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Por Guillermo Molina | 🕘 6 minutos de lectura
Recuerdo, y recuerdo bien, aquellas tardes en la Puerta del Sol en las que parecía que el mundo se iba a arreglar con una pancarta y una asamblea. Han pasado once años del 15-M y, qué quiere que le diga, uno lo recuerda como se recuerdan las modas intensas: con una mezcla de ilusión, ingenuidad y cierto sonrojo retrospectivo.
Aquello empezó como empiezan las cosas grandes: con una queja legítima. Crisis económica, corrupción, desahucios, una clase política que parecía— vivir en otra galaxia. Los llamados “indignados”, que nombre tan acertado, levantaron la voz y pusieron sobre la mesa problemas reales. Y eso, guste o no, hay que reconocerlo.
"No nos representan" decían.
Y durante un tiempo, parecía verdad.
Pero ya sabe usted cómo funciona esto. Los movimientos sociales son como las plazas en primavera: llenos de gente al principio, llenos de ideas, llenos de buenas intenciones… hasta que alguien decide poner un chiringuito y empezar a cobrar entradas.
Dos años después, aquel 15-M se institucionalizó. En Madrid tomó forma en torno a Podemos; en Cataluña, en Ciudadanos. Fin del bipartidismo, decían. Nueva política, decían. Aire fresco.
Y fíjese usted cómo es la vida: uno desaparecido, el otro en cuidados paliativos. Ni rastro de aquella épica y una clase política aun más desvergonzada.
A mí todo esto me parece, y lo digo sin ánimo de ofender a ningún psicólogo, un experimento social digno de estudio. Como los de Asch, Milgram o Zimbardo, pero con pancartas y tuits. Un fenómeno de masas que empezó con una causa legítima y acabó… bueno, acabó como acaban muchas cosas en España: en personalismos.
Porque, no nos engañemos, aquello lo capitalizaron unos cuantos que vieron la oportunidad. Los de la Complutense, que por cercanía casi podríamos decir de Pozuelo, que pasaron de ensanchar sus egos impresionando a jóvenes imberbes y a chicas con el "síndrome del padre ausente", a las asambleas y los platós con una facilidad admirable.
Ahí tiene usted a Pablo Iglesias, que de la coleta combativa ha pasado a la tertulia permanente. Del “proletariado” en Vallecas al chalet con piscina en Galapagar. De la revolución a la realización en televisión. Todo muy coherente, como usar cinturón y tirantes.
Luego está Íñigo Errejón, bregando en los tribunales con denuncias interpuestas por presuntas agresiones sexuales e intentando sobrevivir al ruido que él mismo ayudó a crear.
Y Juan Carlos Monedero, que sigue en la universidad tras superar la suspensión provisional por denuncias de acoso sexual. Aunque una denuncia fue archivada por la fiscalía en mayo 2025, la UCM mantiene abierta una investigación interna. España, ese país donde siempre pasa algo… pero nunca pasa nada.
Y uno se pregunta, preguntas retóricas, ya sabe:
¿Era esto lo que pedían los que acampaban en Sol?
¿Era esto la regeneración?
¿Era esto la nueva política?
Porque lo que empezó como una protesta contra los privilegios acabó generando nuevos privilegiados. Lo que nació contra la casta terminó creando otra. Más joven, más moderna, más tuitera… pero igual de humana en sus debilidades.
A mí, que soy de mirar las cosas con perspectiva, todo esto me recuerda a historias muy antiguas. A la guerra de Troya, sin ir más lejos. Porque al final, detrás de los discursos, de las ideologías y de las pancartas, suele haber motores más básicos: poder, ego, ambición, sexo4… y, en algunos casos, otras pasiones menos confesables.
El 15-M fue necesario. Sí. Puso el dedo en la llaga. También. Pero su evolución demuestra algo que ya sabíamos desde hace siglos: cambiar el sistema es difícil; cambiar la naturaleza humana, imposible.
Y así estamos, once años después. Con menos indignación en las plazas y más indignación en los comentarios de redes. Con menos tiendas de campaña y más platós de televisión. Con menos “no nos representan” y más “mírame, que salgo”.
Al final, lo que parecía una revolución acabó siendo, como tantas cosas, una temporada más de la serie española.
Con sus protagonistas, sus giros de guion… y su inevitable desgaste.
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