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Viernes Santo, viernes 10 de abril

10-04-2020 10:10 p.m.

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Por Ricardo Rubio
Hay días que cruzo la calle varias veces. En ambos sentidos. Sin prisa, sin mirar, solo al ritmo que me marcan estos semáforos locos que no se han enterado todavía de que estamos en cuarentena. Ellos con su ruido habitual y acompasado divierten a las palomas de la plaza de Neptuno. Un atlético rudo este que vigila como nadie que Madrid este engalanado para cuando podamos volver a él.

Recorro un paseo de la Castellana cautivo, vacío y sin colores. Solo entretengo la vista con fotogramas vacíos e intento recolocar en los carriles de la carretera algún peatón, algún repartidor con la compañía de sus luces y sus sombras.

Cae agua limpia. En el cielo de Madrid se puede escribir tu nombre. Una ambulancia y un coche de policía más atrás. En el semáforo ya parados, ventanillas bajadas para ventilar los coches como recomienda la OMS: buen servicio agentes. 

Delante de mi un rider arranca con mucha dificultad su bici. Atocha al fondo. Gris, oscura, vigilante. Las luces de los semáforos y su mochila amarilla. Disparo desde el coche. Las gotas resbalan por los cristales. El manillar de su bici le resbala. La vida le empuja por cuatro euros de comida. Pero hoy más que nunca necesita la paga.

Subo por la carrera de San Jerónimo. Alguien con un paraguas en la mano me saluda. Ya no se me ocurre pensar en el por qué de ese buenos días. En Madrid ahora todos nos saludamos. Somos un pueblo de unos miles de habitantes. Lo que fuera la capital de España es ahora una ciudad de iguales.

Son las tres y cuarto y llueve. Desde el coche veo el Hotel Palace empañado a través de los cristales. Imagino como será la vida ahí dentro ahora. En sus pasillos de moqueta y sus salones con olor a hilo fino y madera. A mármol y seda de piel dorada.

Es el día grande de la Semana Santa y las calles no huelen a incienso pero el silencio sigue encogiendo el alma. Las oraciones se escapan por los balcones y el olor a comida es una penitencia necesaria a estas horas. La cera, los nazarenos, la luz de la velas, todo son fotografías. Más que nunca, imágenes detenidas, confiscadas este año por el virus. El padre Benjamín se asoma a la calle pero todo esta de luto. Que descansen en paz. Silencio

La calle se rompe delante de mis ojos cansados. He encontrado el hueco desde donde asomarme a ese balcón lleno de sueños no cumplidos. 

No es difícil quedarse dormido delante de tanta belleza. Salgo del coche y cruzo la plaza hasta la fuente seca de un Neptuno descansando.

Y desde allí te contemplo sin más. Madrid detenido.

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