06-06-2018 10:24 a.m.

JUNIO 2018  /  COMENTARIOS

Fuera de cámara: Por Soledad Arroyo

06-06-2018 10:24 a.m.

TITULITIS
@SoledadArroyoTV

“Valoración desmesurada de los títulos y certificados de estudios como garantía de los conocimientos de alguien”. Así define la RAE desde 2001 el término “titulitis”. Claro que en los últimos meses la inflamación sostenida por los títulos académicos ha cobrado un nuevo sentido en términos políticos.

Pero el problema no es nuevo. En nuestro país, a diferencia de lo que puede ocurrir en Estados Unidos, por ejemplo, tener un título ha sido siempre sinónimo de pertenencia a una élite. Un grupo de privilegiados de largo enraizamiento al que no se podía acceder más que por razones de cuna: la nobleza. Los descendientes de los grupos sociales dominantes y sus tramas familiares.

Quienes alguna vez formaron parte de la Hidalguía española se esforzaban por demostrar documentalmente sus orígenes, con legajos o misivas que lo indicaran expresamente. Otra forma de probarlo eran los escudos de armas. Una forma de titulitis anclada en fachadas de palacios y casonas, bordada en ropajes y alfombras o incluida en los retratos que se mandaban hacer quienes los poseían.

Hoy muchos nobles hablan del peso de la tradición para referirse a sus títulos nobiliarios, de la responsabilidad que conlleva ostentarlos y del orgullo personal de haber heredado uno. Pero ya no significan lo mismo que significaron. Incluso durante mucho tiempo llegaron a ser entendidos como propios de personas ociosas, sin oficio ni inquietudes intelectuales. 

Pero ahora, a comienzos del siglo XXI, los verdaderos títulos nobiliarios, los que de verdad distinguen, son los académicos. Los que, supuestamente, muestran un esfuerzo personal. Carreras, másters, grados, posgrados, doctorados… 

Es la consecuencia directa de la cultura que se nos impuso a los hijos del baby boom. Nuestros mayores, los que huyeron en muchos casos de las condiciones de vida miserables en pueblos y aldeas, buscando un futuro mejor nos inculcaron a fuego, como un mantra, la imperiosa necesidad de acceder a estudios superiores.

La inmensa mayoría de los inmigrados, se capacitaron sobre la marcha para acceder al mercado laboral que se abría en las ciudades. No eran albañiles, pero aprendieron. No eran obreros de fábricas, pero aprendieron. No era fontaneros, ni fresadores, ni carpinteros, pero aprendieron a serlo sin tener siquiera que formarse para ser la mano de obra que levantó el país en los 70 y los 80.

En los últimos 30 años del siglo pasado el número de universitarios en España se multiplicó por cuatro. Las facultades se quedaban pequeñas. Nuestras familias querían que todos, hijos de obreros incluidos, estudiáramos junto a los hijos de las élites intelectuales y económicas que accedían a la Universidad de manera natural. Ellos que se sentían protagonistas de la bonanza económica, querían que sus sucesores lo fueran del futuro pero desde puestos de más responsabilidad, con titulaciones universitarias. Que nos limpiaran las casas, en lugar de tener que ir nosotros a limpiar las casas de los titulados. Ese fue el gran logro de la clase obrera española. El salto fue tan ingente que en algunos casos, los universitarios procedían de familias cuyos padres eran analfabetos.

La Universidad se hizo más universal de lo que nunca antes lo había sido en España.

Ya no sólo llegaban a las facultades quienes podían, también quienes querían. Un sistema de becas y los grandes esfuerzos de las familias modestas lo hicieron posible.

Fue un flechazo de la sociedad con la educación. Todos querían estudiar. Y todos podían hacerlo, al margen del origen socioeconómico familiar. Se consideraba la educación universitaria como el más potente de los motores para la superación individual. Hasta tal punto llegó el romance que se despreciaron durante décadas otros tipos de formaciones más prácticas, pero sin títulos de postín.

El ansiado título de licenciado, que todos colgaban en el salón de casa como muestra de la capacidad familiar y que hasta ese momento había estado restringido sólo a las clases más pudientes, se popularizó tanto que se produjo una deflación.

Resultaba obvio que destacar era entonces mucho más difícil que cuando los universitarios eran.

En los años 90 la titulitis ya se centraba en otros conceptos: los idiomas. Ya no sólo era suficiente ser universitario. Ahora además hacía falta manejar “al menos” un idioma y a ser posible inglés.

En los Currículum vitae empezaron a florecer frases del tipo: “Inglés nivel medio hablado y escrito”. Globos llenos de aire, hinchados para engordar la lista de conocimientos que ya no se veía completa sin la presencia de algún idioma. Sin embargo, pocas veces, durante una entrevista de trabajo se comprobaba si la preparación que se decía tener se poseía realmente.

