Y no hubo sopa en La Gioconda

17-01-2026 medianoche

Manifestantes propalestinas en Londres

Por Enrique Moreno / 🕘 4 minutos de lectura

Hay silencios que hacen más ruido que una manifestación con tambores, pancartas y consignas mal rimadas. Y hay mutismos que delatan más que una confesión a destiempo. El silencio de cierta izquierda occidental ante lo que ocurre en Irán es uno de esos silencios gritones, culpables y muy reveladores.

Uno se pregunta —con legítima curiosidad antropológica— qué intereses unen al comunismo de salón con el islam político más severo. Qué misteriosa afinidad electiva hace que quienes se tiran a la calle por cualquier causa importada, con camiseta nueva y lema en inglés, miren al suelo cuando las víctimas no encajan en el relato. Y qué clase de miopía moral permite denunciar con furia lo que ocurre en Tel Aviv mientras se bosteza ante lo que sucede en Teherán.

En Irán hay miles de muertos. Miles. Mujeres apaleadas por no llevar bien puesta una prenda. Jóvenes ejecutados por protestar. Homosexuales perseguidos por existir. Y, sin embargo, ni una flotilla solidaria, ni una sentada con velas, ni una gala de artistas indignados. No hay discursos lacrimógenos, ni puños en alto, ni proclamas contra el régimen de los ayatolás. El wokismo internacional, tan locuaz para unas cosas, se ha quedado mudo como un pez teológico.

¿Será que no toca? ¿Será que no conviene? ¿O será que el verdugo, cuando se presenta envuelto en retórica antioccidental, se vuelve automáticamente respetable? Porque esa es la clave del asunto: el enemigo de mi enemigo merece indulgencia, aunque ahorque mujeres y dispare contra estudiantes.

Resulta conmovedor ver a tantos progresistas convencidos de que ellos, con su pañuelo arcoíris, su carnet sindical y su ideología inclusiva, serían recibidos con abrazos en una teocracia donde la mujer vale la mitad y el disidente vale nada. Es una ingenuidad enternecedora. Trágica, pero enternecedora. Creen que la represión siempre le pasa a otros. Hasta que les pasa a ellos.

El comunista occidental ha decidido que hay dictaduras malas y dictaduras culturales, que vienen con excusa antropológica incluida. Aquí no se reprime: se “aplica la tradición”. Aquí no se mata: se “defiende el orden moral”. Y el progresismo, tan amigo de las causas ajenas, se vuelve relativista cuando la barbarie no es de derechas.

Por eso nadie se manifiesta en Nueva York, París o Madrid. Por eso los actores no se ponen solemnes en las galas. Por eso no hay lágrimas televisadas ni discursos con violín de fondo. Porque denunciar al régimen iraní implicaría admitir que hay opresiones que no caben en el catecismo ideológico, y que el mundo no se divide tan cómodamente entre buenos certificados y malos homologados.

El silencio no es casual. Es interesado. Y el silencio, cuando se trata de miles de muertos, no es neutral: es complicidad pasiva, cobardía activa y propaganda por omisión.

Luego dirán que no sabían. Como siempre.

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