05-04-2018 10:15 a.m.

ABRIL 2018  /  COMENTARIOS

Fuera de cámara: Soledad Arroyo

05-04-2018 10:15 a.m.

Mujeres y hombres buenos
@SoledadArroyoTV

Son las doce y media de la mañana y el cortejo fúnebre sale de la Catedral de Almería portando un pequeño féretro blanco con los restos mortales del niño Gabriel. Los operarios colocan la caja cuidadosamente, con mimo, dentro del furgón que le conducirá al cementerio. Los aplausos que han acompañado el cadáver del pequeño por la ciudad de Almería vuelven a arreciar.

Patricia y Ángel, los padres del niño, salen de la Catedral detrás de su hijo. Están superados. No sólo les acompañan miles de vecinos almerienses. En ese momento toda España está con ellos.

Entre lágrimas que no cesan, pero agradecidos, los dos se acercan al coche fúnebre blanco en el que no caben más flores blancas. Almería se ha quedado sin flores blancas este día. Con el portón abierto Patricia acaricia suavemente la caja, con esa mano de madre que tantas veces ha colocado los pelos insumisos de su hijo. Ángel no se resiste y cambia su mueca de desaliento por un beso, otro beso dolorido, sobre la madera que cubre el cadáver. Otro operario de la funeraria coloca con tiento la enésima corona de flores con forma de pez dentro del vehículo.

Flores y muñecos de peluche en forma de todo tipo de pececillos han acompañado a Gabriel en la capilla ardiente y también en el funeral. El niño quería haber sido biólogo marino. Tanto le gustaba la vida del mar, que su familia, cariñosamente le llamaba “pescaíto”.

A la puerta de la catedral almeriense los aplausos no cesan. Durante 12 días todos, todos los vecinos y amigos, todos los familiares y todos los habitantes de Almería y de España, han seguido minuto a minuto la búsqueda de este niño de ocho años cuya sonrisa se había repetido insistentemente en los medios de comunicación.

Radios, periódicos y emisoras de televisión habíamos estado informando incansablemente sobre su desaparición. Al principio llamando a la colaboración ciudadana, con la perspectiva de que el niño se hubiera perdido. Y luego, con el paso de los días,  cediendo a la desesperanza y a la incredulidad.

Incredulidad porque costaba creer que el nombre de Gabriel fuera a añadirse a la larga lista de desaparecidos en España: más de seis mil personas al término de 2017. Seis mil vidas de las que un buen día se dejó de saber. Padres que no volvieron, hermanos que nunca se despidieron o hijos a los que se llora desde el desconsuelo de la incertidumbre más atroz.  Mil eran menores de edad cuando se les perdió el rastro.

Los cuerpos de seguridad del estado califican como casos de alto riesgo a las desapariciones que se producen contra la voluntad de su protagonista. De esos en nuestro país hay más de doscientos. Doce son menores. Niños y niñas con padres y madres que no saben nada de ellos, si están vivos o no, o sufriendo un cautiverio, si están cerca o lejos, si volverán alguna vez…

Por eso, porque la sociedad no acaba de acostumbrarse a las desapariciones sin final, como el caso de Yéremi Vargas, Josué Monge o Sara Morales, todos o casi todos estuvieron pendientes de la búsqueda de Gabriel.

Era martes. Aquel día, en la prensa, aún coleaba el rastro por la detención de un hombre en relación al crimen de Susqueda. Dos jóvenes que también desaparecieron repentinamente hasta que se encontraron sus cadáveres en el pantano. Pero los primeros datos sobre la desaparición de Gabriel se impusieron en el relato informativo.

El niño salió de la casa de la familia paterna sobre las tres de la tarde para ir a otra casa a unos 100 metros. Cuando la abuela fue a llevarle la merienda, saltó la alarma. Gabriel nunca llegó a su destino. Sobre las 8 de la tarde la alarma ya se había convertido en noticia. Cuatrocientos efectivos se incorporaban a las labores de búsqueda.

El miércoles ya pudimos ver la desesperación en el rostro de Patricia y Ángel, los padres del niño. Estaban juntos, aunque ya no eran pareja. Llevaban algún tiempo separados, pero su relación parecía buena.

