Y al pobre Ludwig Van se le desencajó la mandíbula

14-02-2026 medianoche

Beethoven asombrado

Por Enrique Moreno | 🕘 6 minutos de lectura


El problema de nuestra época no es la falta de música, sino la degeneración del oído. Y cuando una sociedad pierde el oído, pierde también la proporción, el pudor y el sentido de la armonía. La música nació —dicen algunas teorías, y yo me quedo con la más poética— de la imitación humilde de la naturaleza: el hombre primitivo soplando en un junco cortado para recordar el viento en el valle que dejó atrás, intentando reproducir con torpeza y emoción ese murmullo de hojas, ese rumor de agua, ese silbido de montaña. La música era memoria, era nostalgia, era defensa contra la noche.

Había sonidos para seducir y sonidos para espantar. Los estridentes, quizá, servían para ahuyentar a la bestia que acechaba entre la maleza. Pero ni siquiera el alarido tribal carecía de intención: tenía propósito, tenía contexto, tenía necesidad. La música, incluso en su forma más primitiva, estaba al servicio de algo más alto que el ruido.

Si aceptamos que la salud de una sociedad se mide por los sonidos que produce, conviene empezar a auscultarnos el pecho cultural, porque el diagnóstico no es alentador. Hemos pasado del junco soplado con melancolía a la amplificación industrial del estrépito. Del susurro del valle a la pirotecnia del estadio. Del oído educado al tímpano castigado.

Imaginen por un momento —y aquí el lector debe hacer un pequeño ejercicio de necromancia ilustrada— que levantamos de su tumba a Wolfgang Amadeus Mozart y a Ludwig van Beethoven, los vestimos con discreción y los sentamos en un palco preferente para presenciar el espectáculo de Bad Bunny en la Super Bowl. ¿Qué verían? ¿Qué oirían? ¿Qué pensarían de esa coreografía de luces epilépticas, de esa percusión mecánica, de esa lírica minimalista reducida a sílabas repetidas con entusiasmo digital?

No se trata de nostalgia aristocrática ni de elitismo musical —válganos todo el Olimpo clásico—, sino de proporción estética. La música, que fue arquitectura sonora, matemática emocional, conversación entre instrumentos, se ha convertido en un bombardeo rítmico permanente, una guerra de decibelios donde lo importante no es la melodía, sino el impacto inmediato, la coreografía viral, el estribillo que se incrusta en el cerebro como un anuncio de detergente.

Y aquí aparece el mismo fenómeno que hemos visto en otros ámbitos —en el humor, en el cine, en el lenguaje—: la sustitución de lo universal por lo instantáneo, de la intención por el efecto, de la belleza por la provocación. Antes se componía para conmover. Ahora se produce para dominar el algoritmo. Antes el artista aspiraba a la trascendencia; ahora aspira al trending topic.

No niego que cada época tenga su banda sonora. Tampoco ignoro que la música popular ha dado genios en todos los tiempos. Lo que denuncio es la renuncia deliberada a la exigencia, la celebración del ruido como virtud y la elevación de lo efímero a categoría moral. Cuando el estruendo se confunde con la expresión y el marketing con el talento, algo empieza a oler a decadencia.

Mozart componía para príncipes, sí, pero también para el oído humano. Beethoven escribió sinfonías aun cuando el mundo se le quedó en silencio. Hoy, en cambio, parece que la música necesita pantallas gigantes, patrocinadores multinacionales y coreografías sincronizadas para sostenerse. Sin espectáculo, no hay canción. Sin escándalo, no hay éxito.

Tal vez exagero. Tal vez dentro de doscientos años algún musicólogo serio escriba una tesis doctoral sobre la estructura poética del reguetón y encuentre en ella armonías secretas que ahora no percibimos. Pero mientras tanto, convendría preguntarnos si estamos educando el oído o anestesiándolo. Si estamos cultivando sensibilidad o celebrando el ruido.

Porque una civilización que ya no distingue entre música y estrépito, entre armonía y sacudida, entre creación y producto, corre el riesgo de convertirse en eso mismo: un gran estadio iluminado, ruidoso y vacío.

Y cuando el silencio vuelva —porque siempre vuelve— quizá descubramos que lo que perdimos no fue una melodía, sino el alma.

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