¡Gracias señor presidente!

07-03-2026 medianoche

Palacio de la Moncloa

Por Enrique Moreno | 🕘 5 minutos de lectura


El problema de España no es solo la inflación, ni la guerra en Oriente Medio, ni siquiera la inestabilidad energética que se cierne sobre el planeta como una tormenta que nadie sabe dónde acabará descargando. El problema de España es quién está al timón cuando el mar empieza a embravecerse. Y el timonel que habita en la Moncloa parece tener el mismo interés por el bolsillo de los españoles que yo por la reproducción del gusano de seda.

El mundo está entrando en una de esas crisis que los historiadores, cuando pasan los años, describen con palabras solemnes y bibliotecas enteras. Estados Unidos bombardea objetivos en Irán, Irán responde como puede y como sabe, el estrecho de Ormuz —arteria energética del planeta— se cierra, y el precio del petróleo, que ya venía inflamado como una fiebre mal tratada, se dispara otra vez hacia el cielo. Y cuando el petróleo estornuda, el mundo entero se resfría: gasolina más cara, transporte más caro, alimentos más caros, energía más cara. Es decir, la vida cotidiana del ciudadano medio convertida en una cuesta cada vez más empinada.

Pero mientras el mundo entra en combustión geopolítica, nuestro presidente decide jugar a la política de salón internacional. Pedro Sánchez se enfrenta dialécticamente a Estados Unidos, discute con Alemania, se distancia de aliados de la OTAN y adopta ese tono de gallito diplomático que queda muy bien en ciertos foros ideológicos, pero que en la práctica deja a España en una posición incómoda, cuando no directamente irrelevante.

Y aquí siempre aparece el comentarista ingenioso que dice: “No es la OTAN quien ataca, es Estados Unidos”. Muy bien. Magnífico ejercicio teórico. Pero conviene recordar una verdad elemental de la política internacional: la OTAN sin Estados Unidos es como una banda de música sin tambor mayor. A estas alturas del partido, fingir que la arquitectura de seguridad occidental funciona al margen de Washington es una ingenuidad que roza la parodia.

La pregunta es inevitable: ¿a quién intenta contentar Sánchez con este gesto de distanciamiento? Porque los gestos en política exterior rara vez son inocentes. Algunos observadores señalan a los socios parlamentarios que sostienen al Gobierno, entre ellos Euskal Herria Bildu, formación que nunca ha destacado precisamente por su entusiasmo atlántico. Otros miran hacia el ecosistema ideológico de la izquierda radical, donde el antiamericanismo funciona como dogma identitario. Sea cual sea el cálculo, el resultado es el mismo: España aparece desalineada en el momento menos oportuno.

Y mientras tanto, el ciudadano de a pie —ese sujeto invisible en los discursos épicos— observa cómo se le encarece la gasolina, la compra del supermercado, la factura de la luz y el transporte. Porque la geopolítica, aunque algunos la traten como debate universitario, acaba siempre aterrizando en el mismo sitio: en el ticket de la gasolinera y en el recibo del banco.

Quizá todo esto sea una jugada táctica. Quizá el presidente crea que un gesto de independencia retórica le dará prestigio internacional o unos cuantos aplausos domésticos entre los analistas de café y tertulia. Puede ser. Pero la política exterior no es un escenario para exhibiciones de carácter; es un tablero de intereses donde cada movimiento tiene consecuencias.

Y cuando el mundo se acerca peligrosamente al punto de ebullición energética y militar, lo último que necesita un país es un liderazgo más preocupado por el aplauso ideológico que por la estabilidad estratégica.

Porque la realidad, esa vieja señora impertinente, siempre termina pasando factura. Y cuando lo haga —cuando el combustible siga subiendo, cuando los precios aprieten todavía más, cuando el ciudadano vuelva a mirar su cartera con resignación— no servirá de mucho recordar que todo empezó con una crisis internacional.

Recordaremos también que, mientras el mundo ardía, nuestro Gobierno decidió discutir con el bombero.

Y entonces sí que empezaremos a entender el precio de ciertas bravatas.

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8 de marzo de 2026 a las 10:12

Sánchez

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