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Por Guillermo Molina | 🕘 5 minutos de lectura
A mí me gusta ir a la ópera como quien va a misa mayor: con cierto respeto, con un punto de ceremonia y con la sensación, quizá un poco antigua, lo reconozco, de que uno participa en algo que viene de lejos. No hablo de esmoquin obligatorio ni de vestido largo hasta el suelo, que tampoco estamos en el palco del zar, pero sí de ese pequeño ritual que convierte una noche cultural en algo más que salir a matar el sábado.
El sábado pasado asistí a La bohème, de Giacomo Puccini, en el Teatro MIRA, y confieso que salí con una sensación de vacío. La música, estupenda. La interpretación, digna. El teatro, lleno. Todo bien… hasta que uno levantaba la vista del programa y miraba alrededor.
Porque aquello, más que una noche de ópera, parecía la cola para entrar a un concierto de The Rolling Stones o de Bruce Springsteen.
Vaqueros deshilachados, camisetas anchas, zapatillas deportivas que parecían recién salidas del gimnasio, chaquetas improvisadas y, esto ya fue la traca final, un señor sentado dos filas más allá vestido con ropa de ciclista. De corto. Listo para subir el puerto de Navacerrada en cuanto terminara el segundo acto.
—Esto es la ópera, ¿no?, le preguntó una señora a su acompañante mirando alrededor con cierta incredulidad.
Sí, señora. Esto era la ópera. O lo que queda de ella cuando la comodidad se convierte en norma universal.
Entiéndame usted. No soy partidario de la rigidez absurda ni de los códigos sociales convertidos en inquisición. Los tiempos cambian, y la cultura también. Pero hay tradiciones que no están ahí por capricho, sino porque forman parte de la experiencia. Ir a la ópera, durante siglos, ha sido también una manera de vestirse para la ocasión, de marcar que aquello no es cualquier cosa, de disfrutar el previo y que la emoción te contagie antes de sentarte en la butaca correspondiente.
En lugares como La Scala, por ejemplo, todavía se exige cierto decoro: nada de chanclas, nada de pantalones cortos, nada de venir como quien baja a comprar el pan. No porque sean snobs, sino porque entienden que el espectáculo empieza ya en el ambiente.
Aquí, en Pozuelo de Alarcón, que aspira, con razón, a algo más que ser un buen lugar para dormir cerca de Madrid, quizá deberíamos reflexionar sobre estos pequeños detalles. Porque el dinero puede hacer una ciudad próspera, pero la distinción la construyen las costumbres.
Y no hace falta exagerar: un pantalón decente, una camisa, una chaqueta ligera, un vestido sencillo. Nada heroico. Nada incómodo. Solo ese gesto de decir: “Esta noche es especial”.
Lo contrario nos lleva a escenas un tanto surrealistas: Puccini sonando en el escenario mientras en la platea uno ve atuendos que servirían igual para sacar al perro, ir al supermercado o pedalear por la Casa de Campo.
Yo lo tengo claro: adaptarse a los tiempos está muy bien, pero no todo tiene que diluirse como azúcar en café. Hay rituales que merecen conservarse. Si no, la ópera acaba pareciéndose demasiado al cine de un centro comercial.
Y entonces ya da igual Puccini que palomitas. Porque cuando desaparece la ceremonia y las tradiciones, el espectáculo pierde algo que no se compra con dinero: el respeto por lo que está ocurriendo sobre el escenario.
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