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Por Jorge Gómez | 🕘 6 minutos de lectura
El fútbol español tiene algo de teatro antiguo: hay tragedias, hay comedias y, sobre todo, hay silencios muy bien ensayados. Lo que ocurrió el martes en Barcelona con el Atlético de Madrid frente al FC Barcelona pertenece a esa categoría de episodios que, si hubieran sucedido en el otro lado del tablero, habrían provocado una semana de tertulias inflamadas, editoriales moralizantes y vídeos en bucle con música de suspense. Pero como el guion beneficiaba a los de siempre, el telón cayó pronto y el patio de butacas decidió aplaudir discretamente y marcharse a casa.
Hubo un penalti de esos que en otros contextos se analizan con lupa microscópica y que, cuando afectan a Vinícius Júnior, suelen acompañarse de la frase más perezosa del periodismo deportivo: “se estaba cayendo antes de que lo tocaran”. También hubo un gol en posible fuera de juego que la realización televisiva —esa maquinaria tan diligente cuando conviene— decidió no mostrar desde la perspectiva adecuada. Nada de repeticiones pedagógicas, nada de “juzguen ustedes”. Solo un plano cómodo, ambiguo, casi pudoroso. Y una roja perdonada, que en cualquier otro estadio habría sido presentada como prueba irrefutable de la decadencia arbitral.
Pero en el fondo nadie pareció demasiado interesado en remover el asunto. Los unos se marcharon contentos porque el resultado les permitió maquillar el ridículo reciente: perder 4-0 hace dos semanas y luego resistir con el orgullo del superviviente siempre ayuda a recomponer la autoestima. Los otros celebraron su pase a la final con la satisfacción nerviosa del que levanta un muro justo antes de que el pánico lo derribe: perder 3-0 y aun así salir vivo es el tipo de hazaña que en el Wanda se vende como epopeya doméstica.
Mientras tanto, la vara de medir sigue siendo un objeto flexible, casi artístico. El joven Franco Mastantuono, jugador del Real Madrid, le dijo al árbitro a cinco metros de distancia aquello de “es una puta vergüenza”. Una frase que, conviene decirlo, un futbolista del Madrid debería evitar; para eso están las piernas, no la lengua. Resultado: roja inmediata y dos partidos de sanción. Justicia reglamentaria, podríamos decir.
Ahora bien, cuando Raphinha decidió gritarle al estamento arbitral aquello de “¡sois unos cagones!”, el sistema reaccionó con la calma zen de un monje tibetano: ni roja, ni sanción, ni escándalo mediático. Nada. Un silencio administrativo que recuerda a esas escenas de las novelas de Kafka donde el acusado descubre que el tribunal ha decidido no existir.
Y como estos ejemplos hay decenas. Casos que se amontonan como papeles en un cajón que nadie quiere abrir. El problema no es que ocurran —el fútbol siempre ha sido un territorio de arbitrariedad humana—, sino que nadie en el mundo periodístico parece dispuesto a señalar la inconsistencia. O si lo hace, lo hace con la prudencia con la que se habla de un tío poderoso en la cena familiar.
Esto devuelve credibilidad a ciertas sospechas incómodas. Como aquella afirmación de Tomás Guasch sobre la retirada de campañas de publicidad por parte de empresas bancarias cuando algunos medios osaban criticar al Barcelona. En un ecosistema donde la publicidad actúa como oxígeno, retirar el suministro equivale a recordar quién manda en la sala.
Y si uno quiere ser todavía más mal pensado —la experiencia aconseja serlo—, podría formular la pregunta que nadie quiere escuchar: si el Barcelona pagó durante años al vicepresidente del comité de árbitros en activo, como ya sabemos por el caso Negreira, ¿por qué sería descabellado imaginar que también se haya invertido en otras formas de influencia? Al fin y al cabo, Al Capone no se limitaba a pagar a la policía de Chicago; entendía que un sistema de poder se sostiene mejor cuando las voces incómodas también reciben su parte del silencio.
El fútbol español vive así, entre sospechas que nadie confirma y silencios que nadie explica. Y mientras tanto el espectáculo continúa: partidos, polémicas, finales, tertulias. El público sigue llenando el estadio, el guion sigue avanzando y el árbitro sigue pitando.
Pero en este teatro hay algo más inquietante que los errores arbitrales.
El silencio.
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