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Por Enrique Moreno | 🕘 7 minutos de lectura
Hay una diferencia esencial entre quien gobierna para que los ciudadanos prosperen y quien gobierna para que los ciudadanos dependan. Todo lo demás es literatura política. El Gran Premio de Fórmula 1 de Madrid ha terminado y, para desgracia de sus detractores, no ha llegado el apocalipsis climático, no ha colapsado la ciudad, no ha estallado la burbuja del capitalismo salvaje ni han aparecido los cuatro jinetes cabalgando por la Castellana. Lo que sí ha aparecido son cientos de miles de visitantes, hoteles completos, restaurantes abarrotados, taxis trabajando, comercios vendiendo, empresas facturando, miles de empleos directos e indirectos y una previsión de impacto económico cercana a los 467 millones de euros anuales. Casi nueve mil puestos de trabajo. Ochenta y tres millones en impuestos y cotizaciones. Más de cuatro mil quinientos millones de euros proyectados durante la próxima década. Una auténtica lluvia de riqueza para Madrid. Y, sin embargo, todavía hay quien sostiene que lo mejor habría sido no celebrar la carrera. Válganos todo el Olimpo marxista.
No deja de fascinarme esa extraña capacidad que posee una parte de la izquierda para convertir cualquier éxito económico en un problema moral. Si se abre una fábrica, protestan porque contamina. Si se construye una infraestructura, porque altera el paisaje. Si llega una empresa tecnológica, porque genera desigualdad. Si aterriza la Fórmula 1, porque representa el capitalismo. Si el turismo bate récords, porque hay demasiados turistas. Si desaparecen los turistas, porque cae el empleo. La enfermedad siempre encuentra un nuevo síntoma. El diagnóstico nunca cambia. El paciente, que es la sociedad, debe permanecer eternamente en observación para que el médico de guardia —el Estado— nunca pierda su razón de existir.
La Fórmula 1 no vende únicamente velocidad. Vende confianza. Ninguna competición de esta magnitud instala su circo en una ciudad si no percibe estabilidad, capacidad organizativa, seguridad, infraestructuras y atractivo internacional. Cada cámara de televisión enfocando Madrid durante horas constituye una campaña publicitaria que ninguna administración podría pagar con dinero público. Cada aficionado extranjero que pasea por sus calles, duerme en un hotel, cena en un restaurante o compra en un comercio deja riqueza que termina llegando, de una forma u otra, a miles de familias que jamás verán un monoplaza desde el paddock. Esa es la diferencia entre crear riqueza y repartir la que otros generan.
Quizá ahí resida el verdadero conflicto ideológico. Hay modelos políticos que entienden al ciudadano como un individuo capaz de prosperar si se le abren oportunidades y otros que parecen contemplarlo como un menor permanente cuya supervivencia depende de la tutela constante de la Administración. Porque un ciudadano que encuentra empleo, monta una empresa, aumenta sus ingresos y mejora su calidad de vida necesita menos al político. Y eso, para determinados proyectos de poder, constituye un problema de primer orden. Un hombre económicamente independiente piensa por sí mismo. Un hombre dependiente vota pensando en quién administra su dependencia.
Resulta revelador comprobar cómo los mismos dirigentes que cuestionaban el Gran Premio guardan un silencio casi reverencial cuando se despilfarran cientos de millones en organismos duplicados, estructuras burocráticas infinitas, observatorios cuya utilidad nadie consigue explicar o campañas institucionales cuya única función consiste en convencernos de que debemos agradecerles nuestra propia existencia. Ahí nunca aparecen los cálculos sobre rentabilidad, impacto económico o retorno social. Curioso concepto de la eficiencia: el dinero privado que genera empleo les incomoda; el dinero público que desaparece sin dejar rastro les parece un ejercicio de justicia social.
Madrid ha demostrado que competir por atraer inversión, turismo y grandes acontecimientos internacionales no es una extravagancia, sino una estrategia de crecimiento. Quien recorre hoy la ciudad encuentra una economía que se mueve, que factura, que contrata y que proyecta una imagen de dinamismo hacia el exterior. Esa prosperidad no garantiza que todos sean ricos, pero multiplica las posibilidades de que muchos vivan mejor. Y eso siempre será preferible al igualitarismo de la pobreza que algunos siguen vendiendo envuelto en papel reciclado y grandes discursos sobre la justicia climática.
Al final, la política también se parece mucho a una carrera de Fórmula 1. Hay quien pisa el acelerador para avanzar y hay quien prefiere poner el freno porque le incomoda que los demás lleguen demasiado lejos. La diferencia es que, mientras unos entienden el progreso como un motor que hay que alimentar, otros parecen contemplarlo como una amenaza que conviene ralentizar para que nadie deje de necesitar al piloto que lleva las manos sobre el volante del Estado.
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