06-02-2018 11:46 a.m.

FEBRERO 2018  /  PSYQUE

La nueva escuela

06-02-2018 11:46 a.m.

Es imprescindible impartir una educación emocional para poder alcanzar una felicidad personal y una buena convivencia social. Por Marcela Caldumbide

La inteligencia emocional ha de enseñarse dentro del contexto escolar, atendiendo a las experiencias vividas que todos los días tienen, trabajando la habilidad de controlar los impulsos, la ansiedad, tolerar la frustración, motivarse a sí mismos, comprender a los demás.

Los conflictos son inherentes a la vida, manejar las herramientas básicas para resolverlos nos permite vivir de forma más espontánea, responsable y creativa.

Existe una interacción profunda entre la razón y las emociones, determinados aspectos del proceso de la emoción y del sentimiento son indispensables para la racionalidad.

Leroux considera que la influencia de las emociones sobre la razón es mayor que la que ésta última tiene sobre aquellas. Las emociones tienen una poderosa influencia sobre las creencias. En el fondo instintivo de nuestro ser no pensamos, sentimos.

La función intelectual es una función abierta al conocimiento de todo lo posible incluso de aquello que parece imposible. Aplicar la función intelectual al conocimiento de las matemáticas, la física, la filosofía o la economía, específicamente, o predeterminarla para tener éxito en el aprendizaje de las materias curriculares, limita la inteligencia, excluyendo o no reconociendo a todo aquello que no forma parte de las materias curriculares. Es una mirada miope, reduccionista de la inteligencia. Así, el sistema social establecido decide lo que es inteligente y lo que no lo es.

Nos llena de entusiasmo poder considerar ciertas habilidades como candidatas a una inteligencia, así nos lo hace sentir Howard Gardner en su libro “inteligencias múltiples” donde pone de manifiesto la existencia de siete inteligencias tales como la musical, la espacial, lingüística, lógica matemática, la intrapersonal, la interpersonal y la cineticocorporal.

Es imprescindible reivindicar la importancia que tiene introducir entre nuestros jóvenes el estudio de ciertas áreas, tales como las manualidades, el arte, la meditación, la agricultura, conocimiento de la naturaleza en vivo, cuidados de la salud, psicología humanísta….( el desarrollo del conocimiento en el campo de lo afectivo y en el de las relaciones interpersonales, el sentido de una vida en una comunidad).

Tenemos una sociedad desequilibrada entre los aspectos cognitivos y los afectivos, que potencia las funciones centradas fundamentalmente en el razonamiento y la reflexión en torno a temas que no están relacionados con lo personal, ni con los aspectos emocionales del ser humano, muy bien preparada para progresar en el campo de la tecnología, pero creando analfabetos emocionales. Por lo tanto, desarrollar el conocimiento en el campo de lo afectivo y relacional es una tarea prioritaria de la que debiera ocuparse la enseñanza obligatoria. Tener capacidad de criterio, de discernir, de ser responsables, útiles, buscar un sentido, una dirección, ha de empezar por lo privado, lo cotidiano, nuestro pequeño mundo afectivo, para poder derramarse a lo público.

La mayoría de los alumnos se cuestionan para qué les sirve aprender tantos ríos de memoria, cuántas veces han utilizado la raíz cuadrada fuera del contexto educativo… no tienen idea de la función que cumplen éstos conocimientos ni de su aplicabilidad.

Las materias curriculares deberían impartirse relacionándolas con experiencias vitales que permitieran al alumno otorgarles un significado y convertirlas en algo que les concierne. El aprendizaje artesano de un oficio supone liberar a nuestros hijos de una posición parasitaria en la sociedad.

Me pregunto por qué lo que se aprende en la escuela no se hace servir y lo que sirve no se aprende en la escuela.
¿Vemos a los jóvenes con su realidad, sus intereses, sus problemas?  ¿O por el contrario alimentamos una neurosis donde el falso ser prevalece para poder sobrevivir en una sociedad de la que hay que defenderse separándose, compitiendo, comparándose, etiquetándose y consumiendo; donde no educamos para ser y poder desarrollar una conciencia sino para alimentar todos los mecanismos de defensa posibles en las relaciones con los demás; dónde ya no es cuestionable la utilidad de lo que se aprende ni de lo que se hace porque los trabajos son fantasmas encorbatados con mejores o peores resultados económicos?.

Los padres y los educadores en general tienen que trabajarse mucho para no reproducir los defectos educacionales que han recibido, tienen que romper con multitud de “deberías” perjudiciales para el crecimiento. Tienen que ir descubriendo su propia cárcel, hay que ser muy humilde para poder educar, tener la capacidad de sentirse en una constante fase de creación con uno mismo. La autocrítica es el motor de todo cambio educativo.
La alegría nace al poder acercarse al otro no desde la autoridad sino desde el corazón y para esto no hay recetas, lo que sí me atrevería a animarles a todos esos adultos a que se bañaran en una ola de amor y de respeto a la diversidad.

Cada organismo es uno, no hay dos iguales, creo que esto nos da una idea de que en la biología hay algo divino, que hay multitud de enlaces y tejidos en la autorregulación organísmica que no podemos controlar, que la ciencia investiga constantemente para saber que cada vez sabemos menos y que ante esta incertidumbre sólo podemos inclinarnos y percibir de una manera más amplia, menos cartesiana, con un conocimiento no circunscrito a lo mental, con el corazón abierto.   Ω