Y Will Byers salió del armario

24-01-2026 8:28 a.m.

Will Byers

Por Enrique Moreno / 🕘 6 minutos de lectura

El problema del Hollywood contemporáneo no es la diversidad, como gustan de repetir sus sumos pontífices con sonrisa de seminario y presupuesto millonario. El problema es la sustitución del relato por el sermón, de la aventura por la consigna y del arte por la catequesis ideológica. Y ese problema, como todas las enfermedades mal diagnosticadas, se agrava cuando se confunde el síntoma con la virtud.

Hacia el final de la quinta temporada de Stranger Things, cuando el espectador espera lo lógico —la preparación para la batalla final contra Vecna, monstruo sin piel, asesino vocacional y terrorista apocalíptico—, la serie decide hacer una pausa metafísica para que Will Byers anuncie solemnemente que es gay. Cuatro minutos. Cuatro. Con música grave, miradas húmedas y un abrazo grupal de fraternidad universal. Todo muy emotivo. Todo muy actual. Todo completamente ajeno a la lógica interna de una historia ambientada en los años ochenta, donde la reacción más verosímil habría sido el desconcierto, el silencio incómodo o, directamente, la estampida.

El momento compite en decepción histórica con aquel despertar de Pam que convirtió una temporada entera de Dallas en un sueño mal digerido. Pero al menos aquello fue un truco narrativo; esto es militancia con linterna, insertada a presión en mitad de un clímax dramático.

Y no es un caso aislado. Es norma. Se trastocan tramas, se fuerzan personajes y se violentan universos enteros para acomodarlos a las obsesiones ideológicas del presente. Hemos tenido una Cleopatra reescrita, un beso programático en Lightyear, orcos hogareños y empáticos en la Tierra Media, y hasta un robot asesino de Transformers que declara sus pronombres, como si las máquinas diseñadas para pulverizar enemigos tuvieran crisis identitarias entre misil y misil. Lo nunca visto. O sí: lo demasiado visto.

Porque una cosa es que la ficción invente mundos imposibles y otra muy distinta que insulte la inteligencia del espectador. La verosimilitud no exige realismo, exige coherencia. Cuando una serie como Ripley pide al público que acepte sin pestañear que nadie percibe lo evidente, no está ampliando horizontes: está rompiendo el contrato narrativo. Y cuando ese contrato se rompe, el espectador se levanta y se va.

El público, que no es tonto aunque lo traten como tal, ya ha empezado a votar con el mando a distancia. El episodio confesional de Stranger Things es el peor valorado de la serie. La nueva Blancanieves, más preocupada por la diversidad que por madrastras asesinas y enanos subterráneos, ha dejado un agujero de más de cien millones. The Marvels pasó de terapia de autoestima ejecutiva a mayor fracaso de la franquicia. Y Batgirl ni siquiera llegó a nacer: aborto preventivo tras pruebas de audiencia calamitosas.

Mientras tanto, los grandes estudios se felicitan por su virtud mientras hacen cuentas como quien sangra. Disney y Warner Bros. Discovery acumulan deudas astronómicas, las salas se vacían y la taquilla norteamericana languidece. Mucho manifiesto moral, pero la caja no aplaude.

Resulta que el público prefiere que lo entretengan a que lo reeduquen. Si quisiera sermones, se quedaría en la iglesia. Y como no los quiere, busca otras parroquias: plataformas independientes, creadores libres, narradores que cuentan historias sin pedir perdón. Ahí está la nueva frontera, levantándose mientras Hollywood construye “espacios seguros” para guionistas y trincheras morales contra sus propios clientes.

Los artistas, que deberían ser los seres más libres del mundo, viven hoy bajo el rodillo de la conformidad. Y la ideología progresista que se les impone no es popular: es un lujo de élites, predicado desde jets privados y fiestas exclusivas, con la superioridad moral del que nunca paga la factura del fracaso.

Hollywood antes hablaba de lo que nos unía. Ahora se recrea en lo que nos divide. Ha cambiado la Fábrica de Sueños por un Laboratorio de Adoctrinamiento, y el público responde con silencio, con abandono y con deserción. Si esto no cambia, prepárense para ver carteles de “Se vende” en los portones de esos estudios legendarios.

Porque no se puede insultar al espectador, llamarlo retrógrado y pretender que siga comprando entradas. Y porque el arte, cuando deja de ser universal, deja de ser arte y se convierte en panfleto. Y los panfletos, ya se sabe, envejecen mal y no pagan las facturas.

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