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Por la Dra Ana Pastor Planas. Cardióloga clínica iQUMED Pozuelo | 🕘 5 minutos de lectura
Si un deportista de élite como Jannik Sinner puede sufrir un golpe de calor en plena competición, nadie está completamente protegido frente a las altas temperaturas. Las imágenes del tenista italiano durante Roland Garros han servido para recordar que el calor intenso puede afectar tanto a deportistas profesionales como a cualquier persona que practique ejercicio físico al aire libre.
Con la primera ola de calor del verano llegando a Europa antes de lo esperado, conviene extremar las precauciones. Las altas temperaturas ponen a prueba nuestros mecanismos de termorregulación (la capacidad de mantener estable la temperatura corporal para que todos los órganos funcionen correctamente) y aumentan la exigencia sobre el sistema cardiovascular.
Para facilitar la pérdida de calor, el organismo aumenta el flujo sanguíneo hacia la piel mediante la dilatación de los vasos sanguíneos. Como consecuencia, el corazón debe incrementar su frecuencia cardiaca para mantener un adecuado aporte de sangre a los órganos y músculos durante el ejercicio. Si además existe una hidratación insuficiente, disminuye el volumen sanguíneo circulante y el trabajo cardiaco aumenta todavía más, favoreciendo la aparición de fatiga precoz, bajadas de tensión arterial, mareos e incluso síncopes.
El principal consejo médico es evitar las horas de máxima temperatura, especialmente entre las 10 y las 18 horas, y mantener una adecuada hidratación, aproximadamente entre 400 y 800 ml por hora de ejercicio. Cuando la actividad física va a prolongarse más de una hora, puede ser recomendable recurrir a bebidas isotónicas, ya que además de aportar líquidos ayudan a reponer electrolitos perdidos con el sudor.
También es importante escoger la vestimenta adecuada: ropa ligera, transpirable y de colores claros, preferiblemente fabricada con tejidos técnicos que favorezcan la evaporación del sudor. El uso de gorra y protección solar debe considerarse imprescindible.
Si estamos preparando una competición y llegan las altas temperaturas, conviene replantear los entrenamientos para facilitar la aclimatación del organismo sin comprometer el rendimiento. La recomendación es realizar una adaptación progresiva, comenzando con sesiones cortas de 20 a 30 minutos a baja intensidad e incrementando gradualmente tanto la duración como la carga de trabajo.
Debemos detener la actividad física de inmediato si aparecen síntomas como sed intensa, debilidad, mareo, dolor de cabeza, náuseas o sudoración excesiva. Y estaremos ante una verdadera emergencia médica si se presentan confusión, desorientación, comportamiento incoherente, convulsiones o pérdida de conciencia. En estos casos es fundamental avisar a los servicios de emergencia e iniciar medidas de enfriamiento mientras llegan, como la aplicación de hielo o la inmersión en agua fría.
Las personas con hipertensión arterial, en tratamiento con diuréticos o con antecedentes de insuficiencia cardiaca deben extremar aún más las precauciones y consultar con su cardiólogo la necesidad de ajustar la medicación durante los periodos de calor extremo.
Con sentido común y un adecuado asesoramiento médico es perfectamente posible seguir entrenando durante los meses de verano. La combinación de una correcta supervisión, la escucha activa de las señales de nuestro organismo y la adaptación de la intensidad del ejercicio a las condiciones ambientales constituye la mejor estrategia para disfrutar de una práctica deportiva segura incluso en condiciones de calor intenso.
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