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Por Germán Pose
Llega el carnaval, tiempo de jolgorio, fiestas, bacanales y desenfreno -es un decir, que hay mucha labia y luego las pajas se hacen humo- previo a la época de contención de excesos que acarrea nuestra católica y apostólica Cuaresma. En este tiempo de carnestolendas las máscaras se hacen visibles y se aceptan como si tal cosa, y se hace carne el disfraz y la misma farsa que el resto del año todos escondemos con tanto pudor pretendiendo, en vano, ocultar la tragicomedia de nuestras vidas.
El saltimbanqui de la imagen baila y sonríe sin tino mostrando la careta dionisíaca que oculta otros embozos clandestinos. Máscara sobre máscara, como las capas finas de una cebolla. Habrá que engañarse para seguir a duras penas el viaje. Ya lo dejó escrito Fígaro, el Pobrecito Hablador, o sea, don Mariano José de L.: el mundo todo es máscara, todo el año es carnaval. Y que siga así esta rueda tan infernal y celestial de la vida enmascarada que jugamos. No va más. Ω
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