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“ME DIERON UN CUCHILLO Y ME DIJERON: ¡APUÑALA A ESE!”

05-11-2022 9:31 a.m.

Pandillero
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Así funcionan las bandas latinas. Pozuelo IN les ofrece el testimonio crudo y en primera persona de Artur, un expandillero autor de gravísimos delitos de sangre durante los 15 años que fue miembro de una de las bandas latinas que están sembrando el pánico en Madrid.

Por Germán Pose - En Pozuelo de Alarcón este tremendo fenómeno está ahora “dormido”, pero muchos padres de jóvenes estudiantes han expresado a distintas instituciones su preocupación por las llamadas de atención que reciben de sus hijos. Les ofrecemos el relato de lo que vivió Artur mientras fue miembro de su banda. 

Tenía 14 años cuando ingresé en esa banda, nos ponían el cebo de las drogas y el sexo con chicas de 13 y 14 años para captarnos. Sin darme cuenta ya era uno de ellos. Aunque para entrar en la banda me encomendaron una terrible misión, me dieron un cuchillo y me dijeron: tienes que apuñalar a ese”.  Luego mi vida fue un delirio y cometí delitos muy graves y sangrientos que no puedo comentar. Todo empezó hace mucho tiempo y puedo decir que estoy vivo de milagro.

Me llamo Artur, y no puedo decir más, ahora tengo 36 años y soy de Ecuador. A los 14 años ingresé en una banda de pandilleros en un barrio de Madrid y allí permanecí 15 años, hasta los 29. No voy a decir el nombre de la banda, que sigue activa, pero da igual. Vine a Madrid solo con mi madre, porque mis padres se habían separado hacía tiempo, y con mi hermano, de 12 años. Vivíamos en Carabanchel, en la zona de la plaza Elíptica. Todo pasó muy deprisa. Mi madre se tiraba todo el día trabajando de office -lavar platos- en un restaurante y mi hermano y yo pasábamos la mayor parte del tiempo en el cercano parque de Comillas. Fui al colegio solo en Ecuador, hasta que llegué a España, porque a mi madre “no le daba” con todo y no podía encargarse de nosotros como era debido. Allí, en ese parque, me crucé por primera vez con los tipos de las bandas, pero yo no sabía a qué se dedicaban. Al principio íbamos a fiestas que se organizaban casi a diario en distintos pisos del barrio y también a discotecas para menores que había en Nuevos Ministerios, en la calle Orense. 

“NOS DABAN BLOG, MARIHUANA CON COCA, Y FOLLÁBAMOS A DIARIO CON CHICAS MUY JÓVENES”

Yo, al principio, lo veía todo normal, había fiestas y yo les seguía, aunque la mayoría eran mayores que yo, de 17 a 25 años. Pero, claro, empecé a ver gestos extraños entre ellos, saludos raros, códigos que utilizaban en privado, no sé. Pero yo seguí esa vaina, porque lo pasaba bien. Y había mucha drogas, sobre todo, marihuana, y para no sentirme excluido yo fumaba con ellos. Fumaba porros y mucho “blog” -mezcla de marihuana con cocaína- y bebíamos un montón, todo tipo de alcohol. Y, además, mucho sexo con chicas muy jóvenes, de 13, 14 y 15 años, sin parar. Para costearme eso tenía que robar dinero a mi madre, que nos mantenía con lo justo. Y mi hermano, de 12 años, venía conmigo a todo eso. Todos los días era lo mismo.

Incitábamos a otros chicos a que se escaparan del colegio y se vinieran con nosotros. Yo aún no era consciente de que estaba metido en una banda de esas, y tampoco reparé en que me estaban poniendo los cebos del sexo y las drogas para captarme, a mí y a los demás chicos. Hasta que un día se celebró una fiesta que era “full privada”, y al aparecer yo me dijeron que  no podía entrar. Me dijeron, tú eres chébere, flaco, pero no puedes entrar aquí, para eso tendrías que pertenecer a la banda. Y yo sentía mucha curiosidad y les pregunté qué tenía que hacer para ser de la banda.  Y ahí empezó todo y cometí mi primer delito grave. Me dijeron que si yo quería ser de la banda tenía que ser “sangre fría”, y tenía que dar la cara por ellos, y poner el pecho por ellos, y yo les dije que sí, que adelante. Y aún no había cumplido los 15 años. Yo voy, hago lo que sea, les dije, y en ese momento ya estaba condenado. 


“TIENES QUE APUÑALAR A ESE CHICO”

Entonces me dijeron que si quería entrar en la banda tenía que apuñalar a un muchacho de una banda contraria. Entonces me llevaron al barrio y me dijeron: “mira, ese pelao que ves allí es al que tienes que apuñalar”. Y a mí me entraron las dudas pero ellos me dieron blog, mucho blog, y yo estaba muy fumado y ya no pensaba. Uno de los líderes de la banda me puso un cuchillo en la mano, el chico a quien había que apuñalar iba a entrar al portal de su casa. Y me dijeron: “ve hacía él y en el momento en que le claves el cuchillo gira la mano”, porque al girar el cuchillo el otro está perdido. Así que me acerqué al chico y fui con todo y le metí el cuchillo en la parte lateral del muslo. El chico se puso a gritar de dolor y, al girar el cuchillo, brotó un tremendo chorro de sangre y yo salí pitando de allí y el chico quedó tumbado en el portal sobre un gran charco de sangre. Y ya no volví a saber de él. 

