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Por Jorge Gómez | 🕘 5 minutos de lectura
Hay dirigentes que gobiernan como administradores y otros que gobiernan como ilusionistas. Joan Laporta pertenece a la segunda categoría: el hombre que convierte la contabilidad en un truco de magia y la deuda en una anécdota narrativa. Y, como todo buen mago, necesita algo esencial para que el espectáculo funcione: un público dispuesto a creer.
Laporta, el mismo que durante su primer mandato cuadruplicó el salario de José María Enríquez Negreira, ha arrasado con un 70% del voto en las últimas elecciones del FC Barcelona. Setenta por ciento. Una mayoría búlgara, una aclamación casi plebiscitaria. No es un dato electoral; es una declaración cultural. Porque votar no es solo elegir, es también perdonar.
Mientras tanto, la deuda bruta del club supera los 1.450 millones de euros. Una cifra que, en cualquier otro contexto, sonaría a obituario financiero. Pero en Barcelona se ha convertido en una abstracción elegante, en un concepto maleable que se disuelve entre presentaciones, vídeos institucionales y esa retórica que confunde el futuro con un PowerPoint bien iluminado.
El proyecto Espai Barça —esa promesa de modernidad que debería ser catedral y amenaza con quedarse en andamio perpetuo— avanza entre retrasos y sobrecostes, como esas obras públicas que en las novelas de Galdós siempre terminan siendo más simbólicas que reales. Pero nada de esto parece alterar el ánimo del socio, que acude a las urnas con la misma fe con la que el espectador entra en el teatro: dispuesto a suspender la incredulidad.
Y luego están las famosas “palancas”. Qué palabra tan perfecta. No ventas. No hipotecas. No cesiones estructurales de patrimonio. Palancas. Como si el club no estuviera desprendiéndose de partes de sí mismo, sino accionando un mecanismo sofisticado que, en algún momento indeterminado, devolverá la gloria multiplicada. Más de 800 millones ingresados. Y a cambio, décadas de renuncia a ingresos futuros. Pan para hoy, efectivamente. Y para mañana, ya veremos.
La paradoja es deliciosa: el club que durante años se presentó como modelo de gestión ética y superioridad moral se ha convertido en un laboratorio financiero donde el presente se financia a costa del porvenir. Un poco como esos aristócratas de novela rusa que venden los muebles del salón para seguir celebrando bailes mientras el techo empieza a gotear.
Pero lo verdaderamente fascinante no es Laporta. Laporta hace lo que debe hacer un dirigente de su perfil: seducir, simplificar, prometer. Lo verdaderamente fascinante es el socio. Ese votante que observa la deuda, escucha las explicaciones, contempla las palancas… y decide, no obstante, renovar el contrato emocional con el mismo gestor.
Porque en el fondo el fútbol no es economía. Es fe. Y la fe, cuando se instala, es impermeable a los números. El socio del Barcelona no vota balances; vota relatos. No elige un plan de viabilidad; elige una identidad. Y Laporta, en eso, es un narrador formidable. Les dice lo que quieren oír, y se lo dice con la convicción de quien sabe que la realidad es secundaria cuando el discurso funciona.
El problema es que los números no creen en relatos. La deuda no entiende de carisma. Y las hipotecas —por muy rebautizadas que estén como “palancas”— siempre terminan llegando a su vencimiento con la puntualidad de un acreedor alemán.
Pero de momento el teatro sigue lleno. El mago sonríe. El público aplaude.
Y el truco, como todos los buenos trucos, consiste en mirar hacia otro lado justo en el momento decisivo.
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