Salvas vidas pero no eres alguien

10-01-2026 12:40 a.m.

Quirófano

Por Enrique Moreno / 🕘 4 minutos de lectura

Hay oficios que se reconocen solos y otros que necesitan pancarta. El médico pertenece a esa rara especie de profesionales que solo hacen ruido cuando faltan, como el aire o como la luz. Mientras salvan vidas, nadie les pregunta; cuando se cansan, todo el mundo se escandaliza. Y entonces surge la pregunta, tan vieja como ingrata:

¿qué más tiene que hacer un médico para que esta sociedad le reconozca su valía?

Porque salvar vidas, por lo visto, ya no basta.

El médico estudia como un monje cartujo, trabaja como un estibador del puerto de Hamburgo y responde como un soldado en retirada permanente. Hace guardias eternas, duerme poco, cobra mal —para lo que hace— y firma con su nombre decisiones que pesan más que muchos ministerios juntos. Decide quién entra, quién sale, quién vive y quién muere, aunque luego le pidan que lo haga con sonrisa, empatía y sin levantar la voz, no vaya a ser que moleste al formulario.

Y aun así, cuando los médicos dicen basta y se suman a la huelga convocada por todo el personal sanitario, aparecen los inquisidores del sofá: que si el juramento hipocrático, que si la vocación, que si los pacientes. A nadie se le ocurre decirle al bombero que apague el fuego gratis por amor al arte ni al juez que dicte sentencias por vocación democrática. Pero al médico sí. Al médico se le exige santidad laboral y silencio administrativo.

El nuevo Estatuto Marco que se negocia —o se simula negociar— desde los despachos del Ministerio parece escrito por alguien que no ha pisado un hospital desde que nació. Mucha jerga, mucha igualdad mal entendida, mucha tabla y poco pulso. Se habla de categorías, de horarios, de compatibilidades y de organización como si la Medicina fuera una oficina de sellos o una gestoría con bata.

El médico no protesta por capricho. Protesta porque se le trata como a un recurso fungible, como a una pieza intercambiable de una maquinaria burocrática que funciona peor cuanto más reglamento se le añade. Protesta porque ve cómo su responsabilidad crece y su reconocimiento se encoge. Protesta porque le exigen excelencia con condiciones de saldo.

Y protesta, sobre todo, porque ha aprendido —a fuerza de golpes— que en esta sociedad el que no molesta no existe. Si salva vidas en silencio, es su obligación. Si levanta la voz, es un insolidario. Si se equivoca, es un criminal. Si acierta, era lo mínimo. Así no hay vocación que aguante ni juramento que resista.

Los médicos han decidido hacer lo que esta sociedad entiende mejor: parar para que se note que están. No para abandonar al paciente, sino para recordarle al poder político que sin médicos no hay sanidad, y sin sanidad no hay discurso, ni igualdad, ni progreso que valga.

Quizá la respuesta a la pregunta sea esta:

para que se les reconozca su valía, los médicos tienen que dejar de salvar vidas un momento y dedicarse a algo mucho más peligroso: exigir respeto.

Triste conclusión. Pero exacta.

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