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Por José Antonio Fernández | 🕘 5 minutos de lectura
Voy a plantear una pregunta sencilla. Tan sencilla que resulta casi obscena de lo evidente: ¿cómo sobreviviría una mujer homosexual, atea y afiliada al Partido Socialista en el régimen teocrático de Irán?
No es un ejercicio filosófico. Es una prueba de realidad. Y la realidad, cuando se la mira sin anestesia ideológica, suele provocar urticaria en ciertos sectores del progresismo occidental.
Yo lo tengo claro: no sobreviviría. No sobreviviría políticamente, no sobreviviría socialmente y, en muchos casos, probablemente no sobreviviría físicamente. Así de simple. Así de brutal. Así de incómodo para quienes viven instalados en la ficción moral del “todo es relativo”.
Porque Irán no es un seminario de debate universitario ni un congreso de juventudes socialistas con cerveza tibia y pancartas arcoíris. Irán es una teocracia islamista donde la ley religiosa se aplica con una contundencia que haría temblar hasta al más entusiasta activista de Twitter.
Ser mujer ya es un problema. Ser homosexual, un delito. Ser atea, una blasfemia. Y ser militante de un partido socialista occidental… bueno, eso en el mejor de los casos sería interpretado como una curiosidad exótica antes de que alguien decidiera que la reeducación o la cárcel son métodos pedagógicos aceptables.
Pero lo fascinante —y aquí empieza la ironía amarga— es que muchos de los mismos sectores políticos que se presentan como adalides del feminismo, del laicismo y de los derechos LGTBI muestran una delicadeza casi diplomática cuando se trata de criticar regímenes como el iraní.
Contra Occidente, puño en alto.
Contra la Iglesia, altavoz permanente.
Contra cualquier tradición europea, manifiesto urgente.
Pero cuando se trata de señalar que en Irán cuelgan homosexuales de grúas, que las mujeres necesitan permiso masculino para media vida y que la apostasía puede pagarse con la muerte… entonces aparece el silencio multicultural, esa elegante cobardía que se disfraza de respeto cultural.
He escrito antes sobre la persecución de cristianos, sobre la hipocresía política y sobre la doble moral de Occidente. Todo está conectado. Siempre lo está. Porque el problema no es sólo la barbarie de ciertos regímenes; el problema es la cobardía intelectual de quienes en Occidente prefieren no nombrarla.
Y lo hacen por miedo. Miedo a ser tachados de intolerantes. Miedo a perder la aprobación de su tribu ideológica. Miedo a descubrir que el mundo no encaja en sus consignas universitarias.
La paradoja es deliciosa: una militante socialista europea podría manifestarse libremente en Madrid, París o Berlín contra el capitalismo, contra la Iglesia o contra la policía. En Teherán, en cambio, no tendría tiempo ni de terminar la pancarta.
Pero aquí seguimos, dando lecciones morales al mundo mientras evitamos mirar donde la libertad realmente está siendo aplastada.
Yo no tengo ese problema. A estas alturas de la vida he aprendido que la verdad suele ser incómoda y que las consignas suelen ser idiotas. Y la verdad en este caso es simple: los derechos humanos no sobreviven en una teocracia.
Ni el feminismo.
Ni el ateísmo.
Ni la homosexualidad.
Ni el socialismo occidental de pancarta.
Y quien no quiera verlo tiene dos opciones: abrir los ojos… o seguir viviendo feliz dentro de su propaganda.
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