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El fallecimiento de Brigitte Bardot ha dejado un silencio extraño, no por la actriz francesa —que ya era un icono más de la moda y del glamour que del pensamiento—, sino por la reacción de quienes hoy se creen portavoces de la opinión pública y, sin embargo, no dominan ni un mínimo de la realidad. Estos nuevos heraldos de la moralidad, estos críticos de salón y comentaristas de sofá, se han erigido en jueces de nuestra conciencia colectiva, como si el mundo fuera un escenario y ellos los dueños del telón.
No puedo evitar pensar en los bufones medievales. Sí, aquellos personajes que, disfrazados de colores chillones y cascabeles, eran los únicos que podían decirle al rey lo que nadie más osaba. Eran insustituibles, aunque siempre subordinados, siempre con su sonrisa pintada y su risa fingida. Hoy, los bufones no sirven para entretener; sirven para opinar. Y lo peor es que los reyes modernos —políticos, medios, influenciadores— parecen contentarse con eso. Dejan que los bufones decidan la agenda, dicten la indignación y definan la polémica.
Bardot murió. Y en las redes, en los programas de televisión y en los periódicos de medio pelo, ya hay legiones de pseudointelectuales opinando sobre feminismo, sobre derechos animales, sobre moralidad pública y sobre ética sexual. Es como si hubieran heredado de golpe la autoridad que nunca tuvieron. Me recuerda a un bufón medieval que, con lengua suelta y cascabeles en la mano, aconseja al rey sobre política exterior: absurdo, peligroso y risible a partes iguales.
Lo que nos están mostrando estos herederos de la risa es que el entretenimiento se ha convertido en un pedestal para la opinión. No importa la preparación, ni la experiencia, ni siquiera la coherencia: basta con que tu cara sea conocida, que tu voz suene en un micrófono y que tu gesto sea fotogénico. Y la sociedad, que aún confunde notoriedad con autoridad, les entrega la llave de la discusión pública.
En el fondo, lo medieval nunca desapareció: lo que ha cambiado es que ya no hay reyes que escuchen bufones; ahora hay ciudadanos que los siguen. La risa ha dejado de ser un gesto privado para convertirse en un juicio público. Y Brigitte Bardot, como tantas figuras que murieron siendo iconos del espectáculo, se transforma en excusa para exhibir opiniones que no tienen más peso que la carcajada de un payaso.
Si los reyes medievales hubieran escuchado siempre a sus bufones, quizá el destino de sus reinos habría sido mucho peor. Hoy, los bufones modernos tienen Twitter, Instagram y cadenas de televisión. Y nosotros, por desgracia, seguimos prestando atención.
Dios nos ampare.
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