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Por Guillermo Molina | 🕘 6 minutos de lectura
A mí siempre me ha fascinado esa figura tan española del político que descubre, una vez sentado en el sillón, que el sillón es más cómodo que el proyecto. Es como el que entra en un bar para tomarse un café y acaba empadronado en la mesa de la esquina. Y el caso de VOX en Pozuelo tiene algo de sainete costumbrista, de esos que uno ve venir desde el primer acto.
Allá por 2023 —que parece que fue ayer y ya ha llovido— el partido tenía grupo, discurso y una misión muy clara: hacerle la vida incómoda al inamovible Partido Popular de Pozuelo de Alarcón. Venían a ser la china en el zapato del poder municipal. Y eso, en política local, tiene su mérito.
Pero como suele ocurrir cuando el personalismo se sienta en primera fila, el proyecto acabó devorado por el ego. Cuentan —y no lo cuentan en la barra del bar, sino en los mentideros políticos— que tras meses de tensiones internas y de hacerle la vida imposible a la portavoz, Ainhoa García, la dirección del partido decidió apartar y luego expulsar a tres de los cuatro concejales electos.
Hasta ahí, política interna. Nada nuevo bajo el sol.
Lo verdaderamente pintoresco vino después. Porque uno podría pensar —iluso de mí— que, expulsados del partido bajo cuyas siglas se presentaron, los concejales harían mutis por el foro y devolverían el acta por pura coherencia. Pero no. En este país la vergüenza torera cotiza a la baja. Y los tres decidieron quedarse. Independientes. Como si el acta la hubieran ganado bajo las siglas de sus apellidos. Como si los vecinos hubieran votado a “Fulano García” o “Mengano López” en vez de a un proyecto político concreto.
Y ahí siguen. Aferrados al sueldo municipal como el perro del hortelano, que ni come ni deja comer. Sin grupo, sin partido, sin estructura, pero con nómina. Que no es poco.
De los tres, dicen que dos volverán a su vida anterior cuando acabe la legislatura. A su oficio, a su despacho, a su rutina. Y uno les desea suerte, sinceramente. Pero el tercero… el tercero plantea dudas casi antropológicas.
Se le ve activo. Visitando comercios. Saludando tenderos. Haciéndose fotos con escaparates. Publicando en redes bajo el lema “tu concejal vecino”. A mí, qué quiere que le diga, me recuerda al actor secundario que sigue interpretando el papel aunque la obra haya terminado y el teatro esté vacío.
—Vengo a interesarme por sus problemas —dirá.
Y el comerciante pensará (sin decirlo):
—¿Y usted qué puede hacer exactamente?
Porque esa es la cuestión. ¿Está intentando justificar el sueldo? ¿Está empeñado en demostrar que él era el bueno y los demás no? ¿Sueña con presentarse por libre, bajo alguna marca nueva, de esas que nacen como setas en año electoral y desaparecen con la misma rapidez? ¿O simplemente se ha acostumbrado al cargo y no se baja del burro?
Es todo tan peculiar que roza lo ridículo. Y lo digo sin acritud, pero con cierta perplejidad cívica. La política municipal no es un casting permanente ni un escenario para egos heridos. Es representación. Y la representación tiene reglas no escritas: si te expulsan del proyecto que te llevó hasta allí, lo elegante —lo lógico, lo honorable— sería dejar paso.
Pero vivimos tiempos líquidos. Aquí nadie dimite, nadie se va, nadie reconoce que el acta no es suya sino prestada por unas siglas. Y así vamos, con concejales por libre, grupos deshilachados y votantes que empiezan a preguntarse qué demonios votaron en 2023.
Yo, que ya he visto demasiadas legislaturas, le digo una cosa, lector: la política local se construye con coherencia o se convierte en sainete. Y el sainete, al principio hace gracia. Pero cuando dura cuatro años, acaba cansando.
Y luego nos preguntamos por qué la gente desconfía. Pues por estas cosas. Porque entre el proyecto y el sillón, algunos siempre eligen el sillón. Y eso, aquí y en Roma, tiene un nombre poco elegante que usted y yo conocemos perfectamente.
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