Los investigadores hicieron su trabajo. Buscaban al niño vivo. Así es en las primeras horas de cualquier desaparición. Perros, rastreos, batidas…

Batidas que tenían su réplica en Asturias donde esos mismos días se buscaba a tres mujeres: tres adultas de mediana edad cuyos vehículos habían sido abandonados, dos de ellos incluso con las llaves puestas al borde del mar. Muchos amigos, vecinos y conocidos de las mujeres se organizaron para buscarlas.

Nada comparable con lo que estaba ocurriendo con Gabriel. En el entorno de Las Hortichuelas todo iba adquiriendo dimensiones inéditas. Según la Guardia Civil nunca se había producido una respuesta popular semejante en un caso de desaparición de un niño.

Los agentes que iniciaron la búsqueda pronto se vieron reforzados por unidades especializadas como la UCO (Unidad Central Operativa de la Guardia Civil). Ellos abrieron un poco más el margen. No sólo buscaron sobre el terreno, físicamente. También investigaron otras posibles conexiones.

Así supimos de la existencia de un hombre que había estado acosando a Patricia y contra el que pesaba una orden de alejamiento. Tras setenta y dos horas, el juez le envió a prisión, al parecer, por manipular la pulsera telemática. Esa conexión quedó rápidamente descartada. Pero todos los que han trabajado en desapariciones de menores tienen una máxima: investigar lo primero el entorno. Por eso las pesquisas continuaron.

Y poco a poco todos, investigadores, familiares y periodistas nos fuimos fijando en otro personaje secundario. Alguien cuya imagen era captada por las cámaras y los objetivos siempre en segundo plano, pero a corta distancia de Ángel. Ana Julia Quezada, era, desde hacía un año la pareja sentimental del padre de Gabriel. Con él había acudido a las batidas. Con él había ido a las concentraciones. Con él había escuchado muy atentamente las explicaciones de los agentes de la Benemérita.

Los investigadores ya conocían su pasado. Ya sabían que 22 años antes, en Burgos, cuando Ana Julia tenía 21 años, su hija de cuatro años había muerto por lo que entonces se calificó de accidente. La pequeña había caído a un patio interior del domicilio familiar en El Gamonal en el séptimo piso. Fue su padre adoptivo, el primero que se fue a la cama el día anterior, el que descubrió su ausencia de la cama a primera hora de la mañana y encontró la ventana de otro cuarto abierta. Una ventana con contraventana. Al asomarse descubrió el cuerpo.

Ana Julia dio explicaciones confusas. Que la niña sufría depresión por no adaptarse a España, que era sonámbula… Lo cierto es que el caso se había cerrado a falta de indicios de criminalidad y se había calificado como muerte accidental.

Todos estos datos aún no habían trascendido a la prensa y a la opinión pública cuando Ana Julia cometió un error. En una de las batidas se alejó de Ángel, con el que formaba pareja de búsqueda, y localizó una camiseta blanca. En esa zona ya se habían hecho rastreos los días previos. La prenda de ropa se encontró seca, a pesar de la lluvia caída en los días previos. El ADN confirmó que era de Gabriel.

La mujer protagonizó algo parecido a un ataque de nervios por el que fue atendida. En las radios hacía entrevistas. Decía que Gabriel aparecería pronto.

Pero ella estaba ya en el centro de la diana. Incluso Ángel sospechaba de su extraña conducta y así se lo hizo saber a los agentes que llevaban la investigación. Estos no le contaron que también para ellos había demasiados elementos sospechosos y que los datos que custodiaban de su pareja no eran el mejor presagio, pero sólo le pidieron que actuara con normalidad. Que creían que el responsable de la desaparición de su hijo estaba cerca, en su entorno más cercano. Y lo que es más importante: el niño podía estar vivo y el móvil bien podría ser económico.

Ángel y Patricia se hartaron de decir en sus apariciones públicas o en medios de comunicación que perdonarían a quien tuviera retenido a su hijo. Sabían que el enemigo estaba en casa y le lanzaban continuos mensajes en la esperanza de que aún siguiera con vida.

Incluso los periodistas que siguieron la noticia sobre el terreno advertían los extraños comportamientos de Ana Julia. A ningún familiar de un desaparecido le molesta la presencia de las cámaras. Saben que tener espacio en las noticias puede suponer la localización del ser querido. Pero Ana Julia se quejaba cuando los compañeros gráficos le hacían seguimiento. Trataba de escabullirse y se alteraba. Se sentía perseguida e incluso lo verbalizaba abiertamente.

