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Por Guillermo Molina | 🕘 5 minutos de lectura
A mí me entra cierta risa, mezclada con un pellizco de inquietud, cuando leo por las redes sociales a gente de fuera hablando de Pozuelo. Que si "Los pijos de Pozuelo... (ojalá vivir allí)", que si “Los ricos de Pozuelo... (eso es otro mundo)”, que si "Pozuelo de Alarcón es un cortijo al que se le permite todo... (menuda suerte tenéis)”. Y entonces miro alrededor, paseo por el barrio, entro en un comercio de toda la vida, saludo a un vecino de los de antes y pienso: pues sí, algo de razón tienen.
Porque vivir en Pozuelo de Alarcón es tener una combinación que no se da tan fácilmente: ubicación privilegiada, servicios que funcionan (con sus más y sus menos), zonas verdes, colegios, transporte, seguridad razonable y una vida cotidiana que, comparada con la de muchos otros sitios, resulta casi un lujo. Y no lo digo yo solo; lo dice el forastero cuando opina sin complejo y sin necesidad de quedar bien.
Eso sí, luego estamos los de casa. Los propios. Los que, a veces, no sabemos apreciar lo que tenemos o vivimos permanentemente enfadados porque la farola no alumbra como la del folleto, porque el contenedor está a veinte metros más de lo deseable o porque el mundo no se ajusta exactamente a nuestras expectativas, que en algunos casos son tan altas que no las cumple ni el Paraíso Terrenal con cita previa.
—Esto antes no era así —dice uno.
—Pues yo me iría a otro sitio —amenaza otro.
Y lo curioso es que casi nadie se va. Porque, en el fondo, saben dónde están.
Pozuelo tiene de todo: oportunidades, calidad de vida, posibilidades que en otros municipios ni se sueñan. Y como ocurre con todo lo que se tiene a mano, se da por descontado. Es el mal endémico del bienestar: cuanto mejor estás, más fino te vuelves para protestar. Como el que se queja del jamón porque no estaba cortado al gusto exacto del paladar.
Pero convendría hacer un ejercicio de perspectiva histórica, que siempre viene bien para rebajar humos. Las sociedades no caen de un día para otro; se desgastan a base de desprecio cotidiano. El Imperio romano no se fue por el sumidero porque un día faltaran las legiones, sino porque muchos dejaron de creer que aquello merecía la pena sostenerlo.
Y aquí enlazo con un paralelismo que a algunos les escocerá, pero es muy gráfico. El día que falte Florentino Pérez en la presidencia del Real Madrid, todos esos que ahora protestan por el fichaje, por el estadio, por el precio de las entradas o por la alineación del domingo, dirán al unísono: “Esto con Florentino no pasaba”.
Con Pozuelo ocurrirá lo mismo. El día que esto empiece de verdad a torcerse, si es que llega ese día, los que hoy no ven más que defectos echarán de menos lo que ahora consideran poco. La tranquilidad relativa, los servicios cercanos, la sensación de vivir en un sitio cuidado. Entonces vendrán los lamentos tardíos, que son los más inútiles.
No se trata de conformismo ni de callar cuando algo no funciona. Se trata de saber dónde se vive y de no confundir la crítica necesaria con el desprecio sistemático. Porque criticar desde el cariño construye; criticar desde el hartazgo permanente desgasta.
Yo, que ya he visto caer muchas cosas que parecían eternas, le digo una cosa, lector: Pozuelo no es perfecto, pero es valioso. Y lo valioso, si no se cuida, se pierde. Luego vendrán las comparaciones, los “antes” y los “qué pena”. Como siempre.
Y entonces, cuando falte Pozuelo tal y como lo conocemos, será tarde para decir que tuvimos suerte. Porque la suerte, cuando no se reconoce, acaba marchándose sin hacer ruido.
Feb. 10, 2026, 1:43 p.m.
Pozuelo
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