El ruido y el mando a distancia

31-01-2026 medianoche

Locutor

Por Jorge Gómez / 🕘 6 minutos de lectura


Los narradores de fútbol en España se parecen cada vez más a esos pelmazos de los concursos de sobremesa que no soportan el silencio y creen que, si dejan de hablar, el espectador descubrirá algo intolerable: que piensa por su cuenta. El problema no es que narren mal; es que no narran. Opinan. Insinúan. Editorializan. Se pasan noventa minutos intentando influir en el ánimo del telespectador como si este fuera un primo lejano al que hay que explicarle en qué momento debe indignarse y a quién conviene señalar con el dedo.

Limítense a contar lo que ocurre. Nada más. El balón entra o no entra. Hay falta o no la hay. El resto —el juicio moral, la lectura política, el encuadre emocional— déjenlo para después, si quieren, en la columna firmada o en la tertulia nocturna. Yo ya tengo neuronas propias para opinar. No necesito un lazarillo emocional que me lleve de la mano por el partido como si fuera un museo de cera.

La retransmisión futbolística española se ha convertido en un partido dentro del partido, pero sin árbitro. Un espacio donde el micrófono actúa como megáfono del prejuicio y donde la supuesta neutralidad es una escenografía tan convincente como el cartón piedra. Se finge objetividad mientras se empuja el relato. Y el relato, casi siempre, va en la misma dirección.

Tomemos a uno muy famoso, por ejemplo, convertido ya en un género en sí mismo. Sus gritos histéricos ante una ocasión de gol contra el Real Madrid alcanzan registros que harían palidecer a una soprano en plena Traviata. En cambio, cuando la ocasión es del equipo blanco, el entusiasmo se modula, se administra, se sirve templado, como si el exceso de decibelios pudiera interpretarse como simpatía indebida, o pudiera parecer que es una ocasión clara. La emoción, aquí, también tiene ideología.

Y luego está esa prudencia casi reverencial ante el árbitro cuando la decisión perjudica al Madrid. Dudas razonables, matices, comprensión del error humano. Desde Negreira hasta hoy —porque Negreira no fue un meteorito, sino un clima—, esa cautela se ha mantenido como una costumbre bien aprendida. El árbitro, figura sagrada. El jugador protestón, figura sospechosa. El guion no se toca.

Un veterano que le acompaña es otro capítulo. Un oráculo que nació en Canal Plus, en tiempos del falso directo, cuando hacía alarde de anticipar lo que iba a ocurrir… porque ya había ocurrido. Desde entonces no ha vuelto a acertar un pronóstico con regularidad, pero ahí sigue, ejerciendo de augur con la eficacia de una galleta de la suerte. El equipo que él da por vencedor suele quedar condenado, como si llevara incorporada una maldición doméstica. Pero el prestigio, como ciertas estatuas ecuestres, aguanta incluso cuando el caballo ya no tiene patas.

Radios, televisiones, medios digitales: todos participan del mismo impulso. No se conforman con contar el partido; quieren fabricar la lectura. Que el receptor piense como ellos. Que sienta lo que ellos sienten. Que se indigne donde ellos se indignan. El fútbol ya no se retransmite: se interpreta en tiempo real, como si el espectador fuera incapaz de sostener una duda durante más de tres segundos.

Esto enlaza con algo más profundo y más viejo: la desconfianza hacia el criterio ajeno. El narrador contemporáneo no soporta la idea de un espectador autónomo. Necesita guiarlo, corregirlo, advertirle. Como si el fútbol fuera demasiado complejo para dejarlo a la intemperie del pensamiento individual. Como si mirar noventa minutos sin tutela fuera un deporte de riesgo.

El resultado es un ruido constante, una verborragia pedagógica que no ilumina nada y lo empaña todo. Se grita para tapar el vacío. Se opina para no callar. Se construye un relato para no asumir que el fútbol, como la vida, admite interpretaciones incómodas y contradictorias.

Al final, el mando a distancia se convierte en el último acto de resistencia. Bajar el volumen. Quitar el sonido. Ver el partido como se veían antes las películas mudas: atendiendo a lo esencial. Porque quizá el mayor lujo del espectador moderno no sea la alta definición, sino el silencio. Y porque cuando el narrador deja de creerse protagonista, el fútbol —a veces— vuelve a parecerse a sí mismo.

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