Después de hacer eso nos fuimos todos a un party, a una fiesta en una casa.  Y seguimos con más drogas, alcohol y sexo con unas cuantas chicas muy jóvenes que siempre pululaban por ahí. Porque ellos no quieren que tú pienses en lo que has hecho. Entonces se acercó a mí el líder de la banda y me puso el apodo de guerra, que no voy a decir porque es muy identificativo,  tras mi “bautismo de sangre”, y a partir de ese momento ya fui considerado miembro de la banda, pandillero. Yo estaba muy drogado y no me enteraba de nada. Al día siguiente, al despertar del globo, intenté orientarme, entrar en razón, pero vuelves a drogarte, porque eso es muy adictivo, y ya pierdes toda la voluntad. Siempre había droga que traían ellos, mucha cocaína y mucha marihuana. Esa era su gran trampa.

“MI HERMANO, CON 12 AÑOS, TAMBIÉN FUE CAPTADO Y LE OBLIGARON A HACER LO MISMO QUE A MÍ” 

Mi hermanito también tuvo su iniciación de sangre, con 12 años, pero a nosotros nos separaron, a él le destinaron a un “capítulo” -a un barrio de la ciudad- y a mí a otro. No sé lo que hizo mi hermano, pero fue algo similar, con 12 años tuvo que apuñalar a alguien. Mi hermano y yo casi no nos veíamos porque cada vez pasábamos menos por casa. Mi madre nos buscaba y nos llamaba muy preocupada. Pero ya estábamos perdidos. Llegaba a casa, me duchaba, me cambiaba de ropa y volvía a las calles. Mi madre apenas nos veía porque trabajaba 16 horas al día en el restaurante y cuando llegaba a casa caía rendida en la cama.  

A partir de ese momento seguí cometiendo todo tipo de delitos para subir de posición en la banda. Continué apuñalando, haciendo daño a la gente, con cuchillos machetes y pistolas, no sé, pero no quiero decir las barbaridades que cometí, intento borrarlo de mi mente, aunque es complicado. Había que hacer esos “trabajos sucios” para financiar a la banda, cada miembro tenía que entregar una serie de cuotas. Y había que robar y cometer atracos porque ahí no trabajaba nadie, sobre todo los menores de edad, que eran la mayoría. 


“LAS CHICAS JÓVENES SE PROSTITUÍAN PARA CONSEGUIR DINERO PARA LA BANDA”

Así fue mi vida diaria durante los 15 años que fui pandillero. He cometido demasiados delitos, no, no quiero entrar en muchos detalles, pero fueron delitos muy graves. También he estado al borde de la muerte muchas veces, puedo decir que estoy vivo de milagro y no lo voy a negar nunca. He recibido unas palizas tremendas y heridas muy graves. Y pagué muchas condenas por lo que hice. Al principio, siendo menor de edad visité un montón de comisarías, y ya está, pero después he estado preso bastante tiempo en varias cárceles españolas. Cuando cumplí 18 años ingresé en la cárcel de Alcalá Meco con una condena de un año y dos meses por una reyerta dura con otra banda. Mi vida en la cárcel fue muy peligrosa porque había muchos chicos de distintas bandas rivales y lo primero que me decían los funcionarios al entrar, al ver mi historial, era orientarme para que no me mezclara con los otros. 

Al salir de prisión los tuyos te valoran más y vas ascendiendo. Llegué a tener a mi cargo a 34 chicos y yo les daba las mismas instrucciones que me dieron a mí cuando ingresé de novato. Repartía las tareas delictivas sin mayores problemas y los chicos respondían sin rechistar. Había que recaudar dinero y cada semana debía entregar a un superior una media de 500 euros de mi capítulo, del grupo que yo dirigía. Para eso había que robar y atracar tiendas y esas cosas. Luego estaba el caso de las chicas, que se prostituían y el dinero que obtenían lo tenían que entregar, claro. Había un tipo de mi grupo que obligaba a su mujer a prostituirse. Y no solo formaban esa banda latinoamericanos, como yo, también había españoles, bastantes, un 25 por ciento, por lo general. Ser líder de un grupo te otorgaba un status especial, y tenías acceso a más cosas, a chicas, por ejemplo, yo tenía 5 novias, pero ellas no se prostituían, aunque había otras que sí lo hacían.

“PEGÁBAMOS A LA GENTE POR VICIO Y DIVERSIÓN”

Al mando de mi grupo, me encargaba de la “logística”, digamos. Hacía un plan de ataque, cuando íbamos a pelear con otra banda a otro barrio, y controlábamos las calles de huida para que no se escaparan. Se trataba de conquistar zonas para controlar el tráfico de drogas, sobre todo. Pero, claro, no ganábamos siempre, había veces que nosotros éramos los que palmábamos. Y, a veces, caía muerto alguno de los nuestros y al día siguiente volvíamos para vengarnos. Mi siguiente ingreso en prisión fue en Soto del Real por otra grave reyerta, tenía 21 años recién cumplidos y me metieron 2 años y 3 meses, aunque no llegué a cumplirla entera porque mi madre me sacó con una fianza. 

