Sábado 2 de mayo

02-05-2020 8:55 p.m.

Por Ricardo Rubio
“Y sé feliz. Pero no por alguien. Tampoco por algo. Quizás con alguien.
Nada de eso; sé feliz porque, al fin y al cabo, es lo que te mereces.”
Mario Benedetti.

El gran día final. El último truco.
El portal, esta cerrado. Hay quien no recuerda si la puerta se abre con pulsador o con manilla. Algunos han estado bajando a la calle con una bolsa de Mercadona de salvoconducto. O bajar la basura y un cigarro para respirar el irrespirable aire del garaje. Mi vecino compraba el pan seis veces en el día para poder escapar de los desconocidos ruidos de su casa. No es fácil vivir una vida impuesta. No elegida. El arraigo se crea sin querer fuera de casa. En los negocios, en los bares, en el trabajo. En las aceras con ese cigarro social que nos fumamos entre todos. Uno se lo enciende y cuatro se lo fuman. ¡Y lo echamos de menos!

Hoy es en la calle donde están las preguntas. Nos miramos a los ojos y sabemos quienes somos, pero no cómo estamos. Las cosas han cambiado.

Pedro ha perdido el trabajo. Concha trabaja en casa y así seguirá hasta no se sabe cuando. Y no lo aguanta más. Porque en aquella oficina suya guarda más cosas que papeles. Y no soporta no saber. No soporta que le cuenten. Mario es de los que aplauden a las 20:00. Pero tiene las manos rotas por el invierno. Su negocio ha cerrado y ya no reparte primavera entre la gente. Raúl, Manuel, Rodri, Amparo, Susi, Benegas todos están ya en la calle. Se cruzan y se observan. Corren, caminan y pasean. La vida corre por ellos pero ellos mueven las piernas.

“El cerebro involuciona. La vida te puede cambiar en un instante sin más”. No se me ocurre una lección aprendida mas importante que esta. Porque la  vida tal y como la conocimos empieza hoy. Pero no sabemos si volverán  a repetirse los mismos patrones. Nadie nos avisó. No estábamos preparados. No teníamos previsto este frio inverno en primavera. Temperaturas sin termómetros programados, festivales con audiencias secuestradas en habitaciones llenas de trincheras desde donde defendernos. No sabíamos que los lunes podían ser Miércoles, Domingos o días vacíos sin nombres adquiridos. Ni que tendríamos que esperar a ser llamados para poder salir. Como en los días de escuela.

¿A quién le importa si me siento a pensar en ti? O si los días tienen limite entre la noche y el día. Qué mas da si las razones o los muertos de esta causa se olvidan. Cada casa es un campo de batalla desde donde lanzar la ofensiva final. Homenajes, discursos, aglomeraciones y celebraciones televisadas para mayor audiencia. Habrá que pensar y saber donde queremos estar el día de mañana.

Son las siete de la mañana y es maravilloso ver amanecer con el viento de cara. Bicis cruzando las pasarelas hacia la casa de campo. Gente corriendo en todas las direcciones. Las carreteras vacías y la gente en la calle. Me siento acompañado aunque creo que me perdí, no se por qué, ni dónde. Pero me perdí hace semanas. Los días han pasado por encima de mi. Los ojos se me han llenado de nubes esta mañana. De lluvia, de viento, de pedazos de este virus roto por los días… Sé que necesito cura, sé que un espacio entre tú y yo es necesario. Lo sé, porque los días y las horas han corrido en contra mía. Porque al fotografiar en la primera línea a tantos y tantos te acabas convirtiendo en uno de ellos. Con o sin virus eres un enigma andante. ¿Quién va romper ese metro de distancia? Es hora de volver a casa y hablar con la rutina de los días raros. Es lo que somos: seres raros con cierta autonomía.

El tiempo se ocupara de mí. De mis idas y venidas. De los espacios en blanco que no he querido rellenar. De los milagros austeros en los que creo: esos que carecen de divinidad y están hechos por mortales.

Ojalá otro mundo sea posible. No estoy seguro de ello. Los actores son los mismos. Los escenarios también. Habría que hacer arreglos en el guión, quizás baste con pequeñas frases que den origen a otras y así la cadena de favores se  torne infinita.

La suerte está echada. El primer paso está dado. Os deseo suerte, mucha, infinita. A todos los que en estos días de recorridos por calles y pueblos de Madrid me he encontrado. En los hospitales. En los tanatorios. En los cementerios. En las colas de los bancos de alimentos. Rezando en las iglesias o en pleno ramadán. En las residencias. Abuelos, padres, madres allá donde estéis ¡os queremos, joder!

Momentos compartidos con personas de todo tipo y condición. Viviendo en casas de lujo o en pequeños locales prohibidos en las calles de esta ciudad. El Ejercito de tierra, la UME, Guardia Real, Guardia Civil, Policía Municipal, Cruz Roja, ONCE, Correos. Rider’s, compañeros casi amigos, hablando en cualquier semáforo. Personal de limpieza, farmacéuticos, taxistas, obreros de la construcción en el Vicente Calderón y un largo etc.. Sanitarios de todas clases,  voluntarios de toda condición.

Y como no, a mis compañeros de fatigas: Edu, Jesús, ¡sois los mejores!. Marta, Oscar seguimos en el camino, nada ha terminado. Lo sé. Teresa, Lucia, Aida, Miguel, Pablo, Ramón, Pedro, Laura ¡Gracias!

Y tantos y tantos compañeros con los que he compartido días y coberturas. Sois mi sustento. A los cámaras al hombro que en cada calle son tu refugio. Y a los que habéis seguido día a día alguna línea, algún párrafo, alguna foto. Gracias por estar ahí.

Nos vemos en las calles. Sois los héroes del sábado. No os olvidéis nunca.