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Por Enrique Moreno | 🕘 6 minutos de lectura
Y ahora llegan estos de las cazas de brujas y logran matar la risa
El problema de nuestro tiempo no es la falta de libertades, como repiten los nuevos comisarios morales con gesto de sacristía laica, sino la prohibición sistemática de la risa. Y no de cualquier risa, sino de la risa española, esa risa vieja, popular, autocrítica, capaz de burlarse de uno mismo antes de que llegue el vecino con el garrote. El wokismo ha venido a exterminar el sentido del humor español medio, que no es una frivolidad cultural, sino una forma de inteligencia civil.
Porque reírse de uno mismo —lo dijeron filósofos serios y borrachos lúcidos— es señal de entendimiento del mundo, de distancia crítica, de salud mental colectiva. El español, cuando estaba en forma, se reía del rey, del cura, del alcalde, del toro y de sí mismo. Hoy no puede. Hoy mide cada palabra como quien camina por un campo de minas semánticas, no vaya a ofender a una minoría imaginaria tutelada por una mayoría histérica.
El wokismo no ha inventado nada nuevo. Ha cambiado el vestuario, eso sí. Donde antes había capuchas, ahora hay credenciales culturales; donde antes había hogueras, ahora hay linchamientos digitales; donde antes se gritaba “hereje”, ahora se vocifera “ofensor”. Son los mismos herederos morales de la caza de brujas centroeuropea, exportada con saña a las Américas, solo que ahora han sustituido la Biblia por el manual de sensibilidad, el misal por el hashtag y el infierno eterno por la cancelación inmediata.
Antes eran ultrarreligiosos; ahora son ultraideológicos. Pero la rabia es la misma, el fanatismo idéntico y la incapacidad para entender el matiz, absoluta. Actúan con el mismo extremismo inquisitorial, convencidos de que la pureza moral les concede derecho a amputar reputaciones, carreras y hasta biografías completas. No dialogan: examinan. No escuchan: vigilan. No interpretan: sentencian.
Y lo más grave no es que no entiendan el humor. Lo grave es que no entienden la intención. No han aprendido aún —y quizá nunca lo hagan— que en el lenguaje humano lo decisivo no es la palabra desnuda, sino el propósito que la acompaña. Para ellos todo es literal, mecánico, sospechoso. Un chiste es una agresión. Una ironía, un delito. Una exageración, una amenaza. El contexto, ese invento burgués del pensamiento complejo, les parece una trampa del opresor.
Así se ha ido creando un clima irrespirable, una inflamación cultural crónica, una especie de alergia colectiva a la ironía. El humorista se autocensura, el escritor duda, el ciudadano calla. Se ha instalado una medicina preventiva del lenguaje que no cura nada, pero anestesia todo. Y una sociedad que no se ríe de sí misma es una sociedad enferma, rígida, solemne y peligrosamente convencida de su propia superioridad moral.
El resultado está a la vista: comedias sin gracia, debates sin alma, ficciones con moraleja y ciudadanos caminando de puntillas por su propio idioma. El humor español, que sobrevivió a reyes absolutos, dictaduras, guerras civiles y crisis económicas, se tambalea ahora ante una pandilla de ofendidos profesionales que confunden sensibilidad con censura y justicia con venganza simbólica.
Nos dicen que es progreso. Mentira. Es regresión tribal, vuelta a la hoguera, pero con Wi-Fi. Nos dicen que es respeto. Mentira. Es miedo. Nos dicen que es inclusión. Mentira. Es uniformidad moral obligatoria.
Conviene decirlo alto y claro, antes de que también esté prohibido:
sin humor no hay libertad, sin ironía no hay pensamiento y sin intención no hay lenguaje.
Y una sociedad que no entiende esto está condenada a no reír… y a no pensar.
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