Pelotas

07-02-2026 midnight

José Antonio Camacho

Por Jorge Gómez | 🕘 6 minutos de lectura


La palabra que mejor define al Real Madrid desde la época de las cinco Copas de Europa seguidas no es “estilo”, ni “filosofía”, ni siquiera “talento”. Es una palabra más basta, más castellana, menos exportable a los congresos de identidad futbolística: pelotas. Pelotas en plural, además, porque nunca bastó con una sola. A veces hubo arte, otras veces apenas oficio; algunas plantillas parecían salidas de un museo y otras de una obra en horas bajas. Pero el denominador común, ese que atraviesa décadas como un nervio tenso, siempre fue el mismo: tenerlas.

El Madrid no se explica desde la estética, porque la estética es un lujo de quien puede perder sin trauma. Se explica desde el carácter, que es una categoría mucho menos fotogénica y bastante más incómoda. Mientras otros clubes han necesitado construir un relato para justificar sus victorias —un sistema, una doctrina, una liturgia—, el Madrid ha sobrevivido con algo más primario y más antipático: la negativa a aceptar el papel de comparsa cuando el partido se pone cuesta arriba.

Las cinco seguidas no fueron una coreografía; fueron una declaración de intenciones. Aquel equipo no pedía permiso ni explicaba nada. Ganaba porque entendía el fútbol como un territorio hostil donde el talento sin colmillo es literatura y la épica sin sudor es un folleto turístico. Desde entonces, cada generación ha reinterpretado esa herencia a su manera, a veces con violines y otras con martillos, pero siempre con el mismo fondo moral: aquí no se viene a gustar, se viene a resistir.

El error habitual —y muy contemporáneo— consiste en confundir pelotas con testosterona, como si se tratara de una virtud de gimnasio o de vestuario de película barata. No va de eso. Va de asumir la responsabilidad cuando el contexto se vuelve adverso. Va de no esconderse detrás del sistema, del entrenador o del árbitro. Va de mirar al marcador, entender que nadie va a regalarte nada y seguir jugando como si la derrota fuera una hipótesis ajena.

Por eso el Madrid ha podido ganar con equipos que no pasarían un casting de TikTok futbolero. Por eso ha levantado Copas de Europa en noches que, analizadas al microscopio táctico, parecen una sucesión de errores corregidos a base de fe y de insistencia. Porque cuando no había arte, había pelotas. Y cuando había arte, también. La diferencia es que el arte sin carácter se evapora, mientras que el carácter, incluso sin arte, deja cicatrices.

En los últimos tiempos, se ha intentado reeducar al madridismo. Convencerlo de que ahora toca explicarse, justificarse, pedir perdón por ganar mal o por no ganar como dicta el manual del buen gusto. Es la misma pedagogía que pretende señalar como problema a lo mejor que tiene el equipo: al que corre, al que insiste, al que no baja la cabeza. La misma música que ya sonaba en otros artículos de esta sección, donde el talento era acusado de provocar, el carácter de molestar y la ambición de ser indecente.

Pero el Madrid no es un club diseñado para la aprobación externa. Nunca lo fue. Es una anomalía histórica que ha sobrevivido precisamente porque no se dejó domesticar por el relato dominante de cada época. Cuando el fútbol se volvió táctico, ganó a trompicones. Cuando se volvió lírico, ganó con pegada. Cuando se volvió negocio, ganó con frialdad. Y cuando se volvió sospechoso, ganó con silencio.

Pelotas, al final, no es una palabra vulgar. Es una categoría moral. Es la capacidad de sostenerse cuando el entorno empuja a la rendición estética, al consenso blando, a la excusa elegante. Es entender que hay noches en las que no se juega para la foto, sino para la historia. Y la historia —esa señora sin sentido del humor— nunca pregunta cómo ganaste, sino si estuviste cuando tocaba estar.

El Real Madrid, desde las cinco seguidas hasta hoy, ha sido muchas cosas: brillante, áspero, desordenado, sublime, irritante. Pero sobre todo ha sido coherente con una idea incómoda: que el fútbol no siempre premia al mejor, pero casi nunca absuelve al que se esconde. Y por eso, cuando todo falla —el plan, el talento, la inspiración—, queda lo único que nunca cotiza a la baja.

Las pelotas.

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