas enormes, rodeada de comodidades, y está terriblemente triste. Por eso me parece tan importante este proyecto de Pozuelo. Ojalá otros municipios lo imiten. No por copiar una iniciativa, sino porque realmente hace falta.
—¿En qué momento deja la soledad de ser una elección personal y se convierte en un sufrimiento?
Cuando una persona deja de sentirse querida. Hay madres y abuelas que viven a quinientos o a tres mil kilómetros de sus hijos. No necesitan que estén físicamente a su lado todos los días, aunque naturalmente les gustaría. A veces basta una llamada. He conocido a personas que pasan toda la tarde pendientes del reloj porque saben que a las siete las llamará su hijo. Imagínate lo que significa esa llamada para ellas. Puede ser el momento más importante de todo su día, y no siempre somos conscientes de ello. A veces pretendemos combatir la tristeza con pastillas, cuando también necesitamos algo mucho más humano, amistad, compañía, alguien que nos pregunte cómo estamos.
Incluso aquí, en nuestras oficinas, deberíamos acostumbrarnos a interesarnos por quienes trabajan a nuestro lado. Preguntar cómo han pasado el fin de semana, dar los buenos días, detenerse un momento. Parece una tontería, pero no lo es. Hemos perdido parte de la costumbre de ser amables.
—Vivimos permanentemente conectados, pero quizá cada vez nos visitamos menos. ¿Hemos sustituido el abrazo por una llamada telefónica?
En parte sí, aunque yo no estoy en contra del teléfono. Cuando viajo a Ucrania, por ejemplo, sé que puedo comunicarme con alguien, que puedo llamar o que pueden llamarme. Eso es maravilloso.
Vivimos en un mundo en el que las familias están separadas por grandes distancias. No siempre puedes acercarte a darle un achuchón a tu madre, a tus hijos o a la persona que quieres. Pero sí puedes llamar y decir, «Buenos días, ¿cómo estás? ¿Qué tal has pasado el día?». El teléfono nos permite estar presentes incluso cuando estamos lejos. Ahora bien, hay algo que ninguna tecnología podrá sustituir, un beso, una mano que te acaricia, un abrazo de verdad. Eso sigue siendo insustituible.
—«Pozuelo Acompaña» quiere implicar a comercios, farmacias y otros establecimientos del municipio. Pero muchas personas que sufren soledad no lo reconocen, ni siquiera ante sus familiares. ¿Cómo se consigue llegar hasta ellas?
No pretendemos comernos el mundo. Si conseguimos que una sola persona deje de sentirse sola, que alguien pueda visitarla o darle los buenos días, ya habremos conseguido algo importante. Lo fundamental es concienciar. Los comercios y las farmacias son lugares muy especiales porque forman parte de la vida cotidiana. El dependiente que ve cada mañana a una señora comprar el pan puede darse cuenta de que un día está más triste, que necesita hablar o de que hace tiempo que nadie se interesa por ella. Esa cercanía tiene un valor enorme. Yo siempre digo, medio en broma, que habría que premiar a las personas amables y penalizar a quienes no lo son. Porque ser amable no cuesta dinero y puede cambiarle el día a alguien. También hemos querido llevar esta reflexión al Senado. Porque la soledad no afecta únicamente a quienes parecen más vulnerables. Los políticos también están solos. Desde el presidente del Senado hasta el último diputado de cualquier partido.
A veces pensamos que tener poder o reconocimiento significa estar acompañado. Y no es verdad.
—En esta iniciativa también participarán universitarios. ¿Qué pueden aprender los jóvenes de las personas mayores a las que van a acompañar?
Van a descubrir una asignatura que no siempre se enseña en la universidad. Van a aprender que la soledad existe, que puede ser muy dolorosa y que sus consecuencias pueden llegar a ser gravísimas.
Pero, sobre todo, van a descubrir el valor de escuchar. Los mayores tienen muchísimo que ofrecer. Han vivido, se han equivocado, han aprendido, han amado y han sufrido. Tienen historias que merecen ser escuchadas. Y los jóvenes van a comprender que acompañar no consiste únicamente en hacer algo por otra persona. También significa dejar que esa persona te enseñe. Afortunadamente, vivimos en una sociedad en la que hay muchísimos voluntarios. También la Iglesia realiza una labor de acompañamiento muy importante. Hay personas que encuentran consuelo simplemente entrando en una iglesia, sentándose un rato y rezando ante una imagen en la que creen. No podemos despreciar ninguna forma de consuelo.

«A veces se me hace un nudo en la garganta cuando alguien me da las gracias por escucharle»
—La iglesia de San Antón se ha convertido en un refugio para personas que llegan con historias difíciles. Después de tantos años, ¿todavía consigue sorprenderle el ser humano?
Cada día. Y me sigue sorprendiendo para bien. San Antón era necesario y sigue siéndolo. Es un oasis para muchas personas. Allí he aprendido tres cosas fundamentales, a escuchar, a llorar y a dar gracias a Dios. Hay gente que se sienta en esta misma mesa camilla, me cuenta su vida y, cuando se marcha, me agradece que la haya escuchado. Solamente eso. Y a mí se me hace un nudo en la garganta. Porque pienso en mi propia madre. Yo también necesitaba que me escuchara. Lo hizo tantas veces... Y, sin embargo, nunca le di las gracias. Hay cosas de las que uno se da cuenta cuando pasan los años.
—Ha dedicado su vida a escuchar a los demás. Pero ¿quién escucha al padre Ángel? ¿A quién llama cuando es usted quien necesita hablar?
