El feminismo de bandera subvencionada

14-03-2026 medianoche

Feministas en la manifestación del 8m

Por Enrique Moreno | 🕘 6 minutos de lectura

El problema del feminismo contemporáneo no es la igualdad —que es una causa noble, razonable y profundamente civilizatoria— sino la degeneración de esa causa en una maquinaria subvencionada que ha terminado por confundir la defensa de la mujer con la obediencia ideológica. Y cuando una causa justa se convierte en aparato burocrático, suele terminar exactamente igual que todas las burocracias: marchando en círculo y aplaudiendo al que paga las pancartas.

Si el movimiento del 8 de marzo no murió el día en que decidió mirar hacia otro lado mientras se celebraban manifestaciones multitudinarias que contribuyeron a expandir el contagio de COVID por media España, entonces murió el pasado domingo en Madrid, entre consignas de cartón piedra y contradicciones de manual. Aquella jornada dejó claro que lo que queda de aquel movimiento ya no es un grito social, sino un ritual político subvencionado, una romería ideológica que se parece cada vez más al Primero de Mayo.

El Primero de Mayo, por cierto, es hoy poco más que la procesión anual de liberados sindicales que no pisan una fábrica desde que descubrieron el aire acondicionado de los despachos. Se manifiestan una vez al año —con pancarta, silbato y camiseta corporativa— para defender al mismo poder político que les garantiza el presupuesto. Una liturgia perfectamente circular: el Gobierno financia, el sindicato agradece, la pancarta aplaude y el contribuyente paga. Todos contentos. Bueno, casi todos.

El domingo, entre tambores, consignas recicladas y ese entusiasmo revolucionario de domingo, las manifestantes gritaban “No a la guerra”. Lo cual suena muy bonito hasta que uno se pregunta —y aquí empieza el pequeño terremoto lógico— a qué guerra se refieren exactamente. Porque si hablamos de regímenes teocráticos como el iraní, donde las mujeres viven bajo una legislación medieval, donde la libertad sexual es un delito y donde el disidente puede acabar colgado de una grúa municipal, cabría esperar que ese feminismo militante estuviera pidiendo exactamente lo contrario: presión internacional, condena, resistencia.

Pero no. El enemigo siempre es el mismo: Occidente. La sociedad que permite a esas manifestantes salir a la calle, gritar consignas, blasfemar contra la Iglesia, parodiar al Papa y repetir aquel célebre eslogan de sobremesa militante —“el Papa no nos deja comernos las almejas”— resulta ser el gran opresor. Lo nunca visto: la libertad convertida en culpable y la teocracia convertida en víctima.

Y entonces surge la pregunta incómoda: ¿qué ven ciertos sectores del feminismo militante en regímenes como el iraní para mostrar semejante indulgencia moral? ¿Qué fascinación secreta ejerce una teocracia que obliga a cubrir el cuerpo de las mujeres, reprime la disidencia y convierte la moral religiosa en código penal?

La respuesta, aunque suene cínica, es más simple de lo que parece. El feminismo institucionalizado —ese que vive de observatorios, ministerios, chiringuitos, subvenciones y congresos financiados con dinero público— ya no es un movimiento social. Es una industria ideológica. Y como toda industria, necesita mantener su relato intacto para justificar su presupuesto.

Si el enemigo resulta ser el capitalismo occidental, entonces cualquier adversario del capitalismo occidental —aunque sea una teocracia medieval— pasa a ocupar un lugar ambiguamente respetable en el imaginario militante. Es una lógica grotesca, pero funciona. Mientras el adversario no sea el capitalista, todo lo demás es matizable.

El resultado es una incoherencia monumental: un feminismo que grita contra el patriarcado en Madrid mientras guarda silencio sobre el patriarcado de verdad en Teherán; un movimiento que denuncia microagresiones lingüísticas mientras relativiza legislaciones que convierten a las mujeres en ciudadanas de segunda; una militancia que presume de valentía contra el Papa, pero practica la prudencia diplomática cuando se trata de ayatolás.

Así se construye la paradoja perfecta: un feminismo que se proclama liberador pero que, llegado el momento, parece más cómodo enfrentándose a democracias liberales que a regímenes que realmente oprimen a las mujeres.

Quizá el problema no sea ideológico, sino económico. Porque cuando una causa depende del presupuesto público para sobrevivir, deja de ser una rebelión y pasa a ser una estructura administrativa. Y las estructuras administrativas nunca muerden la mano que las alimenta.

Por eso el 8M se parece cada vez más al Primero de Mayo: menos rebelión y más rutina; menos revolución y más nómina.

Y cuando una causa histórica termina convertida en desfile subvencionado, conviene empezar a preguntarse si el movimiento sigue vivo… o si solo sigue cobrando.

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