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Por Guillermo Molina | 🕘 5 minutos de lectura
A mí siempre me ha hecho gracia —y un poco de pena, si le soy sincero— esa afición que tienen algunos por comprarse un Ferrari para pasearlo por el noroeste de Madrid. Que cada cual haga con su dinero lo que quiera, faltaría más, pero uno no puede evitar preguntarse: ¿para qué? ¿Para lucirlo en el garaje? ¿Para enseñarlo en la terraza de moda? ¿O para circular por calles llenas de badenes que parecen diseñados por un ingeniero enemigo del automóvil?
Porque, si usted vive en Pozuelo de Alarcón o en cualquier rincón del noroeste, sabrá de qué hablo. Aquí los llaman badenes, reductores de velocidad, calmadores de tráfico… nombres suaves para algo que en realidad debería llamarse revientacoches municipal. Y no exagero.
Hay de todo. Un catálogo completo digno de exposición urbanística. Están los badenes discretos, que serían razonables si la pintura que los señaliza no estuviera desgastada como una camiseta de verano. Esos son los traicioneros: los descubres cuando ya es tarde y el coche pega un salto digno de rally.
Luego están los baratos, los que algún ayuntamiento compró por catálogo para ahorrar obra pública. Esos que se atornillan al asfalto con una docena de tornillos que, cuando el tráfico los rompe, quedan ahí, como pequeñas minas antipersona dedicadas a pinchar ruedas.
Y después está la categoría reina: el badén monumental. El bordillo incrustado en mitad de la calle. El Everest del automóvil. Uno de esos lo tiene usted, sin ir más lejos, junto al Centro de Salud San Juan de la Cruz. Ahí no pasa un Ferrari: pasa un todoterreno con vocación de alpinista. Y aún así, con cuidado.
Yo, que tengo imaginación para estas cosas, me imagino al técnico de urbanismo diseñando la calle desde su bicicleta municipal. Casco, mochila, carril bici. Y diciendo:
—Aquí pondremos otro badén.
—¿Otro más? —preguntará alguien.
—Sí, hombre. Que reduzcan la velocidad.
Y en su pensamiento íntimo —esto ya es licencia literaria— resonará algo así como: “Que se jodan esos de los coches”.
Lo curioso es que la solución existe y es de manual del siglo XXI: cámaras de velocidad. Radar, foto, multa. Control real. Ingreso para las arcas municipales. Pero no. Aquí preferimos la ingeniería del obstáculo: obra, hormigón, pintura que dura dos inviernos y un festival de amortiguadores reventados.
Así que volvamos al Ferrari.
Porque tener un deportivo de esos que salen en los anuncios —rojo, bajo, elegante, con más caballos que una feria de Jerez— en una ciudad plagada de badenes es como comprarse unos zapatos de charol para caminar por un campo de barro. Cada cincuenta metros hay que frenar, reducir a diez kilómetros por hora, pasar el obstáculo con la delicadeza de un funambulista… y volver a acelerar hasta el siguiente.
No compensa.
Si a mí me sobrara el dinero —hipótesis altamente teórica— y quisiera presumir por estas calles, no me compraría un Ferrari. Me compraría uno de esos tractores con carrocería de coche estilo yankee, que parecen capaces de subir el Himalaya con remolque. O mejor aún, un Nissan Patrol del ejército. Eso sí que luciría.
Porque aquí, en Pozuelo, el lujo ya no es correr. El lujo es sobrevivir a los badenes sin dejarse el cárter en el intento.
Y mientras los deportivos siguen desfilando con cuidado milimétrico entre obstáculo y obstáculo, uno llega a una conclusión inevitable: en el noroeste de Madrid no hay calles para Ferrari. Hay calles para cabras montesas.
Y eso, reconozcámoslo, tiene su mérito urbanístico. Aunque no salga en los folletos turísticos.
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