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Por Jorge Gómez | 🕘 5 minutos de lectura
Insisto —porque las metáforas, cuando son buenas, no se abandonan al primer bostezo— en la comparación que tanto incomoda: cuando se jubiló el jefe de policía de Chicago al que Al Capone tenía a sueldo, ¿alguien cree que el mafioso organizó una fiesta de despedida, pagó la última ronda y decidió, conmovido por el discurso institucional, dejar de engrasar la maquinaria? No seamos ingenuos. En los sistemas donde el dinero ha encontrado el camino, el camino no se pierde porque cambie el guardia de la puerta.
Con el caso Negreira, creo yo, ocurre algo parecido. Que el señor se jubilara no significa, al cien por cien, que se extinguiera la costumbre. Significa, como mucho, que cambió el destinatario de la transferencia. Y quien crea que un club que durante años pagó al vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros lo hizo por filantropía consultiva y no por influencia sistémica, que vuelva a leer a Pirandello: hay personajes que buscan autor, pero también hay instituciones que buscan coartada.
Hace semana y media el Real Madrid recuperó el liderato de La Liga. Y desde Barcelona, con puntualidad litúrgica, los candidatos a la presidencia del FC Barcelona activaron el viejo mantra victimista: “Madrid nos roba”. Es admirable la capacidad de convertir cualquier circunstancia en un acto de persecución histórica. No importa que el sumario del caso Negreira esté aún respirando; el relato ya está escrito.
El siguiente partido del Madrid terminó en derrota. Merecida en el juego, sospechosa en algunos detalles arbitrales que el VAR gestionó con esa mezcla de precisión quirúrgica y miopía selectiva que empieza a resultar familiar. Y, como en una novela por entregas, el Barcelona recuperó el liderato. No afirmo nada. Solo observo el patrón. El fútbol español se ha convertido en una casa tomada —Cortázar mediante— donde los ruidos extraños ya no sorprenden a nadie, pero nadie se decide a encender la luz.
No entraré —porque sería interminable y me acusarían de obsesivo— en las polémicas que rodean los partidos del Barcelona. Basta con admitir que se ven cosas raras. Decisiones que flotan en el aire como globos de feria: técnicamente defendibles, moralmente discutibles. El VAR, esa máquina diseñada para reducir la injusticia, ha terminado siendo un oráculo ambiguo que habla en parábolas.
Y ahora llega la vuelta de la semifinal de Copa. El martes, 21:00. El Atlético de Madrid visita Barcelona con una ventaja de 4-0. Remontar cuatro goles no es imposible en el Camp Nou; que se lo pregunten al Paris Saint-Germain, que aprendió en carne propia que en ciertos estadios la épica y el reglamento pueden confundirse peligrosamente. No afirmo conspiraciones. Solo pido normalidad. Que el partido se decida por el talento, el error o la inspiración, no por la interpretación creativa del monitor.
El problema no es que el Madrid pierda un partido —eso forma parte del juego—, sino que el contexto siga oliendo a expediente no resuelto. Mientras no haya una sanción clara, una conclusión firme, una purga institucional como la que Italia aplicó tras el Calciopoli, la sospecha seguirá respirando. Y el fútbol, cuando respira sospecha, pierde algo más valioso que puntos: pierde credibilidad.
El madridismo haría bien en no caer en el victimismo espejo. Pero también en no practicar la ingenuidad suicida. La historia enseña que los sistemas de poder no se desmontan por jubilación. Se desmontan por decisión. Y de momento, en el fútbol español, la decisión sigue siendo una palabra incómoda.
Si el martes todo transcurre con normalidad, celebraremos el fútbol. Si no, añadiremos un capítulo más a esta novela negra con silbato y monitor. Porque la pregunta no es si Al Capone dejó de pagar cuando se jubiló el jefe. La pregunta es si alguien a día de hoy cree en el fútbol español.
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