La acampada en Sol por el tema de la vivienda: La reductio ad absurdum

28-09-2026 8:53 a.m.

Por Enrique Moreno | 🕘 6 minutos de lectura


España ha inventado un deporte político que debería aspirar a disciplina olímpica: la ocupación simbólica del espacio público. No hablamos de ocupar una vivienda, no; hablamos de ocupar el relato. Porque el verdadero metro cuadrado cotizado ya no está en el centro de Madrid, sino en el centro de la conversación. Quien consigue que las cámaras enfoquen su pancarta durante cuarenta y ocho horas obtiene un rendimiento mediático que ya querría cualquier campaña publicitaria. Y así, entre lonas, sacos de dormir y declaraciones cruzadas, la Puerta del Sol vuelve a convertirse en el escenario donde cada generación representa su propia versión de la eterna obra española: la dificultad de poner de acuerdo a un país sobre quién debe pagar la factura.

La imagen tiene algo profundamente castizo. A un lado, los despertadores suenan antes de las siete, los trenes de Cercanías vuelven a llenarse, los comercios levantan la persiana, los autónomos hacen números antes incluso del primer café y millones de personas dedican buena parte de su jornada a intentar pagar aquello que más les preocupa: el lugar donde vivir. Al otro, una plaza convertida en símbolo de protesta, con ciudadanos que consideran que la magnitud del problema exige permanecer allí hasta que la política responda. Dos Españas conviviendo en pocos metros cuadrados, cada una convencida de que representa mejor la realidad que la otra.

Lo verdaderamente fascinante no es la acampada, sino la extraordinaria facilidad con la que todo acaba transformándose en una batalla de consignas. Unos reducen cualquier reivindicación a un ataque contra la propiedad privada, poque quizá aun no la tienen; otros convierten cualquier discrepancia en una supuesta insensibilidad hacia quienes no encuentran vivienda. Como si entre ambas posiciones no existiera un inmenso territorio habitado por jóvenes que no pueden independizarse, propietarios que también pagan impuestos, familias hipotecadas durante treinta o cuarenta años, pequeños arrendadores, inquilinos, promotores, ayuntamientos y administraciones que, con mayor o menor acierto, intentan intervenir sobre un mercado extraordinariamente complejo.

Y, naturalmente, aparece el calendario. En España el calendario siempre aparece. Cuando una movilización adquiere relevancia pública a pocos meses de unas elecciones generales, resulta inevitable que algunos observen el componente reivindicativo mientras otros se fijen en el político. Hay quienes ven una expresión legítima de presión ciudadana y quienes interpretan que determinados partidos o actores sociales encuentran en este tipo de protestas una oportunidad para reforzar sus mensajes. Esa discusión, por sí sola, dice tanto sobre nuestra política como la propia acampada.

Quizá el rasgo más español de todo el episodio sea nuestra incapacidad para discutir el fondo sin convertir inmediatamente al interlocutor en miembro de una tribu. Preguntar quién debe asumir el coste de una política pública no convierte automáticamente a nadie en enemigo de los inquilinos. Del mismo modo, defender mayores medidas de acceso a la vivienda no implica necesariamente despreciar a quienes han ahorrado durante años para comprar una casa. Entre el blanco y el negro existe una gama inmensa de grises que, curiosamente, casi nunca caben en una pancarta ni en un eslogan de quince segundos.

Mientras tanto, la ciudad sigue funcionando. Los autobuses continúan circulando, los hospitales permanecen abiertos, las cafeterías sirven desayunos, los albañiles levantan edificios, los profesores empiezan las clases y los empleados fichan en sus puestos de trabajo. También los manifestantes continúan ejerciendo su derecho a protestar. Ambas imágenes pertenecen a la misma democracia y ambas merecen ser observadas con algo más de serenidad de la que suele ofrecer el debate público.

Quizá la verdadera sátira no esté en las tiendas de campaña ni en quienes pasan junto a ellas camino del trabajo. Quizá resida en nuestra vieja costumbre nacional de creer que todos los problemas complejos admiten una solución tan sencilla como una consigna. Porque la vivienda, por desgracia, no se construye con lemas, ni se abarata con aplausos, ni se resuelve únicamente ocupando una plaza. Y esa realidad, por mucho que incomode a unos y a otros, sigue siendo bastante menos fotogénica que una lona plantada en el kilómetro cero.

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