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Por José Antonio Fernández | 🕘 5 minutos de lectura
Lo digo yo, que conduzco. Que hago colas. Que he visto más humanidad en una gasolinera de madrugada que en muchos parlamentos. Lo digo yo, sin pedir permiso: una sociedad que ha perdido la educación y la empatía no puede sostener una democracia. Podrá sostener una feria, una red social o un plató con luces de neón. Pero una democracia, no.
La prueba no está en los tratados de teoría política, sino en la M-30 a las ocho de la mañana. Vayan ustedes a cualquier carretera española. No hace falta leer a Tocqueville; basta con observar un carril que se cierra. La fila ordenada, paciente, civilizada, y el listo que acelera por el carril que termina para colarse el último segundo. El gesto altivo. El intermitente impuesto. El morro como argumento. Y el resto calla. Porque nadie quiere líos. Porque “total, es uno solo”. Porque ya estamos domesticados.
En el tráfico se ve todo. El país concentrado en cuatro ruedas. Nadie respeta la cola. Nadie cede el paso. Nadie piensa en el otro. Todo es yo, yo y después yo. La democracia empieza por respetar el turno y termina por respetar el voto. Si no somos capaces de lo primero, lo segundo es pura escenografía.
He visto conductores que se saltan una incorporación como quien roba una cartera con sonrisa. Y luego esos mismos ciudadanos exigen ética pública, transparencia institucional y limpieza democrática. Maravilloso. El que no respeta un ceda el paso pretende que el ministro respete el BOE. El que se cuela en la fila del supermercado exige regeneración política. Es conmovedor.
Pero la cosa empieza antes. Empieza en el colegio. Empieza cuando el niño que estudia es un “pringao” y el que copia es un fenómeno. Cuando el esfuerzo es ridículo y la trampa es ingenio. Cuando el mérito molesta y la picaresca se aplaude. Ahí se siembra el futuro votante que tolerará el enchufe, el amaño y la mentira. Porque ya aprendió que hacer trampas no solo compensa: otorga prestigio.
Nos llenamos la boca con democracia como quien se llena la boca con chicle. Pero la democracia no es una palabra bonita; es una disciplina moral. Requiere educación, respeto, límites, autocontrol. Requiere aceptar que el otro existe y que tiene derechos aunque me estorbe. Y eso, hoy, es ciencia ficción.
En artículos anteriores he hablado de genios ignorados y bufones premiados, de gobiernos ausentes en funerales y presentes en platós. Todo está conectado. Una sociedad que premia el ruido y desprecia la decencia no puede exigir grandeza a sus dirigentes. El político no cae del cielo: sale de la cola del tráfico. Sale del aula donde copiar era astucia. Sale del ciudadano que mira hacia otro lado cuando el listo se cuela.
La democracia no muere de golpe. Se desgasta. Se trivializa. Se convierte en trámite. Y cuando ya no hay modales, ni empatía, ni respeto por el turno, lo que queda no es libertad: es selva con papeleta.
Yo seguiré poniendo el intermitente. Seguiré respetando la fila. Seguiré pensando que el que se esfuerza no es un pringao sino un ciudadano decente. Y si eso me convierte en un raro, lo asumo.
Porque entre ser raro o ser cómplice de esta grosería colectiva, prefiero lo primero. Y sin ciudadanos decentes, no hay democracia que aguante. Sólo ruido. Y trampas.
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