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Por Alberto Gómez Font
Hay personas que se empeñan en aprovechar los calores estivales para descuidar su atuendo y dejarse llevar por la vulgaridad y la inelegancia, como si abandonarse estéticamente fuese un remedio eficaz contra las altas temperaturas.
Así ocurre que podemos toparnos por las calles con mujeres ataviadas como si estuvieran junto a la playa, es decir, más desnudas que vestidas, sin tener en cuenta la incomodidad que puede ocasionarnos al resto de los viandantes ese abandono del recato. Y si les miramos a los pies nuestro horror llegará al cénit al verlas caminar con chanclas de goma de colores chillones.
Además, muchos de los vestidos supuestamente veraniegos son de telas delgadas y traslúcidas que permiten que se adivinen las prendas interiores y asistamos a un desfile de lencería muy lejano a las buenas maneras exigibles para andar la por la ciudad.
Y si ver así a las jóvenes y a las no tan jóvenes puede resultarnos disgustante, ¿qué decir de los muchachos y de muchos —demasiados— hombre en edad adulta e incluso provecta que se empeñan en mostrarnos muchos más centímetros cuadrados de piel de los que nuestra sensibilidad puede soportar?
Empecemos de abajo arriba, por los pies, y comprobaremos que a muchos también les da por las chanclas, mientras que otros optan por las sandalias, y los más mayores prefieren los zapatos de rejilla con calcetines blancos...
Después lo más probable es que se empeñan en mostrarnos las pantorrillas —y a veces también las rodillas—, pues insisten en que sí pasan menos calor, y se quedan tan anchos, cuando lo cierto es que eso no es así. Tenemos ante nosotros una colección impresentable de pantalones piratas, de bermudas y de pantalones cortos —que a veces son trajes de baño—, y no estamos junto al mar, sino en el centro de la ciudad o viajando en el metro.
El remate final, llegados ya al torso, son las camisas de manga corta, las camisetas coloridas, e incluso las de tirantes, es decir: otro montón de piel al descubierto que lastima inmisericorde nuestros ojos.
Vamos a ver, señoras y señores: ¿tanto cuesta tener un poco de decencia y de buen gusto? ¿Se nos han olvidado ya las fotos de los álbumes familiares en las que están nuestras abuelas y nuestros abuelos bien vestidos tanto en invierno como en verano? Ω
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