06-02-2018 10:22 a.m.

FEBRERO 2018  /  COMENTARIOS

Fuera de cámara: Soledad Arroyo

06-02-2018 10:22 a.m.

El monstruo que vio a Diana

Resulta difícil hablar de alguien llamado “El Chicle” cuando de lo que se está hablando es del asesinato de una joven de 18 años. A fin de cuentas un chicle es una golosina. Algo dulce, agradable y entretenido que nos deja un buen sabor de boca. Pero José Enrique Abuín no es dulce, ni agradable. Ni siquiera le pusieron ese mote porque alguna vez lo fuera.

Cuando era pequeño, era un niño sin muchos amigos. Nacido en una familia humilde, hecha de trabajadores del mar y de las fábricas conserveras, si destacó en el colegio por algo, fue por sus escasos recursos para las relaciones personales. Ya entonces demostraba una chulería innata y mucha necedad con sus iguales. Los libros no eran lo suyo, eso lo dejó claro muy pronto.

De su adolescencia y su juventud dejó rastros por la zona. Trabajó en un taller de mecánica del que salió por patas. Furtivamente recogió marisco, pero debió resultarle una actividad demasiado dura para una persona que como él, se sentía tan segura y capaz.

Quizá por eso no le resultó difícil dar el salto a una actividad un poco más alejada de la legalidad, pero mucho más lucrativa como es el narcotráfico. No lo tenía lejos. Un tío suyo formaba parte de la cúpula del clan de Los Franchos, narcotraficantes de las Rias Baixas.

A estas alturas José Enrique ya era El Chicle. Ya nadie le pegaba ni se reía de sus dientes prominentes. Ya se había convertido en un maleante que a veces descargaba fardos de droga, a veces distribuía y otras, como la última vez, la guardaba para sus jefes. Fue por esconder cocaína en casa de sus padres por lo que fue detenido.

Pero ni siquiera como maleante José Enrique iba a dar la talla. Hizo honor a su fama de bocazas y cantó para encerrar a los que habían sido sus jefes. Tampoco la lealtad parece haber sido su fuerte.

Por aquel entonces ya conocía a su mujer. Rosario, una chica humilde de una familia humilde, a la que no le importaba que su novio y luego su marido, traspasara con frecuencia la línea de la ley. Ella misma le contó a la policía que la noche en que Diana desapareció su marido le había dicho que se iba a robar combustible. Lo normal, en una noche de verano…

Pero es que Rosario llevaba tiempo dando por buenas explicaciones que a cualquiera harían pensar. Le creyó cuando su propia hermana gemela le acusó de haberla violado. 

Aquella denuncia fue archivada. La gemela de Rosario se tuvo que ir del pueblo. Hoy pocos dudan de que la chica no mintió. Y los investigadores creen que pudo ser, sólo, una de las primeras víctimas de José Enrique.

Es un ejemplo de hasta qué punto el detenido desprecia a las mujeres. En su cabeza son sólo objetos inanimados y manipulables, útiles para satisfacer sus propios impulsos. Da igual una u otra. Material fungible de usar y tirar.

Se fue creciendo. Después de delatar a los jefes del clan de Los Franchos, consiguió vivir con holgura y eludir la pena de prisión de 30 meses que todavía no ha cumplido.

Su última víctima, la joven de Boiro que consiguió escapar del maletero del coche del criminal, sirve de ejemplo para observar la frialdad con la que actúa José Enrique.

Como Diana, esta joven es morena, de melena larga y delgada. Un encuentro fortuito. Ella estaba en la calle cuando José Enrique la abordó. Lo primero que intentó fue robarle el teléfono, dejarla incomunicada. Después y sin miramientos, sin ningún tipo de consideración, de un empujón la metió en el maletero y trató de cerrarlo. Nada le importaba si le rompía una pierna o si le hacía daño. En su mente monstruosa, el final ya estaba escrito: la muerte, y por lo tanto poco importaba si le dañaba.

Él ya sabía que le estaban buscando. Tenía el aliento de la policía en su nuca. Pero le pudieron más sus impulsos más furtivos.

Le habían interrogado cuando desapareció Diana porque en los seguimientos telefónicos sus movimientos cuadraban con los de la joven madrileña. Incluso interrogaron a su mujer y a sus cuñados, pero a todos les convenció –o les amenazó- para que le dieran una coartada y escapar del cerco.
Así es que pasados 500 días de la primera desaparición, se sentía impune. Probablemente incluso llegó a creer que había sido más listo que los investigadores. Por eso, cuando se presentó la ocasión de Boiro, no dudó en volver a intentarlo.
Volvió a actuar por impulsos. Los investigadores se preguntan cuántas veces lo habrá hecho. Sin preparación, sin marcarse objetivos. Cuando divisaba una pieza que le cuadraba, la abordaba sin más. Sintiéndose superior y capaz de salir airoso de todos los lances.
Pero esta vez falló. Una lesión en el hombro le impidió hacer frente a la muchacha que se resistía a su brutalidad.
Probablemente, si no hubiera escapado gracias a la ayuda de dos jóvenes que oyeron sus gritos, habría sido otra víctima mortal más. Como lo fue Diana.
Durante 500 días pasó al menos dos veces por delante de la nave de Asados en la que sumergió el cuerpo de Diana. El inmueble estaba de camino a la casa de sus padres a donde fue cada día a comer. 500 días escuchando en los medios el dolor de unos padres que no podían descansar sin saber qué había sido de su hija.
Él es padre de una menor. En una red social escribió que sería capaz de matar a quien atentara contra su hija. Pero ni una sola de las mil veces que pasó delante de aquella nave fue capaz de sentir misericordia o de mostrar arrepentimiento. Frío, insensible e imperturbable. Su madre ha contado que alguna vez comentaron el caso de la pobre Diana.
Ni siquiera cuando le detuvieron y fue interrogado mostró un ápice de compasión y volvió a mentir sobre lo que hizo con la joven aquella noche. Únicamente cuando se sintió acorralado y sin salida se delató y descubrió su premeditación, su silencio culpable, la fosa líquida y fría que le había preparado a conciencia a la joven de Pozuelo. Soltó su veneno.
Porque eso es: veneno y no golosinas. Por eso yo no le llamo El Chicle. Me niego a darle el nombre de algo que usan los niños, de algo inocente. José Enrique Abuín ni siquiera es un enfermo. Sabía muy bien lo que hacía y sabía muy bien cómo hacerlo. El Chicle me parece un alias demasiado bondadoso y emotivo para determinar a un ser que no ha mostrado nada de humano.
Cuando ha podido usar el teléfono desde su encarcelamiento, ha mostrado que en realidad es un cobarde inmaduro: ha llamado a su madre, como un niño pequeño, y le ha pedido que vaya a verle. Pero su madre le ha dicho lo que todos pensamos. Simplemente, que es un monstruo.