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El histórico grupo tanguero madrileño Malevaje brinda a Pozuelo una noche exquisita en el concierto benéfico para la investigación de enfermedades neurodegenerativas, organizado por el club Rotary Pozuelo Villa.
Por Germán Pose - Más de cuatro décadas sobre los escenarios contemplan a Malevaje y a su tango castizo y chulesco que echó sus raíces en Carabanchel, la tierra sagrada de Antonio Bartrina, alma, corazón y vida de esta banda de artistas extravagantes. El concierto de la noche del viernes en el Teatro del Hogar del Buen Consejo de Pozuelo, organizado por el club Rotary Pozuelo Villa a beneficio de las enfermedades neurodegenerativas, forma ya parte de la memoria eterna de todos los que tuvieron la ocasión de disfrutarlo.
Desde su estreno, allá por el año 1984, en El Salero las nieves del tiempo han plateado las sienes de Bartrina pero no han mermado un ápice la emoción, pasión y galanura que despliega este tipo entipado en cada canción que escapa con el nervio de un lobo joven de su garganta de aguardiente, humo y besos de bar a media luz los dos. Su apasionado compás divino estremece a cada verso que exhala Antonio con la destreza natural y jonda de un kikirikí de Curro Romero.
Bartrina cada vez canta mejor, como se decía de Gardel. De la formación original de aquellos años de la legendaria Movida ahí sigue él y su compadre, el genial Fernando Gilabert pegado a su contrabajo mágico. Y junto a ellos, tan afinados, Fernando Giardini, al bandoneón y el toricantano Alberto Viña a la guitarra. La velada del viernes en las tablas del colegio del Hogar fue monumental y bien merece Malevaje una repetición, como sucede con los toreros tras una gran faena, en un marco tan relevante como el Mira Teatro de Pozuelo.
Bartrina tiró de repertorio clásico tanguero con temas como “La última curda”, “Mano a mano”, “Cambalache”, “Si soy así” o “Garufa” y otros de cosecha propia y ya inmortales como “Tormenta”, “Chinchorro” o “Arroz blanco”, la canción de nuestras vidas pretéritas, tan canallas como rebosantes de nobleza y glorias más o menos destempladas.
En definitiva, un lujo fue recibir a Malevaje en Pozuelo y que sigan otros 40 años más sacudiendo almas y corazones. Y un especial agradecimiento a las queridas monjitas del colegio Hogar del Buen Consejo por su impagable atención y cariño.
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