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Jugar en familia

Hace décadas, cuando los niños jugaban aprendían de forma natural los valores, normas y formas de vida de los adultos, a controlar sus sentidos, sus movimientos y sus incipientes sentimientos, a explorar el mundo...

Hace décadas, cuando los niños jugaban aprendían de forma natural los valores, normas y formas de vida de los adultos, a controlar sus sentidos, sus movimientos y sus incipientes sentimientos, a explorar el mundo. Ahora, según los expertos, hay que recuperar esos juegos en familia.

Que los padres se reúnan con sus hijos para jugar alrededor de una mesa o en el jardín proporciona a los pequeños una serie de beneficios. Y es porque la familia es el principal y más importante círculo social que una persona puede tener. Por eso, es bueno jugar en familia. Porque los niños (a partir de los cuatro años) ya pueden realizar muchas actividades. Su vocabulario, pensamiento y memoria van a experimentar progresos significativos permitiéndoles comprender cada vez mejor el mundo que les rodea. Comienzan a formar relaciones de amistad con otros niños.

Fortalece los vínculos afectivos y, sobre todo, mejora la autoestima de los miembros de la familia, se ayudan los unos a los otros. Jugar con otros exige compartir, ya sean ideas o propiedades. Y obliga a negociar, a pactar y a veces supeditar los propios intereses.

Se favorece la comunicación, ya que mientras los niños hablan de a qué jugarán, piensan y comentan la historia, reparten los papeles y se organizan para poner en marcha el juego, aprenden a expresarse y trabajan el lenguaje. Y enseña puesto que el juego es un ensayo para la vida adulta. Porque aprendes y copias a tus progenitores para cuando creces.

Para todo esto, los padres deben ser imaginativos y creativos. Cualquier momento es bueno para iniciar el juego y consiguientemente la comunicación: la hora del baño, la de la comida, un viaje en coche...   Ω

octubre 2015

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