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🕘 6 minutos de lectura - Por Joaquín Albaicín
Discípulo de Ramón Montoya y Sabicas, mi tío Mario Escudero fue uno de los grandes concertistas de guitarra de la historia del flamenco. Los duendes le inspiraron en su día la burlería Ímpetu -todo un descubrimiento para Paco de Lucía- y durante la mayor parte de su vida residió e hizo fortuna en Estados Unidos, donde recaló muy joven acompañando a la guitarra a Carmen Amaya.
Alto, espigado, brillante el tupé, rizado el pelo corto en la nuca, silbando acaso Dos gardenias para ti o una de los Platters, paseaba una mañana por las calles de su Manhattan para, justo al llegar a la altura del Edificio Dakota, que tan bien ganada fama de mal agüero arrastra, notar arrojarse a sus brazos de repente, sin previo aviso y a busca de ayuda y consuelo, a una mujer con pinta de japonesa y quebrada por el llanto. Advirtió tras el lapso de perplejidad que, en ese mismo momento y a pocos pasos de ellos, se desangraba el cuerpo exánime de un hombre. Sólo un poco más tarde sabría Mario que ese abrazo había sido histórico, pues la mujer era no otra que Yoko Ono, hija del director del Banco del Japón y tozuda aspirante a musa del arte conceptual. Y el hombre, nada menos que John Lennon, el del medio de Los Beatles, a quien Mark Chapman acababa de disparar a bocajarro con un treinta y ocho.
Así lo contaba Mario. Y es una de mis anécdotas favoritas del flamenco, cuyos anales tantas historias inverosímiles atesoran.
Eso es ante todo la vida: un juego de espejos, un permanente cruce de caminos. Y, para los espíritus especiales, esos con una sensibilidad no imitada a lo sensorial y dotados con un sentido de más, un sorpresivo vergel de encuentros con lo insólito. Y es que, como apuntara Elémire Zolla: “La biografía ideal es una reevocación de las auras que sucesivamente se han ido encontrando, las cuales con el paso del tiempo forman entre ellas extrañas constelaciones, como si un hilo invisible las enlazara”. Que es como decir: “Quien esté familiarizado con su propia intimidad, descubre las auras en el mundo externo”.
Hace falta, en efecto, manejar un sexto sentido para tocar la guitarra con el peso que exhibía Mario. Por eso en un segundo coincidió todo. El estampido, la bulería, las lágrimas, las dos gardenias, las pestañas frondosas de Yoko, la sangre y, al fondo, Nueva York. Sin atrezzo, sin preparación, sin road managers. A pelo. En la época en que no había móviles para convertir en viral el momento. ¡Pim! ¡Pam! ¡Pum! Adiós, John. ¡No puede ser! Hola, Mario. Tranquila, Yoko. Pues sí, así ha sido…
Todo con un punto espectral, como de suceso acaecido en el umbral de una puerta abierta a otra dimensión espacio-temporal. Los fantasmas no siguen horarios ni tienen país, pero andan pendientes de los movimientos a este lado del espejo de las citadas individualidades egregias y gustan mucho de las estaciones ferroviarias. Así, en 1973 había llegado Mario a Moscú en compañía de su hijo adolescente e intérprete, Mario Manuel. Para entonces se había nacionalizado estadounidense a fin de que no le sucediera lo que en 1969 y, ahora sí, poder aceptar el contrato de esta tournée por la URSS, país con el que España no mantenía en aquel momento relaciones diplomáticas. En el curso de un viaje en tren de Moscú a Leningrado, su guía de Gosconcert -la agencia artística soviética, entidad hermana de Intourist, la compañía de viajes estatal- y por supuesto que agente del KGB empezó a temblar como un flan cuando detectó a Mario charlando con un gitano ruso, violinista y también viajero en el vagón, empleando palabras de un idioma -el romaní- desconocido por ella, pues no podría después dar parte de la conversación a sus superiores, y a ver quien le sacaba las castañas de ese fuego.
Al despedirse, el gitano de Rusia dio al de España una foto suya de carnet diciéndole: “Quédatela, primo. Yo no puedo salir de aquí, pero mi foto sí. Así no me podrán quitar del todo mi libertad como gitano”… Mi primo Mario Manuel ha recuperado hace poco aquella foto -la publicamos en el próximo número de Cultural Flamenca Extremeña- en una reciente visita a Nueva York, donde aún vive su madre cerca del Carnegie Hall, escenario de los triunfos de su progenitor.
Aquella primera gira de un guitarrista flamenco de concierto por la Unión Soviética acabó, como era de esperar, con el artista interrogado a fondo a su vuelta a Nueva York por los servicios de inteligencia norteamericanos, cosa que no sucedió siete años después en relación con el asesinato de Lennon, cuando, por mor de aquel viaje suyo a la URSS, más de uno podría haberse sentido tentado de señalar en él a un nuevo Lee Harvey Oswald. Pero fue para nada, claro, porque, ¿qué se podía averiguar acerca de un fantasma? Pero es que lo quieren saber todo.
Nunca he soportado a los cotillas. Menos aún a los de oficio. Ω
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