Hasta que en algunos procesos de selección se empezaron a realizar las entrevistas en los idiomas que se decía manejar con soltura. En la mayoría de los casos, los procesos de selección para muchos terminaban ahí. 

Hoy las cosas han cambiado mucho. No sólo porque se han modificado los planes de estudios, no sólo por la implantación de Bolonia. Sobre todo ha cambiado el mundo de la empresa.

Las grandes compañías no quieren ni buscan títulos. Ahora se persigue en conocimiento. No importa si se ha conseguido licenciarse en tal o cual universidad. Las empresas quieren gente que sepa hacer esta o aquella tarea, al margen de cómo ha conseguido esas habilidades.

Los cazatalentos no buscan a los candidatos a un puesto hojeando un gran dossier de certificados. Localizan a los profesionales que necesitan las empresas en otras empresas donde ya han demostrado su valía, su talento y sus habilidades.

Los títulos siguen teniendo valor, pero sólo como primera muestra de posesión de un conocimiento real, aplicable y aplicado a la experiencia real. El mercado laboral español ha expulsado, como en un proceso de selección natural, a los charlatanes que en otro tiempo pudieron engordar sus historiales con frases hechas y títulos desconocidos.
Todo se ha profesionalizado y también la selección de personal. Los idiomas se califican de forma homologada y quienes buscan personal, a diferencia de lo que ocurría hace décadas, están capacitados para hablar idiomas y comprobar in situ si quien tienen delante dice o no la verdad sobre los conocimientos de esas lenguas.

Frente a los títulos universitarios ya universalizados, los titulados tienen la obligación de especializarse prácticamente hasta el infinito con estudios de posgrado que complementan sus conocimientos acercando la teoría a la práctica. Los master deberían ser exactamente eso.

Pero a diferencia de los primeros master y MBA que se cursaban hace unos años y que eran sinónimo de oportunidades laborales, ahora tampoco sirven de gran cosa si no van acompañados de la práctica laboral adecuada. Prima la experiencia y en muchas ocasiones frente a los estudios, la dedicación y el aprendizaje práctico se imponen.
Porque no todos los títulos son iguales. Es una auténtica jungla. ¿Quién lo imparte? ¿Quién expide el título? ¿Para qué habilita? ¿qué prácticas incluye?

Los hay grandilocuentes. Títulos expedidos por universidades prestigiosas y organismos de reconocida trayectoria de todo el mundo que suenan imprescindibles según para qué puestos.

Los hay modestos, muy funcionales y adecuados a las necesidades del mercado, sin ínfulas.

Los mejores: los que facultan eficazmente para realizar una función novedosa dentro del mundo de la empresa que aún no se ha integrado en los planes de estudios universitarios. Títulos reales adaptados al mercado.
Los otros, son los que se cuelgan de la pared o se colocan en el Currículum para alargar las líneas en las que se describe la formación.

Aunque demasiado a menudo lo que buscan muchos estudiantes cuando se matriculan en estudios post universitarios no son conocimientos sino relaciones sociales. La pertenencia al grupo de privilegio. Ser parte de la élite. Conocimientos endogámicos. Un tipo de titulación ególatra de autoafirmación.

Sentirse parte del grupo puede ser, precisamente, una de las motivaciones para mentir en el Currículum. Quienes no tienen la formación adecuada o sienten que no han hecho todo lo posible por situarse a una determinada altura se ven tentados de adulterar su historia. En el caso de los políticos se trata de una coquetería innecesaria.

En este país, en el que hemos tenido ministros sin formación universitaria (que no es imprescindible) y auténtico estafadores del Currículum al frente de la Guardia Civil, como Luis Roldán, no estamos acostumbrados a exigir a nuestros dirigentes más títulos que los que realmente han conseguido honestamente.

Cuando un servidor público español elegido en las urnas miente sobre lo que ha estudiado lo hace por pura vanidad. Sencillamente no lo necesita. Pero quieren sentirse dentro del grupo, disfrutar del reconocimiento de sus semejantes y poner a salvo sus inseguridades.

Estos días no resulta difícil escuchar: “¿Quién no ha adornado un poco su Currículum?” para quitar hierro a la caída de Cristina Cifuentes, la ya expresidenta de la Comunidad de Madrid. Estamos en el país de los tunantes, de la picaresca, del “si no me pillan, me ha salido bien”.

La lección asestada a Cifuentes debería ser entendida como una lección a toda una sociedad más preocupada por la marca de la ropa que por su calidad, por la universidad en la que se ha estudiado que por el talento alcanzado, más interesada en los títulos que en la valía profesional del titulado.

Estamos en la era de la posverdad. No importa la realidad, importa la convención social de la verdad, lo que todos crean que es cierto. Quizá por eso nos hemos convertido en charlatanes, embaucadores del conocimiento, manteros de nuestro pedigrí cultural impelidos a hacer el artículo de uno mismo, como los mercaderes lo hacían en las plazas públicas no hace tanto.   Ω

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