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Por Enrique Moreno | 🕘 4 minutos de lectura
Fernando VII fue el Deseado para unos y el Rey Felón para otros. Dos siglos después, España vuelve a encontrar en un gobernante el centro de sus discusiones, sus temores y sus sospechas. Pedro Sánchez despierta una fascinación que Arturo Pérez-Reverte ha señalado públicamente y que, desde luego, daría para una película de intriga política. El problema es que no estamos en una sala de cine. Estamos en un país donde millones de ciudadanos trabajan, pagan impuestos y esperan que quienes administran sus recursos se ocupen de los asuntos públicos con la misma diligencia que dedican a conservar el poder.
Entre los personajes de esta historia aparece José Félix Tezanos, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas. Su obligación institucional es proporcionar estudios rigurosos sobre la sociedad española, no actuar como asesor electoral particular de ningún gobernante. Y aquí comienza mi sospecha, que expongo como opinión y no como hecho probado: ¿hasta qué punto los sondeos del CIS sirven para informar a los ciudadanos y hasta qué punto pueden convertirse en una herramienta de ventaja estratégica para quien ocupa La Moncloa? No afirmo conocer conversaciones privadas ni instrucciones ocultas. Lo que cuestiono es la confianza que puede inspirar una institución pública cuando sus estimaciones y la trayectoria política de su responsable suscitan controversias recurrentes.
Mi desconfianza hacia Pedro Sánchez nace de sus cambios de posición, sus acuerdos políticos y la distancia que sus críticos encuentran entre determinadas declaraciones y decisiones posteriores. Para quienes interpretan esa trayectoria como una sucesión de rectificaciones pragmáticas, estamos ante un político adaptable; para quienes la consideran una cadena de compromisos incumplidos, ante alguien cuya palabra ha perdido valor. Esa discrepancia es legítima. Lo que no debería perderse de vista es que gobernar exige algo más que habilidad para sobrevivir a la siguiente crisis.
Y aquí regresamos a los mentideros. Con las elecciones a la vista, cualquiera puede preguntarse qué revelan las encuestas internas, qué preocupa al presidente y qué decisiones prepara su equipo. Yo también me lo pregunto. Pero hay una diferencia decisiva entre sospechar que un gobernante utilizará todos los recursos políticos a su alcance para continuar en el cargo y afirmar que utilizará ilegalmente las instituciones: lo segundo exige pruebas. Precisamente por eso necesitamos un CIS transparente, instituciones independientes y controles que no dependan de la buena voluntad de quienes mandan.
Fernando VII terminó convertido en un personaje sobre el que la historia pudo dictar sentencia. Con Pedro Sánchez todavía estamos escribiendo los hechos. Y quizá la pregunta más importante no sea qué conejo sacará de la chistera antes de las elecciones, sino si las instituciones españolas son lo bastante sólidas para que ningún presidente, sea quien sea, pueda confundir su permanencia en el poder con el interés general.
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