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Por May Paredes | 🕘 7 minutos de lectura
No sé qué le ocurre a la gente, hay un ambiente agrio y hostil en estos tiempos en los que todo el mundo habla. Hablan en las redes, en comentarios, en historias efímeras que duran menos que la indignación que las provoca. Opina, sentencia, se burla, alaba y demoniza con la misma facilidad con la que antes pedía otra ronda.
Las redes sociales están llenas de interacciones que son de todo menos sociales. Política convertida en trinchera, insultos camuflados de libertad, odio disfrazado de opinión. Puntos de vista transformados en puntos de mira, guerras civiles enfrentándose en bandos, los que critican, los que reivindican, se posicionan y exigen que todos tienen que tomar una postura pública o reclaman que el arte también milite y enarbole banderas y consignas, azul, rojo, verde. Populismos que solo buscan notoriedad, incluso publicidad, se loa al comprometido que grita a voces que lo es, no basta con serlo, tienes que decirlo en ese ridículo hemiciclo virtual que funciona desde la comodidad de tu portátil o tu teléfono, y no, eso dista mucho de ser un compromiso social o una trinchera.
El tiempo libre ya no descansa: milita. Se invierte en dejar claro qué pensamos, de qué lado estamos, qué nos indigna hoy. Como si no posicionarse fuera sospechoso. Como si el silencio nos colocara automáticamente en el bando incorrecto.
Yo hace mucho que estoy clarísimamente posicionada y por mis actos me conocéis, pero jamás he hecho discurso político alguno, mi vida es mi apología, sin ignorar ninguna batalla y enfrentando todas, sin cánticos ni panfletos, soy un libro abierto y a buen conocedor, etc....
Pero ¿por qué creen esas personas que su opinión o posicionamiento le interesa a alguien? ¿Quién nos ha convencido de que nuestro criterio necesita ser compartido de forma permanente? Buscar validación se ha convertido en una pandemia silenciosa. Damos nuestra opinión sin que nadie la haya pedido, y lo hacemos con la urgencia de quien teme quedarse fuera.
La palabra “criterio” está siendo maltratada. En nombre de la individualidad repetimos consignas. En nombre del pensamiento propio buscamos la aprobación del grupo correcto. No queremos reflexionar; queremos pertenecer. Confundimos progreso con ruido.
Nos hemos convencido de que cambiar el mundo consiste en comentarlo. De que transformar la sociedad es publicar sobre ella. Y, sin embargo, la historia nunca ha avanzado a golpe de comentario. Nuestros actos nos representarán más y mejor que nuestras palabras. Nos retratarán sin filtros. Y también nos retrasarán si no están a la altura de lo que proclamamos.
Las palabras entusiasman un rato. Los actos se sostienen en el tiempo. Hoy abundan las críticas, las absoluciones, las condenas exprés. Personas investidas de una autoridad moral que nadie les ha otorgado, pero que ejercen con convicción. Tal vez detrás de tanta sentencia sólo haya una necesidad no atendida de acudir a un especialista en salud mental. Pero eso no se publica, ni se plantea. Son tiempos de TP. Todos los detectan en el vecino. Nadie sospecha que también puede padecerlos. Señalamos mientras evitamos el espejo.
Yo quiero hacer un ruego al viento. Un grito sereno de hartura de quienes hemos hecho nuestra revolución desde los hechos. Desde la forma de vivir. Sin pancartas permanentes ni consignas repetidas. Pese a quien pese, hemos cambiado la sociedad. Sí, la hemos hecho mejor en muchos aspectos. Desde la coherencia diaria, no desde el altavoz. Por eso duele más lo que acontece.
Ruego que no traslademos este juego enfermizo a nuestras sobremesas, a las cañas, a los encuentros que aún conservan algo auténtico. No emponzoñemos la riqueza social que subsiste fuera de la pantalla. No convirtamos cada conversación en un plató improvisado ni cada diferencia en un espectáculo.
“Everybody’s Talking”, cantaba Harry Nilsson. Y sí, todo el mundo habla. Quizá aún estamos a tiempo de dejar encerrada a esa vieja del visillo reconvertida en contertulia sin sueldo de una red social agónica. De bajar el volumen. De escuchar más. De vivir sin retransmitirlo todo. Tal vez la verdadera revolución pendiente consista en hablar menos y hacer más. Y en permitir que nuestros actos, no el ruido, sean los que nos definan.
Estaría bien convivir con respeto, aceptar nuestras diferencias, y dar valor a esos momentos perdidos tecleando exabruptos y compartirlos con buenos amigos, gente interesante al calor de una buena conversación donde la política no tenga lugar y sí lo que nos une, el lado humano y artístico del mundo, que lo tiene y muy grande.
Y no nos engañemos, los Therians han existido siempre y las grandes revoluciones se hicieron desde el silencio. Ω
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