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Hay una pulsión contemporánea —muy de izquierda, muy satisfecha de sí misma— que consiste en presentar la vida como un problema administrativo al que se le buscan soluciones definitivas. Cuando la existencia incomoda, se interrumpe; cuando duele, se clausura; cuando no encaja en el catálogo de lo deseable, se archiva con una firma y un eufemismo. Aborto y eutanasia funcionan así como las dos grandes puertas de salida de un edificio al que, paradójicamente, cada vez se entra con menos convicción. No son ya dramas morales, sino trámites. No decisiones extremas, sino derechos de consumo.
Mientras tanto, a unos cuantos kilómetros de los parlamentos que legislan la muerte con sonrisa compasiva, hay una piscina. No es una metáfora: es una piscina de verdad. Y en ella nadan personas a las que, si uno atendiera al argumentario progresista más perezoso, habría que haber evitado o despedido con ternura. Nadadores que no encajan en el ideal publicitario de la vida plena, pero que hacen algo insoportable para la ideología de la renuncia: viven como si la vida mereciera ser vivida.
La natación adaptada del Club Natación Pozuelo es una bofetada sin mano a toda una cosmovisión. No porque predique nada —no hay mayor propaganda que el silencio del esfuerzo—, sino porque demuestra. Demuestra que la fragilidad no invalida la grandeza. Que el cuerpo no es un currículum. Que el dolor no siempre pide anestesia moral, a veces pide sentido. Y que hay personas que, teniendo razones objetivas para rendirse, prefieren entrenar.
Resulta enternecedor observar cómo la izquierda global, tan dada a celebrar la diversidad en abstracto, se incomoda ante la diversidad real cuando esta no pide compasión, sino respeto. Porque estos nadadores no reclaman lástima, ni cuota, ni relato. Reclaman cronómetro. Reclaman calle. Reclaman que se les mida como a los demás. Y eso desmonta el edificio entero de una ética basada en rebajar el listón hasta que nadie tenga que saltar.
En Singapur, en Estambul, en París, en campeonatos de Europa, del mundo y de España, estos chicos y chicas hacen algo obsceno para el pensamiento buenista: ganan. Ganan medallas, ganan pruebas, ganan campeonatos. Pero, sobre todo, ganan autoridad moral. Porque cada brazada suya desmiente la idea de que hay vidas indignas de ser vividas. Cada podio suyo ridiculiza al legislador que, con gesto grave, explica que hay existencias demasiado duras como para soportarlas.
La izquierda ha convertido la compasión en un atajo. En lugar de acompañar, elimina. En lugar de sostener, interrumpe. En lugar de preguntarse qué necesita una persona para vivir mejor, se pregunta cuánto tardará en morirse. Y lo llama progreso. Pero el progreso real —el único que no necesita consignas— está en una piscina municipal, a las siete de la mañana, con cloro en los ojos y frío en los hombros, donde alguien al que nunca invitarán a una mesa de bioética decide, una vez más, tirarse al agua.
Hay algo profundamente obsceno en que una sociedad que se dice avanzada reserve sus mayores entusiasmos legislativos para facilitar la muerte y no para hacer posible la vida. Y hay algo profundamente subversivo en que un club de natación de Pozuelo produzca, sin discursos ni pancartas, más humanidad que mil cumbres internacionales sobre derechos reproductivos y muertes dignas.
Estos nadadores no son héroes en el sentido épico: no vuelan, no lanzan rayos, no salvan el mundo. Son algo más incómodo: personas que no aceptan el papel de víctimas que otros les han asignado. Y eso, en una época que confunde dignidad con desistimiento, resulta revolucionario.
Tal vez por eso molestan. Tal vez por eso no encajan. Tal vez por eso conviene no mirar demasiado tiempo una piscina donde la vida, contra todo pronóstico, insiste. Porque si uno mira de verdad, empieza a resultar difícil sostener que el problema era la vida. Empieza a parecer, más bien, que el problema es una ideología que ya no sabe qué hacer con ella.
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