Y volví a mi vida de pandillero, y mi madre me suplicaba y me decía que por qué la hacía sufrir así. Pero yo tenía que seguir en la banda porque tenía miedo a que me hicieran daño si les abandonaba, porque, claro, yo tenía mucha información. Es muy complicado salir de eso. Además, yo estaba muy “emparanoiado” con tanta droga que consumía. Sentía que me seguían todo el rato y que alguien, a la vuelta de una esquina me iba a matar. Me sentía muy solo y, a veces, regresaba con mi madre para que me abrazara y me diera consuelo. Tengo cicatrices de puñaladas por todo el cuerpo. Y seguí con esa vida, día a día, y volví a entrar otra vez en prisión. Hasta cinco veces. La última fue a causa de una movida tan violenta que me llevaron a la prisión de Badajoz y me metieron 5 años de condena. Tenía 23 años. No quiero revivir ese momento, pero fue muy fuerte. Porque por robos, nada, si no superaban los 1.000 euros, salías enseguida de Comisaría, pero cuando había sangre de por medio, la cosa cambiaba.  

Al salir de la cárcel de Badajoz empecé a plantearme en serio abandonar la banda y me preguntaba la razón por la que seguía con ellos. Por qué hacía daño a gente que no conocía de nada. Pegábamos a otros muchas veces por vicio y diversión, era tremendo. Les robábamos a alguien el móvil y les tirábamos al suelo y les forrábamos a golpes y patadas, les pisábamos el cuello y mucho más, sin venir a cuento. Y un día cualquiera decidí cambiar de vida, necesitaba cambiar, tener tranquilidad. Mi madre me invitaba al Centro de Ayuda Cristiano para que me prestaran ayuda pero yo me negaba, al principio. Hasta que mi conciencia y los remordimientos por tanto mal que había cometido pudieron conmigo. 


“ES MUY DIFÍCIL ABANDONAR UNA BANDA. ESTOY VIVO DE MILAGRO”

Empecé a alejarme pero, claro, se notaba mi ausencia de las reuniones y preguntaban por mí y yo temía que me mataran en cualquier calle. Era carne de presa, no solo de las bandas rivales si no de tu propio grupo. Y al cumplir los 27 años lo decidí de verdad, no me voy a reportar más, me dije, ya está bien, se acabó. Y durante un año no pisé prácticamente la calle, estaba en casa con mi madre, nunca fue nadie allí porque no sabían donde vivía, nunca puedes hacer eso, dar ese dato. Y cuando salía era para acercarme a la iglesia del Centro Cristiano y a involucrarme en sus actividades y empecé a dejar la anterior vida atrás, pero, claro, me los encontraba por la calle y a veces me amenazaban con cuchillos preguntándome por qué no estaba con ellos, y tenía que dar muchas vueltas, irme por otro barrio, en fin, despistarles. 

Y, bueno, ellos seguían mis pasos para comprobar si me había ido a una banda rival, hasta que se dieron cuenta de que estaba yendo a la iglesia y empezaron a dejarme en paz. Mi hermanito también lo ha dejado, cuando yo salí de la banda él también lo hizo, y está bien.Y aquí en la iglesia encontré el sosiego, empezaron a orientarme y enseñarme valores, me enseñaron lo que significa ganarse el respeto y no exigirlo. Me enseñaron la forma de ganarme la vida sin hacerle daño a nadie y el valor que tiene cada persona y el valor que tenía yo mismo. Y aquí sigo. El problema es que esto de las bandas sigue creciendo y lo hará mientras no se advierta y se conciencie a los jóvenes de la realidad cruda del asunto. 

Ahora tengo un trabajo, soy oficial pintor, un oficio que he logrado aprender y me va muy bien. Y entre faena y faena vengo a la iglesia y ayudo a los chicos con problemas que acuden al Centro Cristiano. Tengo una novia y nos vamos a casar pronto. Y, hay que ver, qué vida esta, con toda las tías que han pasado por mi vida, con tantas noches de sexo infinito y drogas, ya lo he dejado todo, drogas, alcohol y mujeres. Puedo decir que con mi novia actual aún no he hecho el amor. Llevamos casi dos años de novios y hasta que no nos casemos hemos decidido no tener relaciones sexuales. Creo en lo que hago y me siento con muchas fuerzas y ganas de sacudirme del todo toda la mierda de vida que llevé. Me resulta muy lejano aquello y a veces pienso que fue otra persona, que no era yo, la que cometió esas fechorías.       

(Próxima entrega: Alberto Díaz, pastor del Centro de  Ayuda Cristiano: “Muchos padres de Pozuelo nos llaman alarmados ante lo que les cuentan sus hijos sobre la actuación de las bandas en los colegios”)

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