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REDACCIÓN - La caída de Nicolás Maduro, tras una operación liderada por Estados Unidos, abrió un escenario que muchos en Washington creían previsible: el respaldo inmediato a la oposición democrática venezolana y, en particular, a María Corina Machado, la dirigente con mayor legitimidad internacional y un mandato popular ampliamente reconocido fuera del país. Sin embargo, la realidad tomó otro rumbo.
Lejos de apostar por el simbolismo democrático, la administración de Donald Trump optó por una estrategia pragmática centrada en la estabilidad inmediata, incluso a costa de marginar a la figura más visible de la oposición. El resultado fue un giro inesperado: el ascenso de Delcy Rodríguez, hasta entonces vicepresidenta del régimen chavista, como presidenta interina de Venezuela.

Una transición diseñada para evitar el vacío de poder
Según funcionarios estadounidenses y analistas consultados, el cambio de enfoque responde a un cálculo frío: evitar un colapso institucional y un vacío de poder en un país con fuerzas armadas altamente politizadas y estructuras de seguridad aún dominadas por el chavismo.
Tras la captura de Maduro, el Tribunal Supremo venezolano —controlado por el oficialismo— dictaminó que Rodríguez debía asumir la presidencia interina. La Constitución permite que el vicepresidente ejerza el cargo de forma temporal, siempre que no se declare una incapacidad permanente del presidente. Las autoridades han descrito la destitución de Maduro como “temporal”, lo que ha permitido aplazar el debate sobre elecciones y consolidar a Rodríguez en el poder mientras se negocia el calendario político.
La evaluación clave de la CIA
El movimiento no fue improvisado. Una evaluación clasificada de la CIA, solicitada por altos responsables políticos y presentada directamente al presidente Trump, analizó quién estaba mejor posicionado para liderar un gobierno provisional en Caracas y garantizar la estabilidad a corto plazo.
Según fuentes familiarizadas con el informe, la agencia concluyó que Delcy Rodríguez contaba con más opciones reales de control inmediato, especialmente sobre los servicios de seguridad, mientras que María Corina Machado y Edmundo González tendrían enormes dificultades para obtener respaldo militar.
Una de las razones clave: Machado no se encontraba en Venezuela en el momento de la caída de Maduro, pese a haber prometido su regreso. Para los estrategas estadounidenses, ese factor debilitaba su capacidad de mando en un contexto extremadamente volátil.

Trump, entre la presión y la amenaza
Donald Trump ha sido explícito al justificar su escepticismo hacia Machado. “Creo que sería muy difícil para ella ser líder”, afirmó tras la destitución de Maduro. “No cuenta con el apoyo ni el respeto del país”.
En contraste, el presidente estadounidense describió su conversación con Delcy Rodríguez en términos casi personales. “Creo que fue bastante amable”, dijo, asegurando que la dirigente venezolana le ofreció cooperación total: “Haremos lo que necesites”. Pero el tono conciliador vino acompañado de una advertencia contundente: si Rodríguez desafía a Washington, “pagará un precio muy alto, probablemente mayor que el de Maduro”.
El coste político de marginar a la oposición
La decisión ha generado incomodidad entre aliados occidentales y defensores de la democracia venezolana. Machado, galardonada recientemente con el Premio Nobel de la Paz, sigue siendo la figura más reconocida internacionalmente, pero su influencia real dentro del país es limitada.
“Machado tiene un problema estructural desde el principio”, explica Pedro Garmendia, analista de riesgo geopolítico con sede en Washington. “No controla tropas ni ejerce poder efectivo en Venezuela”.
No obstante, Garmendia advierte que Rodríguez tampoco es una solución sólida: “Es tan ilegítima como lo fue Maduro, o incluso menos popular. Su autoridad se basa en acuerdos entre élites, no en respaldo social”.
El fantasma de las intervenciones pasadas
El cauteloso enfoque de Washington también está marcado por el historial de intervenciones estadounidenses en América Latina. Analistas coinciden en que imponer de forma inmediata a un líder opositor tras una operación militar habría reavivado viejas heridas y sospechas sobre la injerencia externa.
“Instalar a Machado como presidenta habría sido visto como una imposición directa de Estados Unidos”, señala Eric O’Neill, exagente de contrainteligencia del FBI. “Eso sí habría provocado disturbios civiles”.
Un país al borde de la inestabilidad
Mientras se define el futuro político, la situación sobre el terreno sigue siendo frágil. En barrios de varias ciudades se han denunciado bandas armadas patrullando las calles, y al menos 14 periodistas han sido detenidos desde la captura de Maduro, según el sindicato de periodistas venezolanos.
“La inestabilidad será inevitable en las próximas semanas”, concluye Garmendia. La apuesta de Washington por Delcy Rodríguez puede garantizar un control temporal, pero deja abiertas incógnitas profundas sobre la legitimidad democrática y el verdadero rumbo de la transición venezolana.
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