Bueno, a veces llamo y está comunicando —responde con humor—. Tengo muchas personas a mi alrededor que me escuchan. O que me aguantan, que también tiene su mérito. Todos necesitamos a alguien. Familiares, amigos, personas que estén cerca. El papa Francisco decía que tenemos dos oídos para escuchar y solamente una boca para hablar.
—Ha conocido a personas que no tienen absolutamente nada y a otras que aparentemente lo tienen todo. ¿Se necesita el cariño de manera diferente según la situación económica?
El cariño lo necesitamos todos, aunque algunos intenten comprarlo. Hay personas que confunden el afecto con el sexo, pero eso puede durar media hora. Después vuelven a encontrarse solas. Conozco gente que vive en auténticos casoplones y que es profundamente infeliz. Tienen todo lo que el dinero puede comprar, pero no tienen a alguien que se siente frente a ellos y les pregunte cómo están de verdad. No estamos acostumbrados a que alguien venga simplemente a escucharnos, eso es muy triste.
—Hay personas que necesitan ayuda, pero no se atreven a pedirla por vergüenza, por orgullo o por miedo a preocupar a sus familias. ¿Cómo se entra en ese mundo tan íntimo sin invadirlo?
Nosotros damos formación y hacemos cursillos para aprender a acercarnos a las personas. Pero hay algo que no se puede enseñar en ningún curso, las ganas de querer. Cuando uno quiere enamorar a alguien, se inventa la manera de acercarse, ¿verdad? Pues para acompañar sucede algo parecido.
Puedes empezar preguntándole dónde nació, si tiene familia, cómo era su pueblo o a qué se dedicaba. Y de pronto aparece una historia. Lo importante es tener verdadero interés. Si quieres llegar a una persona, encuentras la manera.

«No hemos perdido la bondad, pero esperamos a que ocurra una desgracia para demostrarla»
—Dentro de seis meses, cuando haga balance de «Pozuelo Acompaña», ¿qué le gustaría poder contar?
No necesitamos cambiar el mundo entero. Me conformaría con haber acompañado a un par de personas y que alguna pudiera decirnos, «Gracias a que alguien me escuchó, no hice una tontería».
Con eso ya nos daríamos por ganadores. A veces medimos las cosas por grandes cifras, por estadísticas o por la cantidad de personas a las que llegamos. Pero detrás de cada número hay una vida. Y salvar una vida, o conseguir que alguien recupere las ganas de vivir, ya merece todo el esfuerzo.
—¿Cree que nos hemos convertido en una sociedad menos compasiva, más pendiente de nosotros mismos y menos dispuesta a mirar a quien tenemos al lado?
No. Yo creo que tenemos una sociedad preciosa. Una sociedad que responde, que se vuelca con los demás y que tiene muchísima bondad. Lo que pasa es que a veces somos un poco tontos. Necesitamos que ocurra una desgracia, como una dana o un incendio, para sacar todo lo bueno que llevamos dentro. Entonces aparecen miles de personas dispuestas a ayudar, a dar lo que tienen, a trabajar por los demás. Y yo me pregunto: ¿por qué esperamos a que suceda algo terrible? Hemos perdido costumbres tan sencillas como dar las buenas noches, besar a alguien antes de dormir o abrazar a las personas que queremos. Yo digo que no deberíamos acostarnos sin haber dado un beso o un abrazo. Y si hace falta, habrá que salir a buscar a alguien a quien dárselo. Lo digo muy en serio.
«Al final de la vida nadie se arrepiente de haber querido demasiado»
—Después de casi noventa años de vida y de haber acompañado a tantas personas en sus momentos más difíciles, ¿qué cree que es lo verdaderamente importante para ser feliz?
Que nos queramos y que nos dejemos querer. Hemos nacido para querer a las personas. Kay quienes se equivocan y dedican toda su vida únicamente a trabajar. Y no se dan cuenta de lo que realmente importa hasta que están llegando al final. Yo he acompañado a muchas personas que se estaban muriendo. He estado a su lado en esos últimos momentos, cuando ya no hay tiempo para aparentar nada, cuando uno sabe que se va. Y ¿sabes de qué se arrepienten? De no haber querido más. De no haber dedicado más tiempo a las personas que tenían cerca. De no haber dicho más veces «te quiero». Por eso en esta campaña vamos a decir muchas veces «te quiero» y «quiero estar aquí».
Porque, si no encontramos tiempo para eso, ¿para qué estamos viviendo?
La conversación termina, pero cuesta levantarse de aquella mesa. El padre Ángel sigue hablando con la misma naturalidad con la que se emociona. No parece tener prisa, quizá porque ha aprendido que dedicar tiempo a alguien es una de las formas más sinceras de demostrarle que importa.
No habla de retirarse ni de descansar. Sigue pensando en las personas que mañana se despertarán sin nadie que les dé los buenos días, en quienes llevan demasiado tiempo esperando un abrazo y en los mayores que han llegado a convencerse de que ya no son necesarios.
«Pozuelo Acompaña» nace precisamente para intentar que esas historias tengan otro final.
Y queda una imagen difícil de olvidar, la de un hombre que ha pasado casi toda su vida escuchando a los demás y que todavía se conmueve al recordar que nunca le dio las gracias a su madre por haberle escuchado a él.
Quizá ahí resida la enseñanza más profunda de esta entrevista. No siempre hacen falta grandes gestos para cambiar una vida. A veces basta con sentarse a una mesa, mirar a alguien a los ojos y hacerle sentir que todavía hay quien quiere quedarse a su lado.
Porque lo verdaderamente triste no es hacerse mayor. Es llegar a creer que ya no queda nadie para quien sigamos siendo importantes. Ω
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