Llegó un momento en el que el trabajo informativo estuvo a punto de afectar la labor de los investigadores. Agentes y periodistas llegaron a una entente en favor de las pesquisas. Había que dejar espacio a la familia. Aunque lo que se perseguía era permitir que Ana Julia se volviera a equivocar. Y lo hizo.

Ella no sabía que llevaba un micro instalado en su vehículo. No sabía que sus pasos estaban siendo seguidos centímetro a centímetro. Por eso sintió que el cerco se relajaba, que la presión sobre ella cedía y que podía mover ficha. Había escuchado a unos agentes hablar sobre la imagen captada por una cámara de seguridad y cometió su segundo gran error.

El 11 de marzo cogió un coche y se fue la finca de la familia de su pareja en Rodalquilar, donde ella y Ángel estaban arreglando una vivienda para trasladarse a vivir. A ella no le gustaba la zona, pero Ángel no quería irse lejos de su hijo. Ana Julia levantó unos tablones y unas piedras y desenterró el cuerpo de un niño, lo metió en el maletero de su coche y condujo hasta Vícar en Almería.

En el trayecto, según grabaron los sistemas de sonido que le habían instalado en el coche, fue insultando al niño. Fue incluso capaz de atender llamadas telefónicas sin que su voz sufriera ninguna alteración. Los agentes dejaron que condujera hasta llegar a su destino para tratar de averiguar si había tenido alguna ayuda.

Una vez en Vícar, la Guardia Civil paró el coche, registró el maletero y detuvo a la mujer que, mientras era esposada contra al capó del vehículo, gritaba a todo pulmón que ella no tenía nada que ver, que había cogido el coche esa misma mañana.

Vecinos que se asomaron a las ventanas alertados por el ruido y las sirenas vieron y grabaron a los agentes abrazarse y llorar de abatimiento por el trágico final. Después la trasladaron a la Comandancia de la Guardia Civil para interrogarla. No confesó. Durante dos días y medio aguantó las preguntas, aguantó la presión, aguantó la reconstrucción en presencia del juez y aguantó los gritos de asesina que, desde la calle, le llegaban a su celda.
Sólo cuando supo que las pruebas eran concluyentes y que una confesión obraría a su favor en el sistema judicial, contó lo sucedido.

Después los detalles de la autopsia –datos terribles que siempre nos hacen reflexionar a los periodistas sobre la conveniencia o no de publicarlos- y también de la investigación en esa rueda de prensa de la Guardia Civil en la que uno de los responsables del caso se rompía al hablar del niño. “Somos humanos” dijo.

Y mientras tanto, como en una pesadilla que no se acaba, Ángel y Patricia, siempre amables. Siempre dando las gracias a todos, a los voluntarios, a los agentes a los propios periodistas y a cualquiera que hubiera ayudado en la búsqueda de su hijo o simplemente que se hubiera sentido cerca de ellos. El calor de todos les había llegado.

Y ese calor aún les arropó en el funeral del niño. Miles de personas les acompañaron por las calles. También estuvo el ministro Zoido, que sabe bien lo que significa perder a un hijo. A él le dio Patricia la bufanda que llevaba siempre Gabriel, la misma que había llevado puesta desde su desaparición. Se la dio a él para reconocer en su persona a todos los agentes que habían trabajado en la búsqueda de su hijo.

Patricia nos ha pedido a todos dos cosas. La primera que no nombremos a “la bruja” que se llevó a su hijo. Desgraciadamente y por razones obvias, los periodistas no podremos hacer lo que pide. La segunda: que escuchemos una canción de Rozalén titulada Girasoles, que era la preferida de su hijo y que ejemplifica la calidad humana de esta familia, de estos padres y del niño, la gran víctima. Dice esta canción: “el mundo está lleno de mujeres y hombres buenos”.

Ellos se han retirado del ojo público. Su hijo ya no está y como decían en una de las últimas entrevistas que tan generosamente concedieron, ahora deben tomar conciencia de lo que les ha pasado, asumirlo y descansar y dejar descansar la memoria de Gabriel. No será fácil. Pero no puedo dejar de pensar en las familias de esos seis mil desaparecidos españoles para los que no hay respuestas, ni descanso. Ni siquiera luto.