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Por Jorge Gómez / 🕘 6 minutos de lectura
Aplaudo la fortaleza mental de Vinícius Júnior no porque sea perfecto —nadie lo es, y él tampoco—, sino porque ha sobrevivido a algo que en España se practica con especial saña: la guerra declarada al talento cuando este no pide perdón por existir. A Vinícius no se le juzga como futbolista; se le examina como símbolo. Y los símbolos, cuando no se domestican, se intentan quemar.
Desde que aterrizó en Madrid el 14 de julio de 2018, Vinícius no ha jugado solo contra laterales y centrales. Ha jugado contra un clima. Contra una pedagogía del reproche. Contra esa idea tan nuestra de que el genio debe ser dócil, silencioso y agradecido, como un invitado que sabe que está de prestado. El problema de Vinícius es que nunca entendió ese papel. Llegó para jugar, no para pedir disculpas.
El miniderbi de septiembre de 2018 en Segunda B fue una primera nota al pie que casi nadie quiso leer. Dos goles al Atlético B, un rosario de faltas y un episodio final que retrata mejor que cualquier editorial la fauna moral del asunto: Tachi mordiéndole la cabeza. Literalmente. Aquello no fue una metáfora freudiana, fue una dentellada. Pero los voceros antimadridistas —tan sensibles para otras causas— miraron hacia otro lado. No convenía empezar tan pronto el relato del villano.
Luego vino el muñeco. Enero de 2023. Un puente de Madrid. Un simulacro de linchamiento que evocaba más al Ku Klux Klan que a una “gamberrada de críos”, aunque así se despachó en ciertos medios con la ligereza con la que se quita una mancha del mantel. El mensaje era inequívoco, pero el país prefirió fingir sordera. España es experta en bajar el volumen cuando la realidad incomoda.
Mestalla no fue una excepción, fue una rutina. “Mono, mono”, coreado desde la grada como si estuviéramos en un experimento sociológico sobre hasta dónde puede estirarse la infamia sin consecuencias. El árbitro —ese funcionario del orden mal entendido— expulsó a Vinícius por alterarse, como si la dignidad fuera una provocación y no una respuesta. Y parte de la prensa, siempre dispuesta a confundir causa y efecto, se apresuró a señalarle a él como instigador del incendio que otros habían prendido.
Pero el remate llegó cuando el asedio externo consiguió su objetivo más antiguo: infiltrar la duda en casa. El sábado pasado, quienes no soportan a los genios —esos que se esconden tras un micrófono como quien dispara desde una trinchera cómoda— lograron que la propia afición del Real Madrid lo escracheara durante noventa minutos. Como recordó Juanma Rodríguez, el relato había calado. El culpable del bajo rendimiento del equipo ya tenía nombre, dorsal y color de piel convenientemente problematizable.
Y entonces ocurrió lo intolerable para el discurso: el siguiente partido en el Bernabéu, Vinícius fue MVP de Champions. No pidió perdón. No bajó la cabeza. No se reconvirtió en figurante obediente. Respondió jugando, que es la forma más insolente de desmentir a quien vive de hablar. El talento, cuando insiste, tiene algo de herejía.
Vinícius no es un santo. Tiene gestos discutibles, reacciones imperfectas, un carácter volcánico que a veces se desborda. Pero ahí está la trampa: exigir perfección a quien ya soporta una carga extra es otra forma de violencia. Al mediocre se le permite todo; al excepcional se le exige pureza. Es el viejo truco de confundir grandeza con obligación moral.
Este país tolera mal a los que no se dejan moldear. Prefiere al héroe agradecido, al genio que sonríe aunque le escupan. Vinícius ha decidido no ser ese personaje. Y por eso molesta. Porque devuelve el espejo. Porque obliga a elegir entre el aplauso cómodo y la incomodidad de reconocer que el problema no estaba en él.
La fortaleza mental de Vinícius no consiste en ignorar el ruido, sino en atravesarlo sin convertirse en lo que esperan de él. Y eso, en un fútbol y en una sociedad que premian la sumisión disfrazada de carácter, es un acto profundamente subversivo. Por eso lo atacan. Por eso seguirá ocurriendo. Y por eso, precisamente por eso, merece el aplauso. No el fácil, sino el que cuesta.
Jan. 25, 2026, 9 p.m.
Vini
No deja de ser una antideportivo y provocador. En su sueldo van las críticas. Hay que saber ganar y perder
Jan. 25, 2026, 12:19 p.m.
VINI
Lo mejor que he leído de Vini👏👏👏
16-02-2026 8:05 p.m.
16-02-2026 11:32 a.m.
16-02-2026 9:09 a.m.
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