ENERO DE 2026  /  CRÓNICAS DE UNA RUBIA

EL DÍA DESPUÉS DEL FIN DEL MUNDO

13-01-2026 11:58 a.m.

Por May Paredes

Cuando suena la última campanada y la gente se abraza, se besa y brinda, nunca he tenido del todo claro si estamos asistiendo a un adiós o a una bienvenida. Tal vez a ambas cosas, o a ninguna. Las calles, mientras tanto, se llenan de ebrias mareas humanas portadoras de confeti, calimocho y champán del súper, mezcladas con quienes se dirigen a algún cotillón más o menos apañado, incluso fiestón en algún palacete en el centro capitalino —aunque, siendo sinceros, de idéntico resultado—. A las pocas horas, la madrugada se convierte en un paisaje apocalíptico, sonorizado por los desafortunados vestigios pirotécnicos que sobreviven a la noche anterior como ecos de una fiesta que nadie recuerda del todo.

No sabría explicar por qué, pero todo ese ritual me produce un desasosiego difícil de disimular. Un escalofrío leve, constante, que me obliga a pensar… y  pienso que ya lo pensaré para mañana. Así he vivido todos los años de mi vida y, a estas alturas, sigo sin descifrar el famoso espíritu navideño. No voy a entrar ahora en el análisis de las cenas, las comidas, las sobremesas eternas o las reuniones familiares, porque eso daría para otro artículo, o para una terapia más larga. Como tampoco voy a entrar en el popularísimo tema de "El cuñao" esa figura que ahora se torna entre jocosa y casi profesional, de ahí su ejercicio.  

Una vez pasado el ruido gordo, cuando solo queda esperar a los magos de Oriente y a las rebajas, parece que todos respiramos un poco mejor. Hay una sensación colectiva de ligereza, como si hubiéramos cumplido con algo importante, como si hubiésemos tachado una lista invisible de obligaciones emocionales. Hemos estado, hemos brindado, hemos felicitado. Deberes hechos con nota.

Conviene aclararlo: no soy anti Navidad. 

No siento cómo el Grinch, ni un personaje resentido de Dickens. No. Escribo, simplemente, como ejercicio terapéutico post fiestas, quizá con la ingenua esperanza de que algún día consiga vivir estas fechas de una forma más sosegada, menos impostada, e integrar en mí algo que siempre me ha resultado difícil precisamente por lo forzado.

Sin recurrir a tópicos ,empresa casi utópica, me propongo cada año encontrarle un sentido a esta tradición que, como tantas otras, se practica fácil  pero se explica peor cuando alguien se atreve a preguntar por qué. Nadie parece tener una respuesta clara, pero todos seguimos adelante con admirable disciplina.

Antes de brindar convencidos de que el mundo, a las doce y un minuto, será un lugar mejor, existe además una costumbre un tanto morbosa: el repaso obligatorio de lo acontecido en los últimos doce meses. El recuerdo solemne a los que se fueron, el tirón de orejas a algunos de los que se quedaron, los logros deportivos que llevaron el nombre del país más allá de nuestras fronteras, el mejor disco del año, la mejor película, el personaje que más brilló. Siempre hay tiempo también para señalar al villano oficial, premiar la mejor guerra ,aunque nadie la llame así,  y preguntarse, una vez más, en qué momento el humorista de referencia perdió el camino del humor para abrazar la mala sombra y los temas de dudoso gusto. La política y los políticos no nos hacen gracia.

Ni que decir que son contenidos claramente optativos, pero que nos entran cada año por el televisor con la insistencia de quien cumple condena. Es cierto que con el tiempo aprendemos a tener un plan B: una película guardada a conciencia, una serie ya vista, cualquier cosa que ayude a normalizar el absurdo y a recordarnos que, en realidad, la última noche del año es solo otra noche más en nuestras vidas. Y por supuesto vivir más que ningún otro día como si la televisión no se hubiera inventado.

Quizá el problema no sea la Navidad en sí, sino la necesidad de dotarla de un significado grandilocuente, de cargarla de expectativas imposibles y de promesas que no pensamos cumplir más allá del mes de enero. Tal vez bastaría con menos épica y más honestidad, con aceptar que no todos vivimos estas fechas del mismo modo y que eso también está bien.

Yo, por mi parte, brindo por lo cotidiano, por nuestra estupidez compartida y por la capacidad infinita que tenemos de perdonarnos por repetir conductas absurdas en nombre de la tradición. Me despido de la Navidad con alivio y, sí, brindo también por quienes aún tienen tiempo  para leer artículos escritos desde un lugar tan poco espectacular como este: el de la honestidad. Os puede gustar o no. Pero prefiero pensar que sí.